03 de noviembre de 2013
03.11.2013

El calvario de Lola Herrera

La gran actriz relata en sus memorias el infierno de su matrimonio: "Las infidelidades se multiplicaban"

03.11.2013 | 01:37

No son unas memorias autocomplacientes. Ni edulcoradas. Son unas memorias duras, sinceras, ásperas en muchos momentos, conmovedoras siempre, sobre todo cuando entran en escena sus dos hijos. La gran actriz Lola Herrera, compañera inseparable durante años del asturiano Arturo Fernández en la serie La casa de los líos, relata en "Me quedo con lo mejor" (La Esfera de los Libros) su vida en las tablas, ante los focos, sus difíciles comienzos y sus momentos de luces, sus momentos de sombra. Y dedica especial ahínco a relatar, sin morderse la lengua, cómo fue el infierno de su matrimonio con el actor Daniel Dicenta. Sin ajustes de cuentas. Sin rencor. Con lucidez pasmosa. Y lanzando un mensaje final de optimismo, de ganas de seguir en la brecha con curiosidad y buen ánimo. De ganas de vivir.

El fracaso. "Con la perspectiva de los años, pienso que podría haberme separado casi al día siguiente de casarme. Pero me había unido al hombre que quería, y, aunque empezaba a no reconocerle, tenía que confiar y luchar para encontrar soluciones. En aquellos años, cuando te casabas, era para siempre. En un principio me resistí a aceptar el fracaso, no podía entender que, después de un largo y maravilloso noviazgo lleno de amor y de proyectos, las cosas se pudieran estropear de esa manera. Me negué a aceptarlo y luché dándole y dándome una oportunidad tras otra. Empiezas a ponerte en su lugar, a tratar de entenderle, constantemente buscas razones para justificar sus actos, para comprender lo que no tiene explicación posible".

La sorpresa. "No sabía nada de aquel hombre con el que me había casado, me sorprendían con mucha frecuencia sus comportamientos incomprensibles, desde los más íntimos hasta los más públicos".

La mentira. "Las infidelidades eran continuas, se multiplicaban. Se exhibía con sus conquistas por todos los lugares adonde solíamos ir. Me enteré cuando todo terminó. Sabía que nuestra relación estaba mal, pero jamás pude imaginar la dimensión de lo que estaba pasando".

En público. "Todos conocían lo que yo ignoraba, nadie nunca me dio una pista, lo fui descubriendo sola. No sé si él era consciente de la situación en la que me colocaba públicamente".

La esperanza. "Cuando me quedé embarazada y vi lo ilusionado que estaba Daniel con la paternidad, pensé que esa responsabilidad podría ser positiva. Pero me equivoqué, él no podía hacerse responsable de nadie, ni de él mismo".

Siempre volvía. "En los años siguientes nos separamos en varias ocasiones. Pasaron muchas cosas. El siempre volvía lleno de buenos propósitos y yo aceptaba. Nuestra relación era una cinta sin fin donde todo se repetía, añadiendo algo más en cada vuelta. En una de ellas me quedé embarazada de mi hijo. El se horrorizó cuando se lo dije y pensó que lo mejor era que abortase, como si abortar, por aquellos años, fuera tomarse un café".

La decepción. "La decepción era cada vez mayor y muy dolorosa, me aplastaba. Mi autoestima disminuía sin parar, no sabía cómo salir de donde estaba, me sentía atrapada. Instintivamente seguí caminando. Mi centro era el trabajo y a él me agarré".

Sin rencor. "Nunca fui capaz de guardarle rencor, al menos de forma consciente. Daniel era una persona fuera de lo común. No lo parecía, pero era un hombre muy atormentado, quizá las cosas venían de lejos, de su infancia, no lo sé y no lo sabré nunca. Yo creo que él de verdad quiso de verdad formar un hogar, una familia, y no supo, no pudo".

La huida. "El suicidio de (su madre) Amparo devastó cualquier posibilidad. Daniel se fue de casa definitivamente el 6 de enero de 1967, día de Reyes. La noche anterior, me comunicó, al final de una larga conversación, que al día siguiente se iba para no volver, y añadió que ya no me quería. Lo dijo de una manera fría, distante, me dolió mucho, pero no lo creí. No era falta de cariño lo que le hacía tomar esa decisión, era la falta de fuerzas para tomar las riendas de su vida".

La última noche. "Antes de apagar la luz de mi mesilla, volví la cabeza para mirarle, pero me encontré con su espalda. Por un momento sentí el deseo de abrazarle y decirle que yo sí le quería y que me dolía en el alma nuestro fracaso. No lo hice. Me di la vuelta y apagué la luz".

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