Entrevista | Beatriz Roldán Física asturiana, dirige el Instituto Fritz Haber de Berlín

"El Musel permitirá a Asturias enviar hidrógeno verde hacia el norte de Europa»"

"La región tiene grandes oportunidades en el transporte del nuevo combustible" l "España debe invertir mucho más para no quedar atrás"

Beatriz Roldán, en el Instituto Fritz Haber de la Sociedad Max Planck, en Berlín.

Beatriz Roldán, en el Instituto Fritz Haber de la Sociedad Max Planck, en Berlín. / Beatriz Roldan Cuenya, Leiterin des Fritz-Haber-Instituts. Hier auf dem Forschungscampus. Bibliothek

Yago González

Yago González

Los dos abuelos de Beatriz Roldán Cuenya (Oviedo, 1976) eran mineros de las Cuencas, por lo que lleva la energía en la sangre. Criada en Gijón y licenciada en Física por la Universidad de Oviedo, es una de las científicas más autorizadas de Europa en hidrógeno verde, la gran apuesta de la industria para el futuro. Lleva fuera de España desde 1998: se doctoró en Alemania y ha trabajado como investigadora y profesora en California y Florida. En 2013 regresó a Alemania y, desde 2017, es la directora del Instituto Fritz Haber de la Sociedad Max Planck, una de las instituciones científicas más prestigiosas del mundo.

–¿Cuáles son las principales investigaciones del Instituto?

–Estamos desarrollando nuevos materiales y los métodos para ver cómo funcionan durante reacciones químicas. Esos materiales son catalizadores, necesarios para que un proceso químico funcione más rápido. Uno de los temas en los que trabajamos es intentar convertir las emisiones de CO2 en productos químicos como el etanol o el etileno, que es un gas que se usa para hacer polímeros (sustancias compuestas por grandes moléculas), lo cual a su vez luego se utiliza para, por ejemplo, elaborar los paquetes de carne que se venden en los supermercados. Los seres humanos siempre vamos a generar emisiones de CO2 mientras produzcamos basura. El caso es minimizarlas y, sobre todo, convertirlas en otros elementos. Ahí entraría el uso de CO2 e hidrógeno verde para producir metanol u otros biocarburantes que se van a generalizar en el futuro. Y ahí también se enclava la producción de hidrógeno verde, es decir, generado con métodos como la electrolisis, aplicando una corriente eléctrica para disociar el hidrógeno y el oxígeno del agua.

–¿Está de acuerdo con esa expresión de que «el hidrógeno verde es el nuevo carbón»?

–Esa expresión procede de una novela de Julio Verne llamada «La isla misteriosa», de 1875, en la que se dice: «Creo que un día el agua será un carburante, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen, utilizados solos o conjuntamente, proporcionarán una fuente inagotable de energía y de luz, con una intensidad que el carbón no puede». En aquel momento ya se había inventado la electrolisis, pero pasaron muchos años hasta que la gente advirtiera su importancia, porque los combustibles fósiles eran baratos. El problema que tenemos ahora es que las soluciones que se están planteando para la transición energética son a pequeña escala, pero necesitamos una solución global. Y esta pasa por recurrir a una fuente abundante y limpia, y eso lo encontramos en el agua de los ríos y mares. Así que sí, estoy totalmente de acuerdo con Verne en que el hidrógeno es la única manera de una transición energética a gran escala.

–No obstante, la tecnología para producir hidrógeno verde aún es incipiente y cara. ¿Se están depositando excesivas esperanzas en un método que quizá no está del todo maduro?

–Es al revés: España empezó muy tarde en el desarrollo de hidrógeno verde, se han perdido muchas oportunidades. Por ejemplo, Alemania, que tiene poco sol y poco viento, empezó a invertir masivamente en renovables mucho antes. Si uno analiza todos los proyectos que se están haciendo en hidrógeno verde en España, son pequeños. Nos hemos quedado a la cola siendo un país que tiene el mayor potencial de producción de energía verde al tener mucho sol. Ahora es cuando España debe invertir masivamente para no seguir quedándose atrás.

–¿Pero no será muy caro?

–Sí, pero no hay alternativa, porque en algún momento prescindiremos de los combustibles fósiles. Y los efectos del cambio climático lo podrían encarecer todo más, porque se puede perder la agricultura por la desertización.

–En este contexto, ¿qué oportunidades tiene Asturias?

–Asturias ofrece unas grandes oportunidades en el transporte, ya que tenemos puertos de alto calado como El Musel. Desde ahí se puede transportar el hidrógeno convertido en amoniaco , algo que ya sabemos hacer. Es decir, sabemos generar el hidrógeno y cómo distribuirlo; la cuestión es cómo devolverlo a su estado original cuando llegue a destino. En cualquier caso, desde Asturias se podría enviar el hidrógeno directamente a Bélgica o Países Bajos, y de ahí a Alemania, que será uno de los grandes importadores de energía. Ahora mismo se está diseñando el gasoducto entre Barcelona y Marsella, y eso obliga a tener siempre buenas relaciones con Francia. Es bueno ser independiente energéticamente y no estar condicionado por que un país cambie de gobierno y modifique los planes originales de suministro. Además, es cierto que el hidrógeno se puede transportar en su estado natural, como lo hará en ese gasoducto, pero con el inconveniente de que ahí viaja con muy poca densidad energética, lo que obliga a hacer tuberías muy grandes. Ahora mismo en el Instituto estamos trabajando con el Gobierno alemán en un proyecto de distribución de hidrógeno verde por toda Europa, combinando los países que tienen sol, como España, con los del Norte, que tienen viento. España sería uno de los países exportadores en ese consorcio.