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El HUCA revisa sus pautas de humanización tras conocerse el “caso de la enfermera”

Salud reconoce fallos en la respuesta emocional a la esposa de Ignacio Pérez-Moya y una comisión interna investiga la muerte en el quirófano

Exterior del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). | LNE

El Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) ha abierto una investigación para esclarecer los hechos que rodearon a la muerte de Ignacio Pérez-Moya Fernández, el pasado día 3, en un quirófano del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), donde estaba siendo sometido a un trasplante de hígado. El fallecido era médico y acababa de jubilarse de su plaza de inspector de Educación. Su esposa, enfermera, ha denunciado, en una carta publicada por LA NUEVA ESPAÑA, lo que considera un trato “inhumano” por parte del cirujano principal y del resto del equipo quirúrgico, que ni le dieron explicación alguna sobre lo sucedido ni siquiera le permitieron ver el cadáver de su marido bajo el argumento de que “no está en el protocolo”, según el relato de la propia interesada, quien lleva 36 años trabajando en el HUCA, 24 de los cuales ejerció en el quirófano.

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A preguntas de este periódico, la Consejería de Salud del Principado explicó ayer que “los llamados ‘eventos adversos’ son situaciones que se dan en todas las organizaciones sanitarias”. La misma fuente añadió que este tipo de “acontecimientos, que son infrecuentes”, precisan de “una comunicación y acompañamiento adecuados a las familias al recibir una ‘mala noticia’”.

En su respuesta, Salud señala que en el HUCA –el mayor centro hospitalario de la región– “existe un procedimiento de gestión de eventos adversos” que, a la vista de lo ocurrido, “se va a revisar, ampliar y buscar las mejoras necesarias”. La Consejería no entra en mayores profundidades sobre el contenido de esta reforma, pero sí especifica que este proyecto de optimización incluirá una “identificación adecuada de quién, cuándo, cómo y dónde se debe realizar esta atención que causa un gran impacto emocional”.

El caso relatado por la enfermera Cristina Fernández-Coronado González tuvo lugar en la madrugada de un sábado a un domingo. Tras recibir la noticia de la muerte de su esposo y ver frustrado su deseo de ver su cuerpo por última vez, telefoneó a su cuñado. Este es su relato de esa espera:

–Estaba sola. Salí al atrio [del HUCA] para esperarlo, para ir a su encuentro. Oscuridad, vacío, nadie que me sujetara, que me diera una mano, que me abrazara... Me apoyé en la pared, no tenía fuerza. Me había roto y mi cuerpo no me sostenía. Me dejé resbalar hasta sentarme en el suelo, hasta que llegó.

El caso de Ignacio Pérez-Moya Fernández ha originado una conmoción profunda. El relato de su esposa, publicado por este periódico, ha sido leído por cientos de miles de personas en las versiones de papel y digital. También en los ambientes sanitarios ha generado una sacudida muy notable.

Por el momento, el complejo sanitario ovetense ha abierto un doble procedimiento informativo. De una parte, una investigación que es común a todo “evento adverso”, es decir, a todo sucedido grave e infrecuente cuyas circunstancias se considera necesario determinar, entre otras razones para evitar que se repita. Una muerte en un quirófano, aunque pueda ser perfectamente explicable, constituye una anomalía que debe ser analizada con rigor por una comisión interna de expertos del propio HUCA. Tampoco se pierde de vista que el trasplante de un órgano nunca debe ser catalogado como una cirugía rutinaria ni sencilla. Por el momento, todo lo que ha trascendido es la versión de una de las partes.

La segunda vía de investigación se centrará más en los aspectos denunciados por Cristina Fernández-Coronado González, en los que se atribuye un peso muy considerable a los aspectos relativos a la comunicación de las malas noticias y al necesario acompañamiento subsiguiente a las familias. Una primera medida consistirá en recabar los testimonios del jefe del servicio de Cirugía General –al que corresponde realizar trasplantes de hígado– y del equipo que efectuó la intervención quirúrgica.

Sobre este particular, en medios hospitalarios se estima que la negativa a la petición de la esposa de ver el cadáver de su marido se derivó de una aplicación excesivamente rigurosa, y muy poco acertada, de un precepto que sí se aplica como regla general en el ámbito hospitalario: que los familiares no pueden acceder al área quirúrgica. “En este caso, era madrugada, en el quirófano ya no había nadie, el paciente había fallecido y la señora no solamente era su esposa sino, además, una compañera del hospital”. De donde se deduce, cuando menos, “una enorme falta de tacto humano por parte del cirujano”, cuyas aptitudes técnicas, acreditadas por su dilatada experiencia y sus resultados, nadie cuestiona.

En los mismos ambientes sanitarios, incluidos los mandos intermedios y las instancias de gestión, se subraya que “un caso así no puede extender una duda generalizada sobre la sensibilidad del personal sanitario, que es muy elevada”.

Pero, a la vez, en esas conversaciones internas, de pasillos y despachos, se enfatiza que esta secuencia de hechos tan desafortunada debe ser empleada por la Administración sanitaria como una palanca para “activar todas las herramientas disponibles en la normativa vigente, de manera que ningún profesional sanitario actúe en contra de pilares esenciales en la atención a un paciente y a su familia, como son el respeto y la empatía”. Dicho de otra forma, se trata de impulsar la aplicación de los medios necesarios para evitar que nadie erosione “la humanización de la asistencia”.

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