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Myriam Mancisidor

Así viví como periodista una visita a la UCI más saturada de Asturias: la realidad tras el reportaje

Myriam Mancisidor

Myriam Mancisidor

El viernes estuve en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Universitario San Agustín. ¿Qué hay detrás de un reportaje así? Primero, una solicitud formal para que nos permitan el acceso. En este caso al gabinete de prensa de la consejería de Salud del Principado. La respuesta con “sí” tarda unos diez días. Con menos de 24 horas nos avisan de que tenemos que estar allí a las 13.00 horas con una PCR hecha, negativa claro está. Así que se busca un laboratorio que pueda darnos el resultado en este plazo. A las 8 de la mañana del viernes mi compañera fotógrafa y yo estamos a la puerta de la clínica donde nos realizan la prueba. Horas después nos envían el resultado: negativo. Bien.

Acudimos al despacho del gerente. Allí charlamos un rato con Ricardo de Dios, el director médico, Víctor Rodríguez y el jefe de la UCI, Manuel Valledor. Nos dicen que la cosa está fea. Ofrecen cifras. Yo miro a Valledor. La última vez que lo había visto, antes de la pandemia, estaba más fuerte. Pienso si la pérdida de peso es fruto del trabajo por la pandemia. Y llega el momento de ir a la UCI.

Seguimos un circuito perfectamente señalizado con flechas y carteles que advierten que estamos en una zona “contaminada”. Nos llevan a un vestuario. ¿Qué hacemos allí? Nos facilitan un EPI (equipo de protección individual), así que tenemos que despelotarnos y ponernos ese conjunto imposible de entender para alguien que es la primera vez. No sabemos si van antes las calzas, las gafas, el gorro o los guantes. Nos ayudan. Pero nos lleva nuestro tiempo.

-Venga, que no vais a un pase de modelos-, nos dice el jefe de la UCI, acostumbrado a los suyos, que se visten todas esas prendas en pocos minutos. Porque en la UCI todo es contrarreloj.

Y por fin entramos a la UCI. Yo siento un nudo que se me pone en la garganta. Miro a los pacientes. Uno me saluda con la mano y le devuelvo el saludo. Otros están acostados boca abajo. Otros parecen dormir profundamente. Me emociono. Mi compañera se acerca a mi oído: “Myriam, necesito pensar que son muñecos para sacar las fotos”. Es jodido estar allí.

Después del impacto inicial, las preguntas. Qué, quién, cómo, cuándo, dónde… Pero la cabeza no deja de dar vueltas mientras las máquinas dibujan pequeñas montañas con rayas de colores. Me siento afortunada, y triste. Un cóctel imposible. Pienso en lo que darían las familias de esos señores por estar dónde estaba yo. Seguro que tienen hijos, nietos, mujeres… Sin querer pienso en mi padre. Por edad podría ser uno de ellos. Aguanto la respiración otra vez. Me gustaría charlar con ellos. Decirles quién soy. Saber si son panaderos, ingenieros, fruteros… Me gustaría decirles que en la calle está lloviendo, que Avilés está con una etiqueta de “riesgo 4 plus”. Pero reina el silencio.

Mi compañera y yo nos movemos torpes por la sala, donde un equipo de enfermeras, auxiliares y médicos va de un lado a otro. Pienso: ole sus ovarios/huevos. Y me dan ganas de darles las gracias por ser y por estar. Porque seguro que en su casa les esperan hijos, maridos, abuelos… Y allí están al pie del cañón. Me piden que mande un mensaje: “Esto no es broma”. No lo es.

La 28 camas de la UCI del San Agustín están ocupadas por hombres y mujeres que luchan por salvar su vida. Les prometo hacer eco de su petición: “Nosotros salvamos vidas, pero en la calle también se pueden salvar con algo tan sencillo como seguir las medidas de seguridad”. Dicho está.

Pasa aproximadamente media hora. Tal vez más. Un paciente recién intubado requiere cuidados. Es hora de plegar alas y volver a la realidad más cómoda. Pasamos por otro vestuario. Valledor nos abronca (creo que con cariño): no sabemos quitar el EPI. Nos ayuda. Calzas, gel hidroalcohólicos; mascarilla, gel hidroalcohólico; gorro, gel hidroalcohólico; bata, gel hidroalcohólico… La cámara, la libreta y el boli se van a una bolsa verde, de “cosas sucias”. Nos toca desinfectarlo al llegar a casa antes de usarlo.

Termina el reportaje. ¿Qué os ha parecido? “A mí me ha impresionado”, confieso. “Por favor, deja claro que en la UCI puede acabar cualquiera, hasta chavales”, me dice Valledor. Prometido.

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