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A divinis

Francisco Álvarez, discreto y humilde hombre de Iglesia

Tímido e independiente, desempeñó numerosos cargos eclesiásticos, aunque era libre de ambiciones

Francisco Álvarez, en su juventud

No existe manifestación externa propia y exclusiva de los cardenales, aunque los hay de estilo estadounidense, dinámicos, llenos de sí mismos y con el fajín rojo al viento, como el neoyorquino Dolan o el tradicionalista Burke; los hay orondos y sospechosos, como el veterano Sodano; y también circunspectos y graves centroeuropeos, como el teutón Müller, martillo de herejes y de casi un metro noventa de altura.

En cambio, el cardenal asturiano Francisco Álvarez Martínez (Ferroñes, Llanera, 1925-Madrid, 2022) era menudo de cuerpo, discreto en presencia y humilde en sus intercambios públicos. Sin embargo, ello no impidió que fuera el obispo español que más diócesis ha gobernado –cinco–, incluida la sede primada de Toledo, y que alcanzara como coronación de su vida eclesial la púrpura cardenalicia otorgada en 2001 por el Papa Juan Pablo II.

La biografía de Francisco Álvarez arranca en la parroquia de Santa Eulalia de Ferroñes, donde su madre era maestra. Contando él pocos años, su familia se traslada a Oviedo, pero en 1936 regresan a Ferroñes, tras el estallido de la guerra civil. Ingresará después en el Seminario y será ordenado sacerdote el 11 de junio de 1950. Desde 1949 gobernaba la diócesis el obispo Francisco Javier Lauzurica y Torralba, medieval para unos y renacentista para otros. Lauzurica elige a Álvarez como uno de sus capellanes y desde ese momento hasta el fallecimiento del arzobispo, en 1964, será su colaborador más estrecho y constante. A mediados de los años cincuenta a Lauzurica comienza a devorarle una enfermedad degenerativa –una esclerosis o un alzheimer, que nunca se hizo pública–. Bien fuera por esta circunstancia, o bien por su fuerte temperamento, aquel obispo se arrebataba en ocasiones y espantaba a sus sacerdotes asturianos. Sin embargo, tras el corpulento Lauzurica, al que se le bautizó en Asturias como “el maizón”, alto y corpulento, siempre aparecía el cuerpo menudo de Francisco, que dispensaba la necesaria acogida y comprensión a los curas hasta el punto de gozar de gran respeto y confianza por parte de sus compañeros de presbiterado. “Con todos los curas era equilibrado y no tenía fobias”, recordaba un sacerdote diocesano hace unos años. Álvarez era por entonces canciller-secretario del Arzobispado y permanecería en este cargo durante los mandatos de Lauzurica, de Tarancón y en los primeros años de Merchán. Su peso era tal que hay quien asegura que Francisco Álvarez gobernó la diócesis entre 1957 y 1959. Este último año es clave. Lauzurica empeora hasta tal punto que la diócesis adquiere un chalé en Madrid y el arzobispo se traslada a la capital para conducir allí su enfermedad lo mejor posible. Lo acompaña Francisco Álvarez. “Lo atribuyeron a que yo tenía una gran virtud, pero es que él me necesitaba”, diría el asturiano años después.

Además de asistente será el enfermero de Lauzurica, aunque también aprovechará para ampliar estudios. Además de los del seminario, se doctoró en Derecho Canónico en las Universidades Pontificias de Salamanca y Comillas. En Madrid, Lauzurica tiene momentos de oscuridad mental y otros de lucidez. Durante estos últimos recibe frecuentes visitas de clérigos, obispos y, particularmente, del nuncio Hildebrando Antoniutti, gran amigo suyo. Francisco está presente. Su actitud de entrega y sus cualidades humanas no pasan inadvertidas.

Fallecido Lauzurica, Álvarez vuelve a Oviedo y sigue desempeñando sus cargos diocesanos hasta que en 1973 es preconizado obispo de Tarazona. Recibió la ordenación episcopal de manos del nuncio Luigi Dadaglio. Algunos sostienen que en este nombramiento pesó la buena impresión que el asturiano causó en Carmen Polo de Franco, amiga de Lauzurica y a quien Álvarez había dirigido en unos ejercicios espirituales. Sí es seguro que Tarancón le dio el empujón a ese cargo, lo que le adscribió a la corriente eclesial del «taranconismo», etiqueta que no se correspondía exactamente con la realidad. En el ascenso al Episcopado, más que su ideología pesan sus demostradas dotes de gobierno eclesiástico. Es leal, discreto, diplomático, hasta el punto de que podría haber desarrollado su carrera en el servicio exterior del Vaticano, como nuncio.

Poseía un “sentido común extraordinario, incluso despachaba cosas difíciles con humor; en Asturias fue un gran cura, bueno y cariñoso”, recordaría un compañero suyo. En 1975 fue nombrado obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. En 1989 fue trasladado a la diócesis de Orihuela-Alicante y en 1995 salta a la diócesis Primada de Toledo. En 1996 fue nombrado administrador apostólico de la diócesis de Cuenca, cargo que desempeña durante unos meses. Durante sus años en Logroño peregrina con frecuencia al Vaticano, donde los riojanos visitan a su paisano, el cardenal Eduardo Martínez Somalo, quien introduce a Álvarez al Papa Juan Pablo II. Desde entonces gozó de la amistad y aprecio del Pontífice. El 21 de febrero de 2001 es creado y publicado cardenal de la Iglesia y se le aplica el templo romano de Santa María Reina de la Paz, en Monte Verde. Ese mismo año fue reconocido como hijo adoptivo de Oviedo y también recibió de LA NUEVA ESPAÑA el galardón “Asturiano del mes”.

En el Vaticano pasó por el Consejo Pontificio para los Laicos y por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Después perteneció a la Congregación para los Obispos –la que estudia los nombramientos episcopales de todo el mundo–, y a la Congregación para la Evangelización. Participó como elector en el cónclave que eligió a Benedicto XVI en 2005. El cardenal Álvarez accedió a la Capilla Sixtina el 18 de abril, y lo hizo casi por los pelos, ya que el 14 de julio era el día en que atravesaba la barrera de los 80 años, que excluye a los cardenales del voto.

Durante sus gobiernos episcopales, Álvarez confirmó que era espiritual, tímido e independiente. No se consideraba a sí mismo vinculado a ninguna de las corrientes obispales españolas, caso del «rouquismo». Era ante todo un hombre de Iglesia, de la Iglesia diocesana y de la Iglesia de las parroquias. En Logroño desplaza al Opus de la dirección del seminario, pues considera a la Obra una pieza eclesial importante, pero no propia del organigrama diocesano. En Alicante ordena las estructuras diocesanas y lo mismo hace en Toledo, donde reorganiza los numerosos seminarios cultivados por su predecesor, Marcelo González. Con elegancia, sustituye a alguna organización de sacerdotes inserta hasta entonces en la estructura diocesana. Sacó pocas veces a relucir sus inclinaciones eclesiales, pero se le atribuye haber participado en reuniones previas y contrarias a la tercera elección de Gabino Díaz Merchán como presidente de la Conferencia Episcopal Española, en 1987. Efectivamente, Merchán no fue reelegido, pero Francisco Martínez siguió apreciándole, hasta el punto de que siendo arzobispo de Toledo y después cardenal manifestó que el cargo y el honor “tendrían que haber sido para Gabino”.

“Francisco es fiel y elegante, cercano y comprensivo, no intelectual, pero de gran perspicacia curial, muy trabajador y un gran gobernante”, afirmaba un sacerdote asturiano. En 1973, al ser designado para incorporarse al colegio episcopal, Francisco Álvarez habló así en su casa familiar:

–Madre, me han nombrado obispo.

–Oye Paco, pero bueno, ¿y tú aceptaste?

El matiz de incredulidad de aquella madre tendrá continuidad en el sentir del propio Francisco Álvarez, quien se ha manifestado “desbordado” por los numerosos cargos eclesiásticos. Sin más pretensión que servir a la Iglesia, era libre de ambiciones. Pasará mucho tiempo para que Asturias alumbre un cardenal autóctono y con cualidades tan meramente sobresalientes.

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