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Triste despedida para el peluquero más oviedista: duelo por Jacinto Rodríguez

El funeral por el estilista, tras más de veinte años al frente de su local de la capital, se celebra hoy en la iglesia de San Francisco de Asís

Jacinto Rodríguez cortándole el pelo a un cliente.

Jacinto Rodríguez cortándole el pelo a un cliente.

La peluquería Jacinto siempre había sido un reducto de alegría para todo aquel que pasaba por delante. El que fuera su dueño desde hace más de veinte años, Jacinto Rodríguez, salía a la puerta del local armado con una sonrisa inquebrantable. Hoy, dos semanas después de su repentina muerte, un pequeño altar de flores y velas recuerdan al veterano peluquero y exlegionario ovetense que vestía, día tras día, el azul de su Real Oviedo. “De arriba a abajo”, decía él. Unos días después de que la Policía encontrase su cuerpo en el interior del establecimiento, una vecina colgó carteles manuscritos por los negocios de la zona, que anuncian un funeral que se celebrará hoy a las 19.30 horas en la iglesia de San Francisco de Asís, a escasos metros de su local.

Cuentan los vecinos que la noticia del fallecimiento del peluquero fue un mazazo tan grande como la sorpresa. Y le recuerdan con cariño. “Siempre te querremos”, reza uno de los carteles que dejaron tras la verja, echada, sobre el escaparate del local. De carácter amable, tenía bromas para todos, chistes, comentarios jocosos y una actitud siempre dispuesta a ayudar. “Si pasaba una señora por delante cargada con la compra y no estaba cortando el pelo era fácil verle salir para llevarle las bolsas”, recuerda un camarero del bar en el que “siempre paraba a tomar un café”.

Jacinto, que había pasado por la Legión en su juventud, había decorado su local en la calle Félix Aramburu a imagen de sus aficiones. El azul del Real Oviedo, que siempre llevaba en la ropa, también lo imprimió en las paredes del establecimiento. Sobre las estanterías cuelgan todavía otras aficiones. El escudo del Atlético de Madrid, su “segundo equipo”, fotos de Mick Jagger y Keith Richards, un cuadro de Tino Casal, de quien fue amigo de la infancia y estampas de la Santina y la Catedral de Oviedo. La banda sonora de la peluquería la ocupaban los mismos que llenan los huecos de las paredes. El himno del Real Oviedo, “Eloise”, y canciones de los “Stones”, se podían oir habitualmente desde la acera. Sus clientes le reconocían como un “experimentado profesional”, como un trabajador “como la copa de un pino”; pero también como un hombre divertido, de conversación fácil. Algo con lo que en la peluquería se bromeaba. Desde la calle se puede leer un chiste que adorna el escaparate, en el que un cliente pide el corte de pelo “en silencio”.

La muerte del peluquero pilló por sorpresa a todo el barrio. La misma mañana de su fallecimiento estuvo departiendo con un camarero de un bar cercano. Este recuerda que le vio bien, igual que siempre, hablador, amable. Relata que esa misma tarde vio un cartel que le sorprendió: “Cerramos por motivos personales, perdonadme”. Y, al día siguiente recibió la noticia con pena y desconcierto. Al igual que tantos otros vecinos y trabajadores de la zona.

Todos le conocían y le querían sin excepción. “No sé cómo se apellidaba ni si tenía familia”, narra un habitual del barrio, “pero era Jacinto, de toda la vida, un buen tío, siempre sonriente, siempre bromista”. No hubo más esquela que la que improvisó una vecina. Algunos de los dueños de los locales del barrio se enteraron del fallecimiento entonces, cuando esta recorrió los establecimientos preguntando si podía colgar la esquela de su escaparate.

Un adiós para Jacinto

Esteban GRECIET

Le conocí hace años cuando uno estaba a punto de jubilación. Me preguntó, cortés, si podía tratarme de tú. Lo concedí encantado. Jacinto era entonces un joven profesional del honorable oficio de peluquero y casi recién llegado de la Legión. El Tercio, que decíamos entonces. Ignora quien esto escribe por qué dejó Jacinto un voluntariado militar, al que no obstante conservaba verdadero aprecio. Pudo ser algún problema de salud. Tenía buen carácter, la sonrisa pronta, el interés por la actualidad, lecturas más bien extravagantes y esotéricas. Receptivo también a ciertas objeciones. Tuvo una medio novia por lo menos, algún que otro problema familiar. Usaba un viejo coche que dejó algo después. Y no sería difícil que guardara algún secreto de su vida anterior, esa que “nada importa” para los legionarios auténticos. Confieso que le tuve simpatía personal y que mis cortes de pelo en el local de la ovetense calle Félix Aramburu eran siempre un constante comentario de la actualidad, un cambio de opiniones, relatos de aventuras y hasta un cordial debate de nuestras tan distantes diferencias de criterios, anécdotas y lances personales en los que siempre estaba interesado. Ignoro hasta el momento las causas y los hechos que llevaron a la muerte apresurada de Jacinto. Precisamente dentro de su propio local de trabajo. La curiosidad es lo de menos en un caso disparatado y cruel como la muerte inesperada y pronta que fue la del bueno de Jacinto. Es verdad que no gozaba de muy buena salud, régimen, medicinas que a veces vulneraba con algún breve exceso. Jacinto esperaba ilusionado los actos del centenario de la Legión en el Sur de España, truncados este año por la pandemia que nos aqueja. Sus habituales clientes, nosotros sus amigos y cuantos ovetenses se quieran sumar asistiremos hoy jueves a las siete y media de la tarde a una misa por Jacinto en el templo parroquial ovetense de San Francisco de Asís.

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