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El Otero

Dulces recuerdos

Oficios y la memoria del Campo en el fallecimiento de Brígida Fernández

Hay oficios que solo perduran en la memoria. Tal vez mi generación sea la última que aún albergue recuerdos de algunos: maleteros portando equipajes o paquete-ría desde o hacia la estación. Limpiabotas que recorrían establecimientos hosteleros dispuestos a dar esmerado lustre y brillo al calzado para dejarlos relucientes como un jaspe. El afilador paragüero que tocando el chiflo con su característica melodía recorría las calles afilando cuchillos romos o envarillando paraguas desvencijados por el último temporal. Cómo no, los piperos. Soberanos de reinos repletos de tesoros en forma de golosinas, tebeos, sobres sorpresa, coches de plástico… Tener un “duro” era la llave de acceso al botín. El estanco de Ángel en Vallobín y el quiosco de la Chucha eran mis favoritos. Y, claro, los barquilleros. Con su bombo rojo, arca de las delicias, y aquella enigmática rueda de la fortuna, eran una parte esencial del Campo. Imposible atravesar la foresta franciscana sin que tirase de las mangas a mis padres reclamando una de aquellas galletas con capas de finas obleas embadurnadas de miel. O una columna de barquillos en inestable equilibrio. Pero aquellas galletas y aquellos barquillos, además del dulce placer, tenían una virtud añadida: nos enseñaron a ser generosos; no había día que no se compartiesen, en mayor o menor medida, con los hoy añorados cisnes o con Petra, tan golosa ella, intentado mitigar su penoso cautiverio.

Hace unos días nos dejó una de esas personas que nos brindaron tantas horas deliciosas en las tardes franciscanas. Brígida Fernández. Llevaba ya unos años que había orillado su tambor rojo, su blanco batín y sus seis décadas endulzando infancias ovetenses. Leer la noticia y volar a serenas y plácidas tardes en el Campo fue inevitable. Horas que dejaban de ser tiempo. Tiempo que relegaba lo importante; simplemente, se desvanecía entre la verde espesura que nos aislaba del ruido y de la visión del perturbador tráfico circundante. El Campo, pues, era nuestra particular fortaleza. Allí la diaria rutina quedaba atrás. Y el futuro nos importaba un bledo. Había galletas y barquillos. Chicles, caramelos y pipas. Agua fresca y abundante en la fuente del Caracol y, si la propina había sido generosa, un helado de cucurucho para relamerse a conciencia saboreando el placer de lo efímero. Y, sin darnos cuenta, estábamos siendo protagonistas de la historia menuda de Oviedo. Porque aquellos niños de inicios de los 70 soñábamos, jugábamos, reíamos y dejábamos deslizar las horas como antes lo habían hecho otros muchos niños en décadas y décadas. Niños que crecimos bajo la sombra tutelar del Carbayón, clamorosa ausencia que aún cobija a sus hijos. Esas tardes de Campo nos enseñaron a entender lo que significa este espacio sustancial. Y a valorarlo. Y a rebelarnos frente a su olvido.

La triste noticia de la partida de Brígida aviva muchos recuerdos. Brígida, con su presencia casi sempiterna, fue parte del Campo y también, por qué no, una parte del paisaje esencial de nuestra infancia. La misma que aún late con fuerza debajo de los años cumplidos.

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