Santa Bárbara desde la lucha y el recuerdo

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José Luis Alperi Jove

Desde que se asocia el día 4 de diciembre a la celebración de Santa Bárbara, patrona de los mineros, ya a mediados del siglo XIX, los actos de recuerdo y homenaje han constituido fechas duras, muy duras, o extremadamente duras. Los accidentes ocurridos en Boo, en Sotón, en María Luisa, en Nicolasa, en Cerredo, en tantos y tantos lugares y, recientemente, en Rengos, pesan como una gran losa.

Cada tragedia dejó cicatrices en pueblos enteros, cicatrices que nunca se cerrarán del todo, pero que no nos impide seguir adelante. Porque en Asturias, en todos los territorios mineros, cuando la mina golpea, el dolor nos dobla… pero no nos rompe.

Hay un dolor más íntimo, más silencioso, que no suele contarse, y es el de las familias que siempre desearon ser la última generación en bajar a la mina. Ningún padre, ninguna madre quería ver a sus hijas e hijos descender a ese mundo oscuro y peligroso. Pero la falta de oportunidades empujó a muchos jóvenes a repetir un camino que no estaba hecho para ellos, sino para un país que nunca les devolvió lo que le dieron. Porque sí: la minería ha sido historia, pero también deuda: Una deuda no saldada, ni con trabajadores, ni con comarcas mineras.

La mina siempre ha sido sinónimo de valor y sacrificio, pero también de una solidaridad que no existe en ningún otro lugar. En el fondo de la tierra, donde apenas cabe la luz, los mineros aprendieron algo que otros solo conocen en los libros, que uno nunca está solo, que la solidaridad y la lucha es un componente más en su ADN.

Los mineros y mineras han sido siempre los primeros en luchar: por derechos, por jornadas dignas, por salarios justos y, sobre todo, por la seguridad. Muchas de las normas que hoy conocemos nacieron de la rabia y del luto. Tras el accidente del pozu San Nicolás, después de 14 muertes, llegaron los cambios en la ventilación, los límites de grisú. Siempre después. Siempre demasiado tarde.

Y mientras tanto, otro enemigo como es la silicosis avanzaba lento. La enfermedad más antigua del trabajo humano, el castigo silencioso que esperaba a muchos cuando ya creían haber dejado atrás el peligro. Aun así, se plantaron, se organizaron y lucharon hasta lograr la creación del Instituto Nacional de Silicosis en 1970 y que, en estos días, debemos seguir defendiendo como centro de referencia nacional en la tan esperada y necesaria nueva LPRL.

Hoy, más que nunca, debemos ser dignos de esa herencia de valor, sacrificio y lucha. Una lucha que vamos a mantener para que tragedias como las ocurridas no vuelvan a repetirse, para que ninguna familia tenga que vivir el infierno de esperar noticias que llegan envueltas en silencio.

Debemos luchar y exigir rigor y profesionalidad a quienes investigan los accidentes para conocer lo ocurrido desde la máxima rapidez, claridad y humanidad. Porque detrás de cada minuto que pasa hay familias que apenas pueden sostenerse en pie.

Debemos luchar y exigir justicia. Una justicia que ha dado la espalda a los familiares de los mineros fallecidos en el accidente del Pozo Emilio del Valle de la HVL, en dos ocasiones. La primera en la tardanza de doce años en dictar una sentencia, y que ha sido dictada previa manifestación pública reclamándola y, la segunda, en el contenido de esta, pues no se entiende la apreciación de falta de responsabilidades penales en un accidente que costó la vida a seis personas, dejando en las familias y quienes sentimos esas pérdidas la percepción de que “los únicos culpables fueron los muertos" y “la naturaleza imprevisible”.

Debemos luchar y exigir lo que se nos debe: oportunidades reales, alternativas dignas, la posibilidad de que los jóvenes puedan construir su proyecto vital en la tierra que los vio nacer. La transición denominada justa es un derecho adquirido por los territorios mineros, y debe crear puestos de trabajo donde se destruyeron; empleos estables y de calidad, que permitan esa transformación socioeconómica tan necesaria.

Debemos luchar y exigir un Plan de Futuro que consolide a HUNOSA como una empresa pública energética y medioambiental y que afiance su estabilidad con un plan industrial real, con la puesta en marcha de proyectos viables desde el punto de vista técnico y operativo, innovadores y sostenibles, en el que la generación de empleo de calidad contribuya a la fijación de población en unos territorios en declive, con la consiguiente rentabilidad social.

Debemos luchar y defender nuestra Brigada de Salvamento Minero, ahora amenazada por incomprensibles decisiones empresariales, condenándola a una falta crónica de personal que conlleva una carga de trabajo insostenible, y que pone en riesgo la continuidad de la histórica brigada, fundada en 1912, y cuyo lema lo dice todo: “Ningún Minero Queda Dentro”

Tanta muerte, tanto dolor y tanto sacrificio no pueden ser inútiles. Porque no solamente se lo debemos a los que se fueron, se lo debemos también a los que aún están aquí y siguen esperando que se haga justicia con estas comarcas.

Unas comarcas donde la lucha no es un recuerdo, es un deber. Donde “luchar hasta el final” no es una frase hecha, es una obligación moral. Y no vamos a parar. Tantas muertes y tanto sacrificio no puede resultar baldío.

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¡¡¡Viva Santa Bárbara!!! ¡¡¡¡Vivan los Mineros y Mineras, y sus Comarcas!!!!

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