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JC Herrero

La fe de Miguel y Salvador

Confiterías y tiempos de Pascua

En gastronomía hay platos que son verdaderas piezas de arte, pero incomparable con la arquitectura del obrador que construye castillos de chocolate, bóvedas en las que encierra esperanzas, maqueta ilusiones de vista y gusto prohijando domingos de Pascua. En el año 2018 se nos fue un maestro pastelero como don Miguel, de la Fe periodista Adeflor, en Gijón. Sus obras de arte perduran en lo más íntimo de nuestro fuero. No hay museos para los artistas confiteros: ¿quién se atreve a pintar el sabor?

Desde 2019, otra Fe, la de Salvador y Flor, con su jubilación nos dejaron con la boca abierta, la de un niño que se arrima al sugerente escaparate de roscón de reyes, huesos de santo, huevos de pascua, tartas nupciales, milhojas con las que endulzamos la cultura, hay dulces en todos los rituales de paso incluida la resurrección que pone fin al ayuno.

Ahora vacías, las vitrinas de la Fe, de Salvador, invitan a los nostálgicos a acercar al cristal la mascarilla, que no los labios, sin poder exhalar el vaho con el que reivindicar la vuelta del color verde indumentaria en las amables dependientas de la Fe, el incunable olor a chocolate o el secreto hojaldre que nos atrapaba.

Se echa en falta el glamur alcanzado al traspasar quicio y puerta de la tienda, las penas se colgaban en el perchero: ¿quién no abandonó los quehaceres diarios para endulzar el momento adentrándose en la Fe, de Salvador? Hay más formas de entrar en un templo, de materializar rituales de fe, lo que no hay son sustitutos para estos arquitectos confiteros, cuya sabiduría y bonhomía estará catalogada por siempre en la memoria gijonesa.

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