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Pablo Iglesias: disputar la democracia

El líder de Podemos trata de fundamentar conceptual e históricamente su propuesta política de regeneración democrática

La ideología es esencialmente partidista y, por tanto, relativa, interesada, subjetiva... pero es un estrato de organización de las ideas necesario en la disputa del poder. La lucha puede desarrollarse con métodos más limpios y transparentes o más ocultos e ilegítimos. Una ciudadanía crítica es la que aprende a diferenciarlos.

Disputar la democracia es un libro escrito en su mayor parte antes de la aparición de Podemos, pero su publicación se inscribe en ese contexto, con un fin electoral. ¿Nada más?

La trama de la obra contiene tres partes que se entretejen: una concepción de la política, una visión histórica y una propuesta de urgencia para el momento presente.

Pablo Iglesias Turrión concibe la política, en una línea que va de Maquiavelo a Gramsci, primero, como el ejercicio de poder que se alcanza imponiéndose al adversario y, segundo, progresando a través de etapas de intensa negociación en el tablero de ajedrez de las distintas ideologías. Pero, tercero, el fin noble de la política ha de estar dirigido al asentamiento de la democracia, concibiéndola como un modo máximo de distribución del poder. El concepto de democracia así postulado se sitúa en el núcleo de su visión ideológica, con las consecuencias que de aquí van a derivarse, puesto que ya no basta con la expresión de la voluntad popular a través del voto cuatrienal ni con el asentamiento de procedimientos de selección de las élites gobernantes. Los mecanismos de debate y consulta ciudadana han de tener un protagonismo esencial al lado de los representativos y gubernativos.

El doctor en Ciencia Política, licenciado con Premio extraordinario, argumenta su teoría a través de un denso capítulo histórico que recorre la genealogía de los gobiernos de España desde la fallida Constitución de la I República hasta la actualidad. El sufragio universal (masculino) del sexenio revolucionario (1868-1874) y el resto de su constitución progresista, una vez truncada, marca el fracaso del régimen republicano y democrático en el siglo XIX y abre las puertas al contexto antidemocrático que va a imponerse en el siglo XX. Es el momento en que Cánovas del Castillo -padre de la derecha española- procede a reinstaurar la monarquía de la mano de un régimen bipartidista -los conservadores de Cánovas y los liberales de Sagasta- que se repartirá el poder dirigido a afianzar los intereses de la oligarquía y con el caciquismo como sistema de control social y electoral. El diagnóstico de Pablo Iglesias coincide en esto con el de uno de los regeneracionistas críticos de la época, Joaquín Costa. En ese contexto de total control de la política española en manos del conservadurismo -pues el gobierno de los liberales no conservadores daba continuidad, con matices, al diseño ideado por Cánovas-, la democracia quedaba muy amordazada, en parte prisionera del sufragio censitario, y cuando no, sometida al "procedimiento del encasillado" (control previo y desde arriba de los resultados electorales, orquestado por el turnismo). En este clima donde los dos partidos "oficiales" de la Restauración se reparten todo el poder manipulando la voluntad popular, tratarán de defender sus intereses otras opciones "no oficiales", entre ellas los nacionalismos catalán, vasco y gallego, directos defensores de intereses oligárquicos territoriales.

A esta situación que domina desde 1875 hasta 1923 le sigue la dictadura de Primo de Rivera, que disuelve ayuntamientos y diputaciones y que intenta frenar un movimiento obrero (UGT, CCOO y CNT) y unos partidos políticos en alza (PSOE, PCE) en el contexto del triunfo de la revolución bolchevique -visto como amenaza- y en concordancia con el éxito que en Europa van a representar el fascismo de Mussolini -visto como modelo- y poco después el nazismo de Hitler.

La II República surge como expresión de legitimidad democrática que trata de imponerse a un régimen agotado y corrompido y, sin embargo, no llega a madurar sumida en los forcejeos que se operan entre las reformas republicanas que es preciso afrontar y el freno que impone el partido de masas de la derecha católica -la CEDA- de Gil Robles. Este estado de disputa social y electoral será quebrado por el golpe militar de Sanjurjo, Mola y Franco, gracias al apoyo del fascismo italiano, de la oligarquía española y de la jerarquía de la Iglesia católica. La dictadura franquista perdurará largamente, sostenida desde un régimen sistemáticamente opresor y, cuando lo cree preciso, asesino.

La Constitución de 1978 nació fuertemente constreñida por un proceso de transición en que las condiciones del nuevo régimen quedaban canalizadas desde diques de contención fijados por los intereses de la clase dirigente del régimen anterior. Las reglas no las marcaron los demócratas. El "tejerazo" del 23-F de 1981 representó un "hasta aquí, pero no más".

La actual crisis económica vuelve a situarnos ante un punto de inflexión histórico. El mundo ha sido gobernado en las últimas décadas no tanto por los gobiernos cuanto por el poder financiero internacional. No se trata de una denuncia radical populista, sino de una evidencia que no ha podido ser ocultada. Entonces, con un tercio de la población española pobre y una clase media en declive, con unas tasas de crecimiento de la desigualdad y con el 50 % de los jóvenes con futuro laboral incierto y la otra mitad con pérdidas de derechos profesionales... ¿hasta dónde la ciudadanía española quiere elevar su exigencia de democracia: hasta dónde quiere retener ella misma una parte esencial de ese poder que se le ha sustraído durante más de un siglo?

De este modo, la propuesta de urgencia articulada en el conjunto del libro trata de construirse con un discurso repleto de datos, matices que aquí nos desbordan y citas de diferentes especialistas, como una llamada al ciudadano español, último soberano de una democracia formal, para que opte conscientemente de parte de quién quiere ponerse -pues la política es tomar partido por unos intereses frente a otros-. Para ello es preciso conocer la historia de las luchas ideológicas del pasado, y qué representan y dónde convergen los intereses de cada ciudadano, y comprender el entramado oculto que mueve los hilos del "teatro político" bajo el dictado de la actual clase dirigente mundial y no de los intereses generales, con unos medios de comunicación capaces de influencias tendenciosas sobre amplias capas de ciudadanos ingenuos. Habitualmente somos engañados, manipulados y estafados... Pero también es verdad que se dan ahora nuevos y mejores mecanismos en manos de muchos para la transparencia democrática.

En política puede existir quien desconfíe de la democracia, porque quizá la estima imposible en el contexto de los mercados, y quien esté satisfecho con la democracia formal: el voto como penalización retardada, pero si una masa crítica de ciudadanos está dispuesta a participar activamente en los programas políticos y a reclamar su poder algo debería mutar a favor de la mayoría. Simplificando, esta sería la propuesta

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