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Los cultivos del Paraíso

Uva blanca, la más asturiana

20.02.2016 | 04:38
Un racimo de uvas junto a un libro de Latín.

Allá arriba, a mano izquierda, nada más pasar Villardefrades, a mitad de camino entre Oviedo y Madrid, se veía un pueblo amurallado. Un cartelón azul avisaba de la salida para Urueña. La carreterina avanzaba recta cruzando una dehesa con grandes encinas a la que solo le faltaba el ganado bravo, y después comenzaba a descender.

Al final de la cuesta había una ermita de piedra blanca y estilo románico francés, guapísima, con unos almendros viejos. Desde allí, burlando la pendiente con buenas curvas la carretera ascendía hasta la fortaleza, situada ya enfrente.

El portalón de entrada, por el que podía pasar un escuadrón de caballería al galope, estaba rematado por un gran arco. Dentro, escondido, esperaba el pueblo.

La iglesia, la plaza, el bar, las viviendas blasonadas. Apenas parroquianos. Las calles tenían nombres viejos: Azogue, Catahuevos, Lagares. De la panadería salía perfume de hogazas. Reparé en un local; era una librería, lo que me extrañó. ¿Pero había vida para mantenerla en aquel pueblo dormido?

Una escalera metálica de caracol permitía subir a la muralla, que era visitable en casi su totalidad, al estar rematada por un camino de piedra al pie de las almenas. La vista sobre la Tierra de Campos era magnífica, y al final, hacia el Norte, se entreveían las crestas de la Cordillera Cantábrica. Aquellas murallas eran uno de los últimos lugares desde los que se podía ver a Asturias -o uno de los primeros viniendo del Sur-. El cielo estaba azul, sin una nube, y el sol martillaba como un yunque aquella mañana de setiembre. A mis pies, mirando para el interior del pueblo, se veían las techumbres de teja árabe, y los patios, casi todos cubiertos con hojas grandes de emparrados, bajo los que se imaginaba la sencillez de una mesa y sus sillas, ideales para disfrutar de la vida a cubierto de una sombra placentera. En eso consiste un jardín.

De una de aquellas parras colgaban racimos de grandes uvas verdoso-doradas, aparentemente moscatel, en lo que parecía el punto ideal de madurez. Imaginé su pulpa jugosa en mi boca y entendí el hurto, pero mi educación rudimentaria reforzada por la existencia de un muro de adobe insalvable, hicieron que me mantuviese en la virtud en vez de caer en el delito. Cuando a veces quiero evocar un gran placer recuerdo aquellas uvas de finales de verano en Urueña, con su dulzura imaginada.

En la Biblia, lo primero fue la manzana, que menuda la armaron aquellos dos, pero después llegó la uva y lo mejor de todo: el vino. Cuentan que su origen fue Asia, desde donde colonizó el mundo entero, Asturias incluida.

Antiguamente rara era la casería asturiana que no tenía su parra, generalmente orientada al Sur. Daba fruta y además también servía de improvisada sombra.

Como ocurre con todos los frutales, una vez arraigado su cultivo no profesional no tiene secretos. Se trata de podar al final del invierno dejando dos yemas en los sarmientos que dieron fruta, y recoger la cosecha cuando toque, en el caso de la vid sobre setiembre, aunque depende de los factores climáticos.

Para hacerse con una planta bastará con plantar una estaca que tenga al menos dos yemas en un suelo bien trabajado -sirve un tiesto si se mantiene húmeda la tierra, sin pasarse-, dejando una de las yemas encima de la superficie. Para Asturias va mejor la uva blanca, más resistente a nuestro clima, aunque siempre habrá que aplicar algún fungicida para evitar los oidio, mildiu y botrytis.

Así que en aquel paseo por Urueña me encontré una segunda librería, lo que me llenó de asombro. Casi toda destinada a libros de viejo. Revisé una gramática latina forrada en rojo burdeos.

Me vendría bien. Abrí la portada. En la primera página se veía un sello de una librería de Oviedo: "Cipriano Martínez. Sucesor." y estaba firmada.

Al leer el nombre se me paró el corazón. Decía: "Fernando Fernández Menéndez, Limanes". En Limanes está la casa de mis abuelos, donde yo vivo, y aquel Fernando era el hermano de mi madre muerto en la Guerra Civil.

Este libro llevaba 78 años esperando volver a casa, y lo logró: "¿Ves como están vivos, papá?", dijo mi hijo al verlo.

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