Opinión | Canta y no llores

Jesús Martínez, más que un dueño

El dueño del Oviedo, un torbellino de ideas, supervisa cada fichaje y se mete hasta el fondo en las operaciones que considera prioritarias

Jesús Martínez, más que un dueño

Jesús Martínez, más que un dueño / Xuan Fernández

23 de julio de 2022, ciudad deportiva del Pachuca (México). Jesús Martínez lleva diez días al frente del Oviedo, con el mercado ya funcionando, una plantilla previamente configurada y un entrenador y un director deportivo prácticamente recién firmados por la anterior propiedad. El mexicano, líder de Pachuca, es un volcán al teléfono, contestando mensajes y mandando audios. Las voces se escuchan nítidas desde el despacho de su mujer, la rectora Gabriela Murguía, pegado al suyo y comunicado por una puerta. Intensidad pura. Martínez está al móvil con Tito Blanco, por aquel entonces director deportivo. No es que le esté echando una bronca, es que "Chucho" es un terremoto. Le trae loco el límite salarial. Se desespera por no poder traer a aquel o este jugador y se frustra porque la plantilla no es suya, pero no le queda otra que adaptarse a la nueva realidad.

De aquello ha pasado un año y medio, poco tiene que ver la plantilla actual con aquella y ya no está ni aquel entrenador ni el director deportivo. Jesús Martínez, ahora sí, ha logrado poner su toque en el equipo que hoy y ahora es la prioridad para él. Y no se puede entender cómo funciona el Oviedo actual, de subidón tras la remontada al Ferrol, sin conocer a fondo la personalidad del dueño, un obseso del fútbol, que apenas duerme y se despierta y se acuesta pensando en fichajes. Desde que era pequeño se imaginaba haciendo su propio equipo y ahora organiza cuatro. Exceptuando la familia, no hay nada más importante para él que el balón. Es su vida y también su negocio, porque Martínez, tiburón, busca proyectos que sean rentables y provechosos en lo económico para que todo fluya en el Grupo Pachuca, un gigante con más de tres mil empleados que invierte y reinvierte para seguir creciendo y poder ganar dinero. En el Oviedo, el mexicano vio una clara oportunidad, con un conjunto histórico con una masa social imponente y muchas posibilidades de crecer en Europa. Por eso está aquí. En este mercado de fichajes, el cuarto desde que está al mando, ha vuelto a demostrar su apuesta por el Oviedo, configurando una plantilla muy completa sobre la que coinciden amigos y enemigos.

Martínez supervisa cada fichaje y se mete hasta el fondo en las operaciones que considera prioritarias, como la llegada de Colombatto, el jugador más completo que pasó por el Tartiere en muchos años. Chucho es más que un dueño: negocia directamente con los agentes, habla con el jugador si es necesario, pide referencias... He ahí también el caso de Homenchenko, en el que tiene puestas grandes esperanzas. Ahora está supervisando la posible salida de Luismi, contada al detalle en estas páginas durante los últimos días. La habilidad de Chucho, según varias personas con las que trata, es conjugar su instinto natural para los fichajes con un equipo de trabajo que desde aquí asesora y opera. Martínez tiene la última palabra en todo, pero delega y escucha. Por ejemplo: Leo Román y Moyano, hoy y ahora intocables, firmaron por el Oviedo por la insistencia de Agustín Lleida y Roberto Suárez. Este último, un perfil discreto, hombre de club que a menudo se lleva los palos que no le corresponden, ha sabido encontrar su sitio. Martínez es el impulso, Lleida los números para rematar las operaciones y Suárez estudia las incorporaciones más ventajosas. Encima de estos dos últimos está Martín Peláez, el presidente, "mi gordo" para Martínez y su hombre de máxima confianza, que en los próximos días viajará a México para poner al día en persona al dueño.

Por supuesto, la máquina no es perfecta y siempre hay equivocaciones. Ahí está el caso de Romario Ibarra, un fracaso. Pero incluso ahí, en los errores, Martínez tiene una virtud, que destaca comparada con la cabezonería de los que mandaban –alguno queda todavía– de la etapa anterior. El dueño del Oviedo no se para a lamentarse, no insiste en un fallo por ego y no tiene problema alguno en rectificar. Romario hizo la maleta en cuanto pudo y Borja Sánchez también regresó a las primeras de cambio. El nuevo Oviedo tiene sello propio, el de Jesús Martínez.