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Cuando el gol implica el doble de regates por ser mujer

Entrena las mismas horas y juega los mismos partidos, pero la futbolista ovetense Alejandra Moro no tiene las ventajas académicas de los hombres, considerados deportistas de élite

Alejandra Moro, jugadora del Real Oviedo Femenino y estudiante de Fisioterapia: "Hay que ser muy organizado para poder compatibilizarlo todo" Amor Domínguez

Si Alejandra Moro (Oviedo, 2001) fuese un hombre en vez de una mujer, se podría haber matriculado en Medicina. Sacó un 12,6 en la EBAU (prueba de acceso universitaria), pero no fue suficiente. Así que estudia Fisioterapia en la Universidad de Oviedo desde 2018, lo que compagina con el fútbol. Es defensa del Real Oviedo, que compite en Segunda División y lucha por ascender. No es que la ovetense esté disgustada por renunciar a Medicina, al contrario. “Me encanta Fisioterapia. Desde pequeña quise estudiar una de las dos carreras, pero nunca puse a ninguna por delante”.

El caso es que Moro no pudo elegir. No hubiese tenido ese problema de ser de diferente sexo, porque un hombre que juega al fútbol en Segunda División es considerado un deportista de élite y por ello tiene ciertas ventajas en su vida académica de las que carece una futbolista. Entrenan las mismas horas, juegan los mismos partidos y hacen los mismos viajes. No tienen los sueldos astronómicos de los chicos, pero también cobran. Las mujeres no son profesionales porque la ley del Deporte no lo permite.

“El fútbol femenino está teniendo mucha profesionalización de forma interna y también repercusión de cara al exterior, pero todavía queda mucho por recorrer. Recientemente se sacó el convenio, pero vamos por detrás en muchas cosas. No nos consideran profesionales”, dice Moro, que explica su casuística relacionada con los estudios. “Para acceder a la Universidad hay unas plazas generales y algunas otras se reservan. En ese apartado entran los deportistas de élite. La nota de Medicina para ellos en 2018 fue de 11.8”. A ella, pues, le habría sobrado casi un punto para entrar en Medicina. “Si fuese un chico habría podido entrar. Es un poco injusto, pero tampoco me como la cabeza porque me gusta mucho mi carrera. Otro de los problemas es que al no ser profesionales no tenemos preferencia a la hora de aplazar exámenes y cambiar clases o tutorías. Sí que hay un convenio con la Universidad, pero hay que seguir avanzando”.

“El fútbol femenino está teniendo mucha profesionalización de forma interna y también repercusión de cara al exterior, pero todavía queda mucho por recorrer”

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A Moro, pues, le toca lo que a otras compañeras que están en su misma situación: compaginar estudios y fútbol como puede. Dice que lo lleva bien. Que aprovecha incluso para estudiar en los ratos libres que le dan los viajes. Es habitual verla con los apuntes en ristre en el autobús. Su rutina puede asustar. “Me levanto a las ocho de la mañana. Desayuno rápido y de 9 a 3 suelo tener clase, en este caso online. Hay días que tengo prácticas. Luego como, descanso muy poco y me pongo a estudiar hasta las siete de la tarde”. Sobre las 20 horas ya tiene que ir directa a entrenar. Y así, casi todos los días. Cuatro entrenamientos a la semana más el partido del domingo. Exactamente igual que los chicos. “Lo llevo bien, la clave está en aprovechar bien el tiempo. En el futuro quiero seguir vinculada al mundo del deporte. El fútbol es mi primera opción y me gustaría sacar la carrera de entrenadora”, dice la futbolista.

Moro lleva jugando desde los tres años. Se abrió paso en un deporte de hombres jugando con hombres. Empezó en el Alcava y pasó por tres categorías mixtas: desde prebenjamines hasta infantiles. “La experiencia fue genial y todo el mundo me trató bien. Siempre te toca escuchar ciertos comentarios, pero era más de los rivales que de mis compañeros o padres rivales”, rememora Moro. Hubo otras chicas que sí tuvieron malas experiencias. Otras ni se atrevieron a jugar. “Antes había muchos padres reacios a que sus hijas jugasen al fútbol. Cuando estaba en el colegio muchas niñas destacaban y el profesor iba y les decía: ‘Qué bien juegas, ¿por qué no te apuntas? No lo hacían porque les daba vergüenza. Eso creo que ha cambiado bastante”.

La ovetense se fue al Oviedo Femenino con quince años, antes de empezar la categoría juvenil. “La diferencia física de chicos a chicas se notaba más, aunque creo que a las futbolistas nos viene bien la competitividad. A mí me sirvió para mejorar”, dice la central antes de otro entrenamiento, con los apuntes de la carrera en la mano. Antes de ponerse a dar patadas un balón reflexiona sobre el fútbol y el buen momento del fútbol de mujeres. Se lo piensa, pero dispara. “El fútbol sigue siendo un deporte de hombres, pero nos estamos abriendo camino”.

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