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Terminado, el libro empieza
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Blog Terminado, el libro empieza -  Barroso Crespo

Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

Sobre este blog de Cultura

El escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque esa frase es certera. Tras la labor del escritor, comienza la de cada lector que reinterpreta el libro y lo hace suyo. En este espacio quiero co


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  • Rosa Montero, la loca de la casa

    Acabamos de cerrar 2017 con un portazo a lo malo y una rendija abierta a lo bueno. Tantos días no pueden perderse sin rescatar de ellos un regalo inesperado, un golpe de suerte o un nuevo deseo para que el cofre de nuestros tesoros rebose un poco más. A veces un año se cierra con justicia y con un reconocimiento merecido como el concedido a Rosa Montero, Premio Nacional de las Letras 2017, aunque llegue a remolque del cariño que le lleva otorgando el público desde su primera palabra. Por si quedaba algún lector despistado y también a modo de homenaje, en la estantería más destacada de mi Biblioteca se exhibían durante estas fiestas sus libros, con su trayectoria variopinta y exitosa. Uno de ellos luce en la portada la foto de una niña iluminada por un vestido rosa, con pose recatada y gesto extraño. El misterio de la imagen se revela en el libro La loca de la casa, un ensayo sobre la literatura, la narrativa y el oficio de escribir, un apasionante paseo de la mano de Rosa Montero y su forma de ver la vida gracias a la imaginación (la loca de la casa, tal como la definía Santa Teresa de Jesús)

    “No podría hablar de la literatura sin hablar de la vida; de la imaginación sin hablar de los sueños cotidianos; de la invención narrativa sin tener en cuenta que la primera mentira es lo real”

    Leo con avidez, con el entusiasmo del que se reconoce en cada frase, asintiendo como un muñeco de salpicadero, hasta tener agujetas en el cuello. Leo con la misma pasión que ella demuestra al hablar de sus escritores de referencia, de sus pulsiones y locuras, de sus miedos y miserias, del dolor al rechazo, la vanidad y el afán por perdurar.

    “Eso es la escritura: el esfuerzo de trascender la individualidad y la miseria humana, el ansia de unirnos con los demás en un todo, el afán de sobreponernos a la oscuridad, al dolor, al caos a la muerte”

    Para Rosa Montero, escribir es lo más parecido a enamorarse. “Es convivir felizmente con la loca de arriba… es no tener miedo de visitar todos los mundos posibles y algunos imposibles”… “Es una manera de pensar, y ha de ser un pensamiento lo más limpio, lo más libre, lo más riguroso posible”. Quien escribe ficción saca a la luz un fragmento muy profundo de su inconsciente, se expone ante otros, convive con sus fantasmas y vive en las palabras salvadoras, las que construyen su hogar: “Mi hogar es el interior de mi cabeza”.

    Sigo leyendo con el afán de escribir una reseña entusiasta hasta que me convence de que no debo sacar “absurdas conclusiones biográficas” de esta o de cualquiera de sus obras. Sería imposible acotar algo en alguien sin límites y aire de niña eterna, “activa, curiosa, vitalista e inquieta hasta el final”. Vuelvo a mirar la portada, y me fijo en la niña de rosa y su pose forzada. Ahora sé que refleja “el vago eco de un dolor que sabes que has sufrido y que no consigues recordar” y pienso, o recuerdo, o imagino lo que me queda de este libro:

    Una niña camina por la calle principal de la ciudad, unos pasos por detrás de sus padres. Siente el aplastante sol de julio sobre el apretado moño que su madre se ha empeñado en rematar con un lazo rojo. Anda con la cabeza gacha, rumiando el rechazo de las amigas que no la han llamado para salir. Sus padres charlan ajenos a su desánimo y piensa en huir; sería fácil, volvería a casa y se disfrazaría con otra ropa, tal vez se ocultaría bajo la inmensa pamela que su abuela compró para la boda de los primos. Se escondería en el cine o en el rincón más oscuro de un bar o bajo el árbol más olvidado del parque. ¿Y si lo hiciera? ¿Tendría valor? Su padre se detiene frente a un puesto de helados. Le compra un cucurucho que parece gigantesco entre sus pequeñas manos; nata y avellana coronadas de trocitos de chocolate. Unos niños se paran y la miran con envidia; el cucurucho se hace más apetecible entonces. ¿Y si no lo comiera? No la llamarían gorda otra vez. ¿Y si durara eternamente? Pasearía cada día con el helado por la calle grande; sería siempre alguien a los ojos de todos. Un reguero de nata se desliza lento por la galleta: la magia va a desaparecer. Abre la boca con la angustia de ver que el chocolate se derrumba sobre la nata y, al primer lametón, con el primer impulso, la gran bola de helado cae al suelo. La masa blancuzca y marrón, salpicada de restos de oblea, mancha sus zapatos y un río pegajoso se desliza calle abajo. Tan despacio pero tan imparable como sus ganas de llorar.  De pronto repara en sus manos pringosas de nata y en su vestido blanco decorado por manchurrones de chocolate. Se chupa un dedo, con disimulo primero, con ansia después, uno tras otro, desliza la lengua por el dulce reguero que guarda en la palma de la mano. Sonríe casi sin querer, y sin parar, la sonrisa se hace más grande; se prueba, en su piel, en su ropa, saborea su nuevo aspecto. Ahora es de nata, avellana y chocolate, deliciosa, única.

     

    “En la pequeña noche de la vida humana, la loca de la casa enciende velas”.

     

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