Opinión | La rucha
Con cuatro trapos
El recuerdo de las fiestas de febrero y la emoción de dar la vuelta al pueblo con la cara tapada
De puerta en puerta, a media tarde, hasta la noche, que llega pronto. Vamos de juerga por los caminos, de puerta en puerta, de casa en casa. Vamos gritando ¡viva el Antroxo! Y todos salen y nos saludan, nos acompañan, nos dan buñuelos, roscas, bizcocho. Y les cantamos algún cantar y damos saltos y hacemos corro. Cuánto nos gustan estas tres horas que se hacen cortas, que duran poco; y hasta otro año ya no nos dejan patear el pueblo, hasta otro año ya no podemos tapar la cara para ser otros.
Nada hace falta para la risa, para el contento, nada tampoco. Nada se compra para esta fiesta, ni las caretas, en muchos casos, pues sea en cajas o en los desvanes, tenemos todo: sábanas rotas, fundas de obrero, vestidos, mantos, cestas y gorros. Todo se hace con cuatro trapos, todo es muy útil, aunque sea viejo: palos, escobas, plumas de gallo, mandiles, guantes, zapatos rotos. Cualquier disfraz nos gusta y vale para asustar a los más pequeños, para reírnos unos de otros. Hay quien se viste de bruja y lleva vestido negro y botas negras, sombrero negro y nariz corva hecha de corcho.
Y quien se pinta como un payaso, con pantalones muy remendados, camisa floja, chaqueta corta y el pelo rojo.
Siempre hay piratas con espada –cartón forrado–, un parche, un garfio y, en vez de tibia, huesos de pollo. Siempre, una monja y un cura antiguo y un fontanero y una enfermera y alguien que mezcla ropa y afeites para ir de monstruo. Y un esqueleto y un futbolista. Y alguna zíngara con faldamenta, y algún gitano con churrumbeles, dos de la mano, uno en carreta y el otro a hombros. Y alguna viuda que llora y llora, y alguien que tiene un tío guardia y le ha prestado traje y tricornio.
Nos gusta tanto esta corta tarde, porque nos junta, y acerca mucho la lejanía del día a día y nos permite mirar la vida de otra manera, ver lo que hay, ver quién seríamos, ver cómo somos: unos más altos, otros morenos, otros robustos, delgados, rubios, blancos, pecosos. Es una tarde también distinta, de las que pasan y dejan cierta melancolía.
Una jornada de chocolate, de algarabía, de calabaza, de diversión, de unión y gozo. Vamos en grupo, de puerta en puerta, a voz en grito ¡viva el Antroxo!
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