Mario Bunge contra las macanas

En «Las pseudociencias, ¡vaya timo!» se publican los escritos con los que el filósofo argentino, martillo de fraudes científicos, religiosos y políticos, combate la superchería

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Mario Bunge contra las macanas
Mario Bunge contra las macanas  
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LUIS M. ALONSO La etimología de la palabra «macana» ha dado lugar a no pocas discusiones. De si proviene del quechua «maqana» («garrote»), o de un escocés llamado McCannan que contaba en su bar de Buenos Aires historias fantásticas a los parroquianos. Los argentinos han acabado refiriéndose a la mentira como una macana y con macanudo a algo estupendo o magnífico, sin que se entienda la relación entre vocablos a no ser por la admiración que en los porteños producen las exageraciones.


Para Mario Bunge, filósofo argentino, premio «Príncipe de Asturias» de las Humanidades en 1982, la pseudociencia es un «montón de macanas» que se vende como ciencia. Entre los ejemplos se encuentran: la alquimia, la astrología, la caracterología, el comunismo científico, el creacionismo científico, la grafología, la ovnilogía, la parapsicología y el psicoanálisis. Bunge, del que la editorial Laetoli ha reunido por primera vez en español sus textos contra las pseudociencias, explica que éstas se reconocen por poseer determinantes características. Una de ellas es que invocan entes inmateriales o sobrenaturales inaccesibles al examen empírico, tales como fuerza vital, alma, la creación divina, el destino, la memoria colectiva y la necesidad histórica. Las supercherías, según Bunge, son crédulas, no someten sus especulaciones a prueba alguna. No existen laboratorios homeopáticos ni psicoanalíticos, que no hayan sido perseguidos y cerrados por fraude, como ocurrió con los casos del laboratorio parapsicológico de J. B. Rhine en la Universidad de Duke, o el homeopático de Benveniste en París. La pseudociencia es dogmática: sus principios permanecen inmóviles cuando fallan, y también en el supuesto que se produzcan nuevos hallazgos. Las novedades no interesan, sólo el cuerpo de la creencia.


Mario Bunge sostiene que las pseudociencias rechazan la crítica habitual en toda actividad científica, bajo el pretexto de que está motivada por el dogmatismo o se debe a la resistencia psicológica. Huyen de las leyes generales, que son las que los científicos buscan, y sus principios suelen ser incompatibles con algunos de los principios más seguros de la ciencia. Bunge ha puesto, por ejemplo, la telequinesis, que contradice el principio de conservación de la energía.


Una de las críticas demoledoras que Bunge ha practicado al referirse a las supercherías que aspiran a formar parte del conocimiento es que quienes las predican son incapaces de interactuar con ninguna ciencia propiamente dicha. «En particular, ni psicoanalistas ni parapsicólogos tienen tratos con la psicología experimental o con la neurociencia. A primera vista, la astrología es la excepción, ya que emplea datos astronómicos para confeccionar horóscopos. Pero toma sin dar nada a cambio. Las ciencias forman un sistema de componentes interdependientes».


Siendo argentino y estando dispuesto a desenmascarar el fraude, no es extraño que este respetado filósofo de las ciencias haya tomado el ejemplo del psicoanálisis como uno de los más sobresalientes en el fenómeno de las pseudociencias. «No está cualificado para considerarse una ciencia. Contrariamente a la creencia general no es ni siquiera una ciencia fallida, puesto que prescinde del método científico e ignora los contraejemplos. Se trata simplemente de charlatanería psicológica», ha escrito.


Las pseudociencias, al igual que la magia o la brujería, cuentan con aspiraciones técnicas infundadas. Manejan ideas filosóficas concretas basadas en mitos. Como José López-Rega, «el Brujo», otro argentino rey de la macana, al que Mario Bunge se refiere desde el primer momento en el libro publicado por Laetoli. López-Rega se convirtió en la eminencia gris durante los años finales de la «era Perón» y durante la Presidencia de su esposa y sucesora, Isabelita, con la que mantuvo relaciones de todo tipo, entre ellas, paranormales. Como cuenta el filósofo bonaerense afincado en Canadá, el Brujo, antes de obtener la notoriedad política como secretario del General, había sido cantante, policía, guardaespaldas y autor de un «best seller» sobre negocios, amor y estrellas. Creía en la influencia de los astros y en la magia negra. Realizó prácticas esotéricas con conocimiento de Perón sobre el cadáver de Evita, y por medio de extrañas ceremonias intentó transferir su alma a la mediocre Isabelita. Incluso cuando murió el General, intentó mantenerlo con vida gritando «no se vaya, Faraón», mientras lo agarraba de los pies. Más tarde quiso de nuevo repetir la famosa operación de transferencia y él mismo se vio obligado a admitir en privado su fracaso. Más que macanas. Bunge lo resume así: «A López-Rega no se le conoce por su aportación a la filosofía. Sin embargo, al igual que todo el mundo, sostuvo ideas filosóficas concretas. Entre éstas se hallaban los mitos ancestrales sobre el alma inmaterial, la posibilidad de la cognición paranormal y la existencia de los seres sobrenaturales. Estas creencias sustentaron su convicción de que era capaz de influir en el comportamiento de la gente mediante el puro poder de la mente, así como de contactar con poderes más elevados». De todo ello, recibió la fuerza para perpetrar siniestras maniobras políticas y crímenes. Mitos filosóficos milenarios lo respaldaban cuando puso en marcha los «escuadrones de la muerte», autores de torturas y asesinatos de los opositores durante 1973 y 1976, la tristemente famosa Triple A creada durante el Gobierno interino de Raúl Lastiri.


Los espejismos y los crímenes políticos forman parte de la superchería general que combate Bunge en esta atractiva obra recopilatoria de sus escritos, «Las pseudociencias, ¡vaya timo!», que aúna, como es característico en el autor, precisión, rigor analítico, claridad de los argumentos de los juicios con un estilo desenfadado y accesible para todos los públicos. En él se refiere a los pagarés que se firman a diestro y siniestro en forma de promesas electorales que no se cumplen, a veces por causa de acontecimientos inesperados. Lenin prometió que la combinación de poder soviético y electrificación gestaría el socialismo, pero éste nunca llegó. Hitler prometió un reino milenario, que duró sólo 12 años. Durante la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt y Churchill prometieron un mundo sin miedo, en vísperas del peor susto que sufrió la humanidad desde el año 1000: la amenaza de guerra nuclear. Perón prometió la justicia social que jamás llegó. Y Bush, regalar libertad y democracia a todos los pueblos, aunque no la quieran. Son ejemplos de Mario Bunge.


En España se podría citar el pleno empleo prometido por Zapatero, que dio paso al mayor número de parados de la historia. «No hay como firmar pagarés políticos para obnubilar el espíritu crítico», sostiene el filósofo azote de las pseudociencias, que advierte también sobre las minas terrestres que amenazan con volar a quienes se aventuran a caminar por el terreno político: confusión, error, exageración, profecía, engaño, pagaré, maquiavelismo y crimen. Consejo: caminar con ojo escéptico antes que cegado por los dogmas y las ilusiones. Esclarecedor.

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