21 de mayo de 2008
21.05.2008

La caricia del oleaje filosófico

La filosofía de Onfray o de la sustitución de lo divino por lo humano

15.05.2008 | 02:00
La caricia del oleaje filosófico

La filosofía, como un océano, contiene múltiples y polémicos sentidos.


La metáfora de la filosofía como océano, o sea, el continente de profundidades y de superficies inmensas y vivas, nos evoca que la mar contiene rutas cartográficas, descubrimientos y esfericidades; que el inmenso Ponto es separador de tierras ignotas, extrañas entre sí, y que contiene abisales regiones a donde sólo algunos arriesgados descienden; pero nos recuerda también su oleaje, su acariciadora influencia sobre la piel y la tranquilidad del ánimo. El oleaje es, recordemos, la parte del océano que llega a todos, al hombre terrestre que viene a asomarse a la frontera del mar.


Creemos que Michel Onfray ha decidido construir su filosofía narrando las olas, contándonos sus virtudes. En el oficio filosófico algunos han de ejercitarse como pedagogos de las gentes, como trovadores de lo que el «sentido común» va sabiendo en las cadencias de su propio tiempo. Estas gentes no son todavía todas las gentes, son sólo las gentes educadas, las clases medias que se han elevado hasta el disfrute de las hedónicas playas, de aquellos que pueden aliviar los sudores de la supervivencia y llegar a alimentar con otros anhelos el alma: es la ética de los espíritus cultivados.


Michel Onfray, desde una de las riberas oceánicas, desde Francia, alcanza una vez más a poner nombre al «sentido común» de las clases medias, en La fuerza de existir: en la capacidad del hombre moderno de poder crecerse sin recurrir a los credos trascendentes, sin necesidad de dioses castrantes; en la voluntad de dejar de ser almas sin cuerpos, en el propósito de reclamar para todos ese hedonismo tan denostado por los rigores de la postergación religiosa y por los engaños de las obligaciones fabuladas. Sin apelar, como cabe temer, a la acracia irresponsable o al individualismo obtuso.


El filósofo galo defiende el proyecto de un nuevo hombre (que el «sentido común» ya conoce, pero que también Grecia y el Renacimiento conocieron) basado en una ética, una erótica, una estética, una bioética y una política diferentes. Se nos dan también las claves de esta lucha: en el prefacio, Onfray nos escenifica desde la Normandía de su infancia, en una breve biografía del período de su «formación» (deformación), las razones que fueron germinando en aquel orfanato donde vivió y en aquella voluntad de niño que creció para combatir los oscurantismos de la superstición y las vilezas del despotismo castrador.


Desde el nietzscheanismo mayosesentayochista, heredero de Foucault y de Deleuze, el autor del Tratado de ateología y de la Contrahistoria de la filosofía en este Manifiesto hedonista, subraya uno de los puntos a los que no hay que renunciar, pero, pensamos algunos, en cuanto ese manifiesto es también La fuerza de existir, ese punto reivindicado exige de inmediato su contrapunto, su continuo matiz, su perenne rectificación y hasta cierto grado su inversión: no vaya a ser que nos engañemos con un «cielo en la tierra».

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