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Blog Susu in the sky - Susana Moll Sarasola

Susana Moll Sarasola

Soy cantautora y madre de dos hijos.

Sobre este blog de Sociedad

En este espacio me gustaría tratar temas de diversa índole. Me interesan tantas cosas!


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  • 26
    Agosto
    2019

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    SOCIEDAD Oviedo

    De vuelta a la ciudad

    Vale, admito que yo me equivoqué tomando la curva con energía de dominguera que va a casa de la suegra y no tiene especial prisa en llegar. Y también es cierto que no soy la mejor conductora del planeta. De hecho, no me gusta nada conducir aunque tampoco lo hago tan mal como para dejar de hacerlo. Pero la realidad es que lo que pasó no fue para tanto.

    Además, mis hijos me tenían muy entretenida en un debate sobre la empatía. Sí, suena un poco repelente pero justo hablábamos de que antes que criticar era mejor comprender a los demás. Y yo les estaba metiendo un rollo al respecto. En cualquier caso, bajé la ventanilla del coche para disculparme con aquel motorista al que había hecho frenar. No les había visto llegar a toda velocidad y tomé la curva pensando que estaba sola en aquel tramo de la Vía Augusta.

    Yo llegaba del Ampurdà con los dos chicos. El pequeño, de diez años. Un niño de acción en toda regla que hasta hace bien poco me hacía pistolitas con las pinzas de la ropa. Y el mayor, de diecisiete, un adolescente con energía rastafari pero que cuando se cabrea, se cabrea. Detrás, en el portabultos, nuestra perra que es la que vive mejor de toda la familia, con diferencia. 

    —Disculpen, no les había visto —aclaré con ánimo conciliador.

    Y el tipo va y me suelta:

    —¡Hija de puta, zorra, casi me matas!!

    Él iba con una mujer de paquete pero en todo momento sólo habló de su vida.

    —Lo siento mucho, muchísimo, es que no les he visto.

    ¿Cómo se llama el ángulo ese del demonio? Por más que trato de memorizarlo nunca me sale el nombre. Todo pasó por culpa de ese ángulo. Por eso no les ví.

    Evidentemente, mientras el tipo me insultaba mi mente se bloqueó, en serio, empecé a marearme, y no hubo manera humana de hallar esa palabra.

    —Hija de puta, zorra, eres una guarra. Cerda, casi me matas –continuó “exabruptando” aquel tipo mientras salpicaba grumos de saliva que quedaban incrustados en mi ventanilla.

    Quise subir la ventanilla para que no me salpicara con su saliva espesa pero mi hijo mayor detuvo el mecanismo y desde detrás empezó a gritar que dejara de insultar a su madre o que se las vería con él.

    Miré a la mujer de paquete porque me parecía increíble lo que estaba sucediendo. Hay mujeres a las que cuando miras en busca de algo de apoyo es como si miraras a un zapato.

    Entonces, mi hijo mayor que ya estaba muy nervioso, gritó:

    —¡Tú estás llamando puta a mi madre, desgraciado, ven que te voy a meter!

    Mi hijo pequeño estaba con esa cara de emoción contenida que se le pone cuando ve una película que no debe pero se empeña en que la puede ver sólo con su hermano.

    El tipo seguía sacando dardos de saliva espesa por la boca y yo insistía en que no les había visto.

    Al otro lado, un taxista que estaba en modo espectador nos hizo un gesto con la mano como diciendo que nos alejáramos, que aquel hombre estaba como mínimo algo perturbado.

    Pero nos tenía agarrados por la ventanilla como si fuera un poli de esos que te viene siguiendo por conducir ebrio en las películas americanas y al final resulta ser un psicokiller.

    —Espero que ustedes no cometan ningún error nunca —les dije.

    Mi voz sonaba ridícula frente a la de aquel hombre. Pensé que aquel tipo con apariencia de pijo barcelonés, bronceado y bien vestido, de casi sesenta años, era mucho peor que cualquier reguetonero adolescente.

    Era evidente que yo no lograba entrar en el tono de la conversación.

    Entonces, mi hijo, cabreadísimo porque aquel hombre me había tomado como la diana perfecta para liberarse de toda la rabia acumulada hacia el sexo femenino en varias reencarnaciones, abrió la puerta del coche y al hacerlo le asestó un golpe al taxi amigo. Dios! Pensé yo. Menos mal que no le hizo nada. Sólo nos faltaba eso.

    Le supliqué que volviera al coche pero un chico de diecisiete años enfadado como una mona no suele hacer demasiado caso de su madre. Si ya le cuesta hacer caso cuando está tranquilo.

    Al pequeño se le abrieron los ojos de golpe al ver al héroe de su hermano entrar en acción.

    —Ven aquí que te voy a meter. ¡A mi madre tú no la insultas, desgraciado!

    Entonces el de la moto, al ver que mi hijo iba hacia ellos, aceleró. Y él y su paquete desaparecieron por la calle Príncipe de Asturias.

    Mi hijo mayor es más bien flaco porque no come apenas. Bueno, sólo cena. Las otras comidas las hace como si fuera un pajarito. Y la cena que para él empieza a la hora de la merienda cubre las necesidades de todo el día. Pero mide casi metro noventa. Desde luego en eso no ha salido a su madre. Menos mal.

     

     

     

     

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