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Martín Caicoya

La solidaridad egoísta

El altruismo en la pandemia nos beneficia a todos

Una teoría es un modelo con el que intentamos entender la realidad, o aquello de ella que percibimos o nos afecta. Explicar y predecir. Por ejemplo, la Teoría de la Evolución. Su estructura se debe a Darwin quien, naturalmente, conocía otros intentos de explicar el fenómeno de la naturaleza tal como es. En los siguientes 50 años se fue refinando e incorporando nuevos conocimientos, hasta llegar a una síntesis que en términos generales se mantiene. Para fenómenos singulares, dentro de esa teoría, hay explicaciones diferentes. Pero en general funciona bien, o al menos eso creo. Si la teoría se funda en la selección de aquellos agentes reproductores que son más aptos, tanto para reproducir como para que su progenie sobreviva, Darwin se enfrentó con algunas paradojas. La más conocida es la de los insectos sociales, abejas y hormigas. Se resolvió cuando supimos que el esfuerzo, ese impulso reproductor, busca trasmitir los genes. Y las hormigas y abejas obreras los trasmiten, con una eficacia admirable, a través de su reina. Ella es el aparato reproductor de un cuerpo que solo está unido por el instinto. Las hormigas obreras trabajan para la reina y no lo hacen por solidaridad. Es una forma que la evolución encontró de conservar la especie, que es una manifestación singular del ADN.

La idea de que son los genes los que mandan, que los seres vivos no somos más que un transitorio receptáculo de ese código inmortal, la llevó al extremo el biólogo Richard Dawkins en su libro “El gen egoísta”. Es una de las teorías, dentro de la de la evolución. Ha recibido muchas críticas, sobre todo de los científicos que se ocupan de este tema, y muchos apoyos, sobre todo del público. Años antes, los evolucionistas, se preguntaban por qué el ser humano, y otros animales, se comporta de forma altruista en muchas ocasiones, incluso sacrificando su vida por los otros, lo que va en contra del motor principal: conservar la vida. Sin él no hay supervivencia de la especie.

Darwin había formulado la idea de selección de familia que refinó el Fisher, a quien debemos las bases estadísticas de la teoría de la evolución. Haldane lo expresión en números: estoy dispuesto a sacrificar mi vida por dos hermanos o 4 primos…Porque ya se sabía que los hermanos compartimos la mitad de los genes. Eso exige una condición básica: que se reconozca el parentesco y su grado, es decir, que los animales que practicamos ese altruismo tengamos un sensor para ello. Creo que no existe. Lo entiendo como un impulso social que funciona mejor en pequeños grupos estables. Un segundo concepto, que no tiene tanto que ver con los genes, es el de altruismo recíproco. Se debe a Trivers si bien en su formulación colaboraron otros, especialmente Hamilton, quien también refinó la teoría de la selección de familia. Funciona bajo varias premisas, la más acreditada es que esa disposición a sacrificarse por otro exige que lo que sacrifica el donante sea inferior al beneficio del receptor. Otras son el reconocimiento inmediato del favor y el establecimiento de una deuda que pagará en el futuro. De esa manera se establecen lazos que fortalecen la comunidad. Pero puede haber aprovechados. En teoría la sociedad los castiga, aunque no siempre es así. Si ellos se hacen ejemplares, lo más probable es que ese grupo se desintegre. Pero todo esto solo puede ocurrir en grupos pequeños y quizás haya contribuido a la supervivencia de los primeros “Homo sapiens”, especialmente del “sapiens sapiens” que somos nosotros. Una supervivencia que fue tan venturosa que ahora somos la especie mamífera más numerosa. Una especie que ha elegido o se ha visto abocada a vivir en grandes urbes donde apenas conocemos a los otros. Entonces, cómo funciona ese mecanismo de altruismo recíproco. Hay varias teorías. Se pueden encontrar vestigios del altruismo recíproco en los grupos pequeños que se forman en las urbes, pero tiene una funcionalidad marginal. Porque es el estado el que se ha hecho cargo de ello, convirtiendo el altruismo en una obligación. Ya no existen ninguna de las condiciones: no hay el gusto por dar, ni el reconocimiento de lo dado, ni se establece una deuda y tampoco estamos seguros de que el receptor aproveche mejor o necesite más la dádiva que el donante. Todo eso hace que esa generosidad sea una imposición, contra la voluntad del individuo, regulada por leyes.

Pero a veces necesitamos el altruismo con terceros porque nos beneficia, en un toma y daca retardado. Lo estamos viviendo ahora. Sabemos que no nos basta con proteger a nuestros ciudadanos de la pandemia. Porque si en lugares populosos el virus se reproduce, aparecerán variantes que nos pueden poner en peligro. Ya ocurrió en la India y lo sufre ahora el Reino Unido. Regalar vacunas puede parecer un acto de solidaridad, pero tiene más de egoísmo, o una forma de altruismo recíproco. Nos interesa frenar la propagación en cualquier país, aunque esté lejos. Para los virus y las bacterias no hay distancia en el siglo XXI. Ser solidario es imprescindible para la supervivencia.

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