Opinión
Alberto Carlos Polledo Arias
Pérez Galdós en el balneario de Las Caldas
El viaje por Asturias de la figura cumbre del realismo español
En el centenario de la muerte de la figura cumbre del realismo español del siglo XIX, don Benito Pérez Galdós (1843-1920), nacido en Canarias, aunque podríamos decir madrileño de adopción, no podíamos ignorar el viaje que realizó a Asturias. Su obra literaria todos la conocemos y, si no la leímos en su totalidad, al menos gozamos de lo más representativo de ella. Hemos de pregonar que, además de ser uno de los mejores escritores españoles de toda la historia, fue corresponsal de prensa en Europa y un sobresaliente viajero. Decía el cronista de la época que la estación de ferrocarril era uno de los lugares más concurridos de Oviedo. Hablamos de julio de 1880. Pues, justo el día 5 de dicho mes, en el tren-correo, llegó a ella el autor de, entre otras muchas obras, "La fontana de oro", "Doña Perfecta", "Marianela" o las siete mil páginas de los "Episodios Nacionales".
Nos cuentan que fue un viaje relámpago y que tan solo visitó, después de Oviedo, la fábrica de Trubia, Las Caldas, el castillo de Priorio, Gijón, La Felguera, Laviana, Covadonga y poco más, continuando, a renglón seguido, su itinerario a Santander. Como nos vamos a centrar en su estancia en el balneario, nada mejor que acudir a una descripción de este recinto termal escrita a finales del siglo XIX: "Consta de dos cómodos y elegantes edificios, situados frente a frente en la carretera, y unidos entre sí por una galería o puente cubierto, confortable paseo durante los días de mal tiempo. El del manantial está a la izquierda de la calzada y es de planta elíptica en su centro, flanqueada por dos cuerpos. En él se encuentran: la fuente en que se toma el agua en bebida; las galerías de baños, de cuatro clases distintas, en estancias independientes, con pilas de mármol y bien acondicionadas; las magníficas estufas, los cuartos de inhalaciones y pulverizaciones, los de chorros y duchas, las habitaciones para ciento cincuenta bañistas, la capilla y la administración".
Por si esto fuera poco, en la fonda había extensos comedores que ofrecían singular gastronomía, salones de recreo, salas de billar, gabinete de lectura, estupendas habitaciones y, además, organizaban bailes de gala. La alta sociedad ovetense y española, en temporada alta (del 1 de junio al 30 de setiembre), llenaban estas elegantes instalaciones. A la izquierda se encontraba el hospital y asilo para los pobres que acudían a tomar las aguas y, a la derecha, delante de varias casitas particulares, había una alameda en la que abundaban músicos ambulantes y tenderetes.
No está de más, conocer un poco mejor la personalidad de don Benito. Para ello vamos a recordar cómo le catalogaron los amigos que le acompañaron en su periplo por el Principado.
De aquella rondaría los 37 años, alto, moreno, lleva el pelo corto y la cara rasurada a excepción del bigote. A primera vista parece frío y reservado, hombre de escasas palabras, habla poco, pero a tiempo, por contra, en ocasiones, se muestra cariñoso y comunicativo. Persona muy observadora, se acuesta pronto y madruga mucho; escribe hasta las diez de la mañana, siempre a lápiz. Por hacerlo así se escuda en que la estilográfica le distrae. Por cierto, es un fumador empedernido. Fue miembro de la Real Academia Española desde 1897 y candidato al premio Nobel en 1912. Todo un lujo.
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