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Hay que ser fan de lo que hay
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Rosa Lombas

Me llamo Rosa Lombas, tengo 26 años y soy de Oviedo. Me gustan la ciencia ficción, el feminismo y la música rock. Estudié filosofía, así que no tengo un oficio definido. En marzo de 2016 me diagnosticaron leucemia. Ingresé entonces en el HUCA, desde donde escribo este blog.

Sobre este blog de Salud

Leucemia con humor


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  • 30
    Mayo
    2016

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    Oviedo salud

    El bueno de Lance

    Se acabaron las drogas. (Pausa dramática).

    En parte bien, tenía ganas de que se me empezara a desinflar el careto y de que mi abuela dejara de decir eso de: “¡Ay! Yo veo a la nena muy bien, ¡está gordina!”, deslumbrada por el espectáculo de mis mofletes relucientes de cortisona.

    Pero por supuesto, por todo lo demás, mal: yo estaba encantada con mi colocón permanente de esteroides, que me hacía ser la encarnación viviente de todos esos eslóganes insulsos tipo “el cielo es el límite” y demás. ¿Inyección en la médula? ¡Venga! ¿Qué hay que hacer? ¡Me la pongo yo misma! ¿Punción lumbar? ¡No puedo esperar, venid a mí doctoras!

    Muy otra era la actitud con la que entré al hospital el martes pasado, de vuelta para recibir otra tanda de quimio en distintos formatos. Mientras la heroica ciudad dormía la siesta tras el atracón de sidra y chorizo, yo celebraba el martes de campo reencontrándome con el gotero. Pero ahora, sin el empuje vigorizante de las drugs, todo me daba canguelo. Intenté sin éxito insuflarme algo de valor pensando en que aquello era ya de sobra conocido. Pero se me había olvidado un dato fundamental: para afrontar el paso por el hospital no hay que ser valiente, sino ser, ante todo, un cachondo mental. A mí la motivación a base de valores como la valentía y la superación personal lo que hace es ponerme muy nerviosa. La única estrategia que consigue relajarme es tomármelo todo en clave de humor.

    Por eso hoy quiero introduciros a mi tercer héroe contra el cáncer: Lance Armstrong.

    No soy una aficionada al ciclismo, y puede que esto sea determinante en mi interpretación de la historia de Lance. El Almirante, en cambio, sí lo es, y por eso una tarde de domingo me propuso hacer una sesión doble de Armstrong con la película sobre su vida The Program (2015, Stephen Frears) y el documental La Mentira de Lance Armstrong (2013, Alex Gibney). Fue así, en una maratón de estas de hacer el gordo, viendo a aquellos tipos fibrosos desgañitarse montaña arriba mientras nosotros nos apretábamos un par de pizzas del Domino’s, como supe del auge y caída de Lance Armstrong.

    Algunos pensarán que Lance fue el clásico icono deportivo de superación personal, esfuerzo y valor. El ciclista diagnosticado de cáncer que contra todo pronóstico no sólo sobrevive sino que gana siete tours de Francia. Los mismos que le ven así afirmarán también que el mito se vino abajo cuando admitió que tomaba EPO y fue sancionado y despojado de sus medallas. Para mí, el carisma de Lance empieza justo en esta parte de la historia.

    Lance es uno de mis héroes contra el cáncer no por haber superado el cáncer y luego ganado siete tours, sino por haber superado el cáncer y luego haberse metido toda la caña del mundo y todas las sustancias que hicieran falta para ganar todo lo ganable, a toda costa. Pensemos que, después de la cirugía en la que le fue extirpado un testículo, al tipo le daban menos de un 40% de probabilidades de sobrevivir. Cualquier otra persona en su situación se habría dado con un canto en los dientes sólo con salir del paso, volviendo a casa con la promesa de no someter su cuerpo nunca más a ningún tipo de exceso. Pero Lance no. Lance salió del hospital pensando que decididamente no se había metido la caña suficiente, y fue en busca del Doctor Ferrari.  Lance, eres un cachondo.

    Si hubiera ganado sus siete tours sin EPO, limpio como decía estar, su historia no tendría para mí el mínimo interés. Sería la historia de un superhombre con superpoderes, un fenómeno de la naturaleza como las cataratas del Niágara y otras cosas espectaculares que por lo visto existen. Pero saber que Lance en realidad era un ciclista con ciertas limitaciones físicas, y que decidió vencer estas a base de hacer trampas, lo convierte en una figura mucho más cercana. Sobre todo porque estas trampas las hizo a costa de experimentar con su propia salud.

    Me encanta esa actitud de no amedrentarse ante el susto del cáncer y salir a por más como si nada. Me recuerda al que sale de un coma etílico para volver a la fiesta al grito de “¡pónme una copa!”. Es alguien que tiene claro lo que quiere y no deja que el miedo le lleve a conformarse con menos.

    Desde que empezó mi tratamiento contra la leucemia me he convertido en una farmacia ambulante, o más bien nada ambulante, ya que estoy tan pocha que mi desplazamiento más largo es de la cama al sofá. El tratamiento es largo y aún después de éste, pasarán años antes de que alguien con bata blanca esté dispuesto a decirme que todo ha terminado. Además, aunque todo vaya de perlas (como está yendo hasta ahora, y toco madera), me han informado de que mi futura médula adoptada podrá, en cualquier momento, incluso años después del trasplante, despertarse un día y, sintiéndose alejada de su cuerpo natal y amenazada por el entorno (a saber, el resto de mi cuerpo), revelarse y desencadenar una de estas enfermedades  que llaman “injerto contra huésped”, que ya sólo con el nombre recuerdan al título de alguna película chunga estilo Alien vs. Predator. Con este panorama, el futuro se me antoja un pulcro sendero marcado por la proximidad de un centro médico e interceptado por continuos chequeos que confirmen que todo continúa en su sitio.

    A mí esto no acaba de gustarme mucho. Yo, que soy un espíritu libre, no quiero verme convertida en una abuela precoz: quiero campar a mis anchas como en los viejos tiempos. Quiero poder mudarme sin saber dónde está el hospital más cercano o si entenderé el idioma de los médicos que allí trabajan, viajar a países exóticos sin miedo a pillar una cagalera, ir a festivales con un bañador por todo equipaje y descuidar mi higiene personal durante días si me apetece. Porque cuidarse está muy bien, y desde luego yo lo hago más ahora que antes, pero me da pena pensar que con el cáncer perderé para siempre esa inconsciencia juvenil con la que te apuntas a un bombardeo asumiendo que tu cuerpo y tu salud aguantarán cualquier cosa. Yo, que ahora tengo que tomar todas las precauciones del mundo para salir a la calle, quiero recuperar algún día esa inconsciencia, esa ausencia total de preocupación.

    Además, creo que eso de “ser fan de lo que hay” implica también un poco de optimismo ingenuo, una confianza férrea en las cartas que te han tocado incluso cuando éstas han dado señas de ser un poco defectuosas, como le pasó a Lance y como me ha pasado a mí.  

    El ejemplo de Lance nos enseña que se puede seguir siendo un inconsciente después del cáncer, y por eso me cae tan bien.

    El bueno de Lance

     

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