Un cura atento, noble y servicial

En memoria de Juan Manuel Suárez Menéndez, párroco de Piedras Blancas

05.01.2017 | 03:58
Un cura atento, noble y servicial

Duele su muerte tan pronta y breve. Solo hace poco más de un mes que se manifestaron sus dolencias y, desde el primer momento los médicos dictaminaron su gravedad. Hasta en su marcha de entre nosotros Juan fue discreto. Para los que le conocimos y tratamos de cerca deja un hueco difícil de rellenar. Lo haremos con el agradecimiento y admiración por cómo fue, su temperamento templado, su responsabilidad en la misión pastoral y el ejemplo de seguimiento de Jesucristo. Se puede bien decir de él que fue un hombre"sin dolo ni engaño". Contaba tan solo 62 años cumplidos en el mes de mayo pasado.Fue de esas personas de las que uno piensa y desea que debieran vivir más porque hacen bien donde están, porque agrada hablar y conversar con ellas. Aunque su nombre era Juan, Juan Manuel, ahora que estamos en navidades, tenía más parecido con San José que con el profeta precursor y primo de Jesús, el Bautista. No era de tronar, era de los de escuchar con docilidad la voz de Dios y,sin meter ruido ni tocar las campanas, intentar ponerla en práctica. Su nobleza daba confianza y se empeñaba en hacer un mundo un poco mejor.

Su tierra de origen es el concejo de Salas, en la parroquia de Priero, en el pequeño enclave ganadero de Las Centiniegas, situada en las cercanías del monte Viso, donde se venera en su santuario "desde tiempo inmemorial" y con documentación acreditada de comienzos del XVII , a la Virgen con esta misma advocación lugareña, Nª Sra. del Viso, patrona del concejo y lugar popular de peregrinación, donde su tío D. Rodrigo, hoy ya nonagenario, cantó muchas veces la Misa de Gaita, que hoy se trata de recuperar y que fue la misa popular asturiana con resonancias gregorianas y cadencias singulares en cada valle que se cantó durante siglos en la Asturias rural.

Juan, después de los primeros años de escuela, prosiguió sus estudios en el Colegio de Loyola de Oviedo. Al finalizar el bachiller se planteó su vocación sacerdotal e ingresó en el Seminario de Oviedo. Buen estudiante, de inteligencia sobresaliente y cordial y fiel compañero; más que aficionado al deporte para el que no se sentía con habilidades, se dedicaba a la lectura. De hecho, sepensó en él y se le propuso ir a completar estudios en Roma con la finalidad de ser profesor de Teología Moral. Juntamente con las cualidades intelectuales, contaba con el don del sentido común y la capacidad de discernimiento, tan necesarias en una asignatura y una materia tan relacionada con la vida y las circunstancias de la personas. Le tiró más la vida parroquial y pidió que se aceptase su disculpa.

Después de un año de diaconado en la parroquia de Cristo Rey de Versalles, recibió la ordenación sacerdotal, juntamente con Adolfo Mariño, entrañable amigo que como él había ido al Seminario ya en la edad juvenil, en la Parroquia de Santo Tomás de Sabugo de Avilés, el 20 de mayo de 1979. Fue uno de los días más gozosos de mi estancia de párroco en esa feligresía, tierra fértil en vocaciones sacerdotales. La celebración convocó a una notable afluencia de jóvenes y tuvo su resonancia en nuevas llamadas.

La amistad cultivada en el Seminario hizo que Juan y Adolfo pidieran ir juntos al primer destino pastoral. Se agradecían esos ofrecimientos cuando se trataba de parroquias con dificultad por su lejanía o falta de comunicaciones. Fueron nombrados para Grandas de Salime y Pesoz, juntamente con las varias parroquias aledañas. Diez años duró aquella estancia, donde supieron sintonizar con su cultura, sus tradiciones y manifestaciones religiosas populares y con aquellas personas, visitando sus casas, prestando con magnanimidad el servicio pastoral y rompiendo con arcanos clichés. Mil anécdotas simpáticas contaban cuando ibas a visitarlos.

La segunda estancia ministerial de Juan fue Sotrondio. La buena relación que había tenido con Aurelio Noval en el tiempo de diaconado motivo el que éste, cuando fue nombrado vicario territorial de las cuencas mineras, le pidiera como colaborador. Su carácter afable y su buena sintonía con los compañeros influyeron en que pronto le eligieran arcipreste y representante en el Consejo Presbiteral. Sabía y tenía facilidad para adaptarse a ambientes distintos porque pensaba más en los demás que en él.

Nunca tuvo pretensiones y siempre se mostró voluntarioso y con el mejor espíritu para ir y hacer lo que se necesitara. Por ello, tuvo una sucesión de nombramientos de más corta duración pero de entrega absoluta y generosa porque nunca asumió nada de mala gana o poniendo condiciones: Campo da Caso, San Agustín de Avilés, San Pablo de la Argañosa y por último, donde llevaba ya 14 años, Piedra Blancas (San Martín de Laspra)? Treinta y siete años de sacerdote que han dejado una huella profunda allí por donde anduvo. Fue un hombre conciliador que sabía tratar con todos y que manejaba muy bien la psicología de las personas.

La enfermedad fue vertiginosa. Cuesta trabajo asumir la noticia de su muerte tan precipitada y agresiva. Con la inevitable lucha por buscar algún asidero que diera alguna esperanza de curación, aceptó su final con la confianza de saber quién le llamaba y a dónde iba, aunque pensaba que todavía le quedaba algo por hacer y merecer. La Navidad que celebramos proyecta un haz de luz y de esperanza: como Jesús, el Salvador, vino a estar con nosotros y compartir nuestra vida, estaremos nosotros con Él y compartiremos su vida. Juan, con esa certeza de fe que nos une, te despedimos. Gracias por tu vida, gracias por cómo fuiste. Gracias por tu bondad.

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