Opinión

Preguntas sobre Mieres

Tres desafíos de una ciudad "para vivir": las viviendas vacías, el Batán y los planes de Hunosa para su térmica

Vista panorámica del Batán, durante un amanecer. | José Ramón Viejo

Vista panorámica del Batán, durante un amanecer. | José Ramón Viejo / Luis Gancedo

Las entrevistas y reportajes que Eduardo Lagar, redactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA, dedicó a Mieres dentro de la serie "Asturianos: retrato colectivo de la región", entre los días 31 de diciembre y 6 de enero, han dado altavoz a una forma de ver y de pensar el concejo arrumbada largo tiempo por el discurso dominante –también el menos arriesgado para nuestros líderes– sobre las causas de una depresión que se manifiesta de forma descarnada en datos demográficos como el siguiente: en veinte años (2002-2022), Mieres perdió casi 12.000 habitantes, equivalentes al 25% de sus vecinos a principios de la centuria y a toda la población de Laviana. Ese discurso hegemónico ha tendido a explicar casi de manera exclusiva la hondura de tal declive por la destrucción de empleo que trajo el desmantelamiento de la industria (primero la rápida liquidación de la antigua siderurgia y luego el cierre gradual de la minería) y por los magros resultados de las políticas públicas de reactivación que acompañaron ese proceso.

De las opiniones de los protagonistas de "Asturianos" (Belén Antón, José Ramón Viejo, Nuria Vila, Ana Esther Velázquez, Esteban Fernández, Eva Rodríguez y Antonio Hevia) se entresaca que esa explicación, veraz pero incompleta, tiene que ser revisada para reconocer otros errores y circunstancias del pasado y elegir el rumbo que evite en el presente y en el futuro la pérdida de nuevas oportunidades.

Los números aportan una aparente incongruencia que refuerza la necesidad de esa reflexión: el quebranto demográfico de Mieres entre 2002 y 2022 (-25%) duplicó en intensidad el del empleo (-12%), resultados que indican la existencia de factores distintos al estrictamente laboral que cebaron el hundimiento de la población. En varios de los testimonios referidos –y en los escuchados en el "Conceyu Abiertu" que esta semana organizó el Club Prensa Asturiana– se alude a un fracaso distinto, el urbanístico. A la impericia de Mieres para sacar partido de la combinación formada por la excelencia de su comunicación con el centro de Asturias, una oferta de servicios notable (educativa, sanitaria, comercial, hostelera…), la disposición de relevantes bolsas de suelo por desarrollar en pleno centro para mejorar el catálogo de equipamientos y competir con otros territorios en la oferta de vivienda asequible (en particular, La Mayacina) o la existencia de barrios fundacionales (Requejo, sobre todo) con potencial para rehabilitaciones singulares que habrían contribuido a fijar población y a encontrar un sitio para Mieres en el despegue turístico de Asturias.

"No vamos a arriesgar puestos de trabajo para jugar al urbanismo". Esta respuesta, sacada de una conversación de hace 25 años con una persona del ámbito de la minería, expresa una forma de pensar que ha predominado en la sociedad mierense. Sería inexacto e injusto afirmar que no ha habido gobiernos locales, incluido los más recientes –ejemplos de ello son el parque de La Mayacina o la expansión de las peatonalizaciones, proyectos liderados por Aníbal Vázquez–, que comprendieron la trascendencia de la regeneración urbana y que llevaron a la primera línea de sus mensajes la promesa de "un Mieres para vivir". Pero entre las negligencias de esas y otras corporaciones precedentes está el hecho de que el quinto Ayuntamiento de Asturias haya sido incapaz de aprobar un Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) en 19 años. Conminar a otras administraciones a remediar, con ideas e inversiones, la hemorragia del concejo pierde crédito cuando uno desacierta de ese modo en el ejercicio de sus propias responsabilidades.

Aprovechar el potencial de Mieres como "ciudad para vivir" –como se reivindicó en el "Conceyu Abiertu", entre otros por el actual regidor, Manuel Ángel Álvarez-– supone enmendar lo que hemos sido durante mucho tiempo: un territorio que "expulsa" población. La expresión aparece en un trabajo de investigación divulgado en octubre de 2023 por el Regiolab, observatorio económico de la Universidad de Oviedo, en el que se analizan los movimientos migratorios a largo plazo en los principales municipios asturianos, a partir de los datos sobre lugares de nacimiento y de residencia de los ciudadanos. Una de sus conclusiones es esta: la probabilidad de que alguien nacido en Mieres emigre a otro municipio asturiano o a otra región es del 57%. Dicho de otro modo: es más probable para un nativo mierense irse del territorio que permanecer. Dos datos más: hay 4.500 ovetenses residiendo en Langreo, frente los 3.300 de Mieres, situado a once minutos de autovía de la capital del Principado.

Dejar de ser ciudad que expulsa para convertirse en ciudad que recibe requiere una estrategia que corresponde pergeñar a los especialistas y a nuestros representantes políticos, en contacto con la sociedad civil. Pero vaya por delante que, considerando el alcance del despoblamiento crónico y del deterioro urbanístico asociado, serán necesarias medidas audaces y creativas. En este punto cabe formular preguntas sobre asuntos que en algún caso también fueron mencionados por los protagonistas de "Asturianos".

¿Es verosímil que Mieres pueda obtener provecho de un parque de viviendas vacías que ahora no para de crecer? El contexto de dificultad en el mercado del alquiler, dentro y fuera de Asturias, sugieren que el momento es oportuno. Más de 16.000 asturianos cambian de concejo de residencia cada año y 15.000 personas de fuera se establecen en la región, y en las decisiones de localización de muchas de ellas pesan con seguridad factores como las buenas comunicaciones (las tenemos), la oferta educativa (la hay) o el precio de la vivienda. Es pertinente buscar respuestas, que no serán sencillas, a estas otras preguntas: ¿cómo podemos coordinar a los poderes públicos, a los propietarios y a los profesionales del sector inmobiliario para poner en el mercado, a precios razonables, parte de los cientos de pisos y casas que ahora están cerradas y sin ninguna utilidad ni rendimiento para sus dueños?, ¿qué recursos económicos podemos movilizar para respaldar una intervención así?

Otra cuestión: ¿Son compatibles las aspiraciones de un Mieres residencial con el proyecto para quemar en la térmica de La Pereda combustible elaborado a partir de la basura (CSR)? Los mierenses tienen derecho a que ese plan de Hunosa se explique y tramite con transparencia máxima y a que, en su caso, se corrija si representa algún riesgo para la salud. También si se concluye que es irreconciliable con las opciones que pueda tener Mieres de reconducir su futuro.

El anagrama de Hunosa es una de las primeras cosas que se ve de la ciudad cuando uno se aproxima por la autovía desde Oviedo. Un luminoso de la empresa pública se alza sobre las instalaciones del lavadero de carbones del Batán, uno de los activos transferidos por la antigua Fábrica de Mieres cuando la creación de Hunosa rescató de la ruina a las explotaciones hulleras privadas de la cuenca central asturiana. Discutido ya desde su construcción a fines de los años 50, por el obstáculo que suponía para la expansión de una urbe entonces floreciente, el Batán ha condicionado el urbanismo de Mieres desde entonces. Resistencias políticas y sindicales frenaron iniciativas para su traslado –una de ellas a principios de los 90–, que, de haberse producido, habría liberado un gran ensanche con capacidad para la promoción de viviendas y también para albergar equipamientos que, como el nuevo hospital, luego fueron apiñados cerca de Santullano ante la imposibilidad de un crecimiento más ordenado ante el doble estrangulamiento causado por dos espacios empresariales: el Batán por el norte y el polígono de Vega de Arriba por el sur.

¿Tiene sentido abrir de nuevo ese melón a beneficio de un Mieres "para vivir"? El proyecto municipal de PGOU en tramitación mantiene la calificación del Batán como suelo industrial, y Hunosa ha lanzado un proyecto que llama "Batán Recovery" para una actividad definida como "revalorización de subproductos de la industria primaria, recuperando materias primas y mineras". La actividad del Batán, dedicado en estos últimos años al lavado de carbones específicos para sectores como el siderometalúrgico, facturó en 2022 menos de 600.000 euros, ejercicio en el que las pérdidas de Hunosa se aproximaron a los 25 millones. Si la dimensión del resonante Batán Recovery va a resultar análoga, Mieres tendrá que pensárselo mucho. El rescate de esa parte del territorio para otros usos –idea claramente acoplada a los propósitos de descarbonización y que encajaría en las ayudas que los financian desde Europa– podría aportar más valor.

Máxime si consideramos el riesgo de que, con el tiempo, el Batán y otras infraestructuras mineras asociadas a él acaben como una macrorruina industrial a las puertas de una ciudad que necesita cambiar su imagen y transmitir mejor lo mucho de bueno que tiene dentro.

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