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José Manuel Ponte

Oficio de las hermanas de Manolete

La prostitución como forma de vida en el franquismo

Se estrena en Madrid “Las hermanas de Manolete”, una obra de teatro en la que, tantos años después, se desvela que dos de ellas, Dolores y Angustias, se dedicaron a la prostitución con el conocimiento de su madre, doña Angustias Sánchez, al objeto de apoyar desde sus inicios la carrera profesional de un hijo que iba para figura del toreo. En la España miserable de la posguerra que una familia pobre pudiera albergar en su seno a un destacado matador de toros era una suerte inmensa . Los otros medios legales para alcanzar la fortuna eran aleatorios, lotería nacional, oposiciones a una plaza de funcionario en una entidad publica y matrimonio de conveniencia ( el conocido como “braguetazo”). En el fútbol todavía no se cobraban las cantidades mareantes de dinero que se manejan en la actualidad, y por tanto que unas hijas se dedicasen discretamente a la prostitución para allegar fondos a la causa familiar estaba relativamente tolerado.

El asunto era conocido en el ámbito sórdido de los “puteros” locales, pero aún no había trascendido demasiado. Hasta que una tarde de 1943 en una corrida en Córdoba, su ciudad natal, alguien desde la grada le lanzó en voz bien alta al torero la siguiente parrafada: “Manolete, la faena que ayer me hicieron tus hermanas fue mucho mejor que la que estás haciendo tú hoy”. La frase ofensiva rodó de inmediato por el coso taurino, por los bares, por las mancebías (casas de putas o prostíbulos como se expresa en la famosa copla de doña Concha Piquer) y por cualquier otro sitio donde pudieran reunirse hasta un máximo de tres personas (el franquismo no permitía exceder de ese límite ). Nadie podrá dudar de que el torero escuchó esa alusión a los entretenimientos clandestinos de sus dos hermanas, pero serio y austero como era aparentó no haberla oído y se centró en su faena, que culminó con una certera estocada. Entre otras habilidades Manolete se manejaba muy bien con la espada y solía matar al toro al primer intento. Y ese sentimiento de superioridad le perdió.

El 28 de agosto de 1947 en Linares un toro de Miura registrado como “Islero”, el último que debía lidiar, lo hirió mortalmente al entrar a matar marcando los tiempos. Como querían los clásicos Pepe Hillo y Paquiro en sus instructivas tauromaquias. El miura salió muerto del envite, pero el torero fue llevado a una mal dotada enfermería donde no pudieron hacer nada por salvarle. La muerte de Manolete supuso una conmoción nacional, y los periódicos y las radios le dieron los escasos medios de que disponían.

Una tipografía descabalada, unos gráficos borrosos, y unos sonidos huidizos y chisporreantes. El lirismo oficial hizo estragos y las imágenes de una familia (madre, novia, hermanas y hermanos) que vio quebradas sus ilusiones ocuparon el interés de la opinión pública durante varios meses. Sobre el oficio que habían desempeñado las dos hermanas y sobre el supuesto conocimiento de ello por su madre no tengo más noticias. Ni tengo el mínimo interés en conocerlas. En aquellos años terribles todos los oficios eran honorables, empezando por el oficio de vivir.

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