02 de septiembre de 2018
02.09.2018
La Nueva España

De Felipe, Príncipe, a Leonor, una gran España

02.09.2018 | 00:20
De Felipe, Príncipe, a Leonor, una gran España

La del sábado en Covadonga no será una visita más de la Familia Real. Los asturianos vamos a vivir esta vez un Día de Asturias de enorme trascendencia simbólica. Al pie del Auseva y con los Picos de Europa por testigos, encontramos los orígenes de lo que somos, por más que algunos se empeñen en denostarlos o empequeñecerlos. Allí enlazamos, en una construcción de continuidad de 1.300 años, una forma de unirnos y entendernos llamada España y rememoramos una historia –verdadera, no inventada– de la que enorgullecernos sin complejos. En ese lugar custodiamos los emblemas, cultivamos una espiritualidad que trasciende creencias y hacemos visible con esplendor nuestro tesoro ambiental, el paraíso.

El 2 de noviembre de 1977, en el que Felipe de Borbón recibía en Covadonga el homenaje de la región y recogía el testigo como Príncipe de Asturias, un asturiano, Sabino Fernández Campo, acababa de llegar cuarenta y ocho horas antes a la secretaría general de la Casa del Rey para ocupar un papel decisivo en la consolidación de la monarquía parlamentaria. El gijonés Torcuato Fernández-Miranda, que abrió el camino como arquitecto de la Transición, acompañaba a los Monarcas hoy eméritos. Una ovetense, Letizia Ortiz, Reina consorte, madre de la futura reina de España, estará dentro de siete días en una ceremonia semejante, personificada esta vez en la figura de su hija Leonor, Princesa de Asturias, de sangre asturiana. Siempre Asturias y la fidelidad de los asturianos detrás de los pasos cruciales. Y siempre la Corona reafirmando con generosidad sus vínculos con Asturias.

A algunos les parece que, en este tiempo, España apenas ha cambiado, y necesitan reventar las costuras porque, aseguran, los males enquistados de siempre perpetúan los privilegios de unos pocos. Esa lectura superficial sólo es posible cuando la política se olvida de la razón y los políticos blanden las emociones como argumentos con los que excitar el seguimiento ciego de la masa. Entre Felipe, estrenando título en el Principado, y su hija Leonor media el periodo de mayor equidad y estabilidad que este país ha conseguido en su largo viaje. La obra, todavía inconclusa, admite reformas en la calidad de las instituciones, el respeto a las reglas y los contrapesos, pero España es una gran nación de libertades. Únicamente el hábito de disfrutarlas cada mañana hace que olvidemos valorarlas como requieren.

El combate para arramblar con el Antiguo Régimen, estructurado en torno a jurisdicciones y estamentos, y la implantación de una nueva cultura, nutrida de la paridad formal entre los individuos, arrancan en realidad en Covadonga y culminan en las Cortes de Cádiz, con el nacimiento del Estado moderno, una conquista liberal e ilustrada: el triunfo de los ciudadanos, juntos, frente a los siervos. La nación tiene que ver con la búsqueda del bien común, con una forma de convivir y compartir que propicia, pese a sus imperfecciones, personas con los mismos derechos y responsabilidades. Conviene proclamarlo bien alto precisamente en estos instantes en los que los dirigentes tienden a poner las conveniencias electorales por encima de las generales y los cimientos intelectuales de sus discursos no pasan de estimular la superioridad moral y el fanatismo, los clanes.

Cada visita real a Covadonga reencuentra a la monarquía con sus inicios, en un linaje mantenido de Pelayo a Leonor. Aquellas montañas son fuente de poder, el triunfo sobre fuerzas disgregadoras internas y externas. Algunos usurpadores se envolvieron en los hechos en busca de legitimidad. Esa utilización espuria los contaminó hasta el punto de llenar de pudor exaltaciones como las que festejamos. Surgió en Covadonga, sea cual fuere su envergadura, una revuelta del pueblo, no de las élites. La toma de conciencia de una identidad. Una respuesta cívica a los siete años de la ocupación, cuando otros feudos tardaron hasta cien en rebelarse. La primera llama de un fuego que pervivió casi ocho siglos encendido para que pudiéramos alcanzar una sociedad próspera de valores occidentales.

"En el 'asturorum regnum' nacen España y lo hispánico", sentenció Sánchez Albornoz, "nace esa modalidad singular de lo occidental que fue lo español". Allí "todo luchó por milagroso modo: Naturaleza, Dios, el Hombre, todo", resuena un poema de Campoamor. Allí Pi i Margall, catalán republicano y federalista, vio al "invencible don Pelayo" alentar con sus victorias "a España, ayudado de los pueblos que debieron a su valor su independencia". Allí reside lo que nos sostiene en pie, la raíz, y aprendimos que la patria no es un ideal, una ensoñación romántica, sino un lugar, imperio del derecho, en el que nadie es más que nadie. Fermín Canella lamentaba que Covadonga, "mágica voz que evoca una áurea página", nunca había tenido conmemoración adecuada a su magnitud, trascendencia y significación. La pobreza y pasividad de "los parcos antepasados", escribía en 1918, lega a las generaciones posteriores la misión de saldar esa deuda. Nos toca estar a la altura.

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