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Francisco García

Primavera del populismo

Manifestantes afines a Jair Bolsonaro toman la sede del Congreso, el Palacio de Planalto y el Tribunal Supremo Federal en Brasilia, Brasil Télam

Vivimos la primavera del populismo y las consecuencias de esa nueva estación política que lejos de hacer reverdecer la democracia la sumen en una sombría glaciación las acabamos de contemplar estupefactos por televisión desde Brasilia. Los que no están de acuerdo con el resultado de las urnas se disfrazan de turba, asaltan los Parlamentos y se hacen fuertes en los templos de la soberanía popular, que ocupan como si fuera el prado de la verbena. Nunca antes tamaña parte del pueblo alcanzó tal vocación de populacho.

La invasión del Congreso Nacional y de la Corte Suprema de Brasil por simpatizantes de Bolsonaro ocurre justo dos años después del allanamiento del Capitolio de Estados Unidos por seguidores radicales de Trump que no reconocían la derrota electoral de su líder. Hay demasiadas coincidencias entre ambas ocupaciones para no pensar en una estrategia de los radicales para llamar a la suplantación de las decisiones de la mayoría. Existen tantos parecidos como que en una y otra toma de la Bastilla institucional algunos cabecillas iban disfrazados de mamarrachos.

Soluciones simples para problemas complejos dicen que es el primer mandamiento de las tablas populistas. ¿Cabe mayor simpleza argumental que tomar por asalto las sedes de los tres poderes en un grosero intento de golpe de estado no por incruento menos detestable? Vivimos una época de tribalismo moral que confirma que no hay nada más peligroso que la conciencia de un fanático.

La democracia no es un bote de Coca-Cola que se extrae en un minuto de una máquina refrigeradora. Mas bien parece un vino añejo que se cuida desde la cepa para que gane cuerpo con los años. Para ser un lugar donde sentirnos seguros, la democracia, que acoge incluso a quienes la denigran, merece respetarla y defenderla.

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