Manín de la Carne Cruda, el coco gijonés
La afición de Manuel Palacios a comer gatos sin pasarlos por la cazuela lo convirtió en el terror local de los niños

Manín de la Carne Cruda, el coco gijonés
Luis Miguel PIÑERA
¿Quién era Manín de la Carne Cruda? A mediados de octubre de 1909 murió Manuel Palacios a quien llamaban Manín de la Carne Cruda, uno de los más populares heterodoxos gijoneses. Durante parte del siglo antepasado e incluso durante el siglo XX -ya muerto nuestro personaje- fue famoso por ser el "terror" de los niños gijoneses. Un miedo que los niños que lo conocieron trataban de superar metiéndose con él, riéndose de alguien que se alimentaba comiendo carne cruda.
Como personaje que durante años estaba todos los días recorriendo la ciudad, mal vestido, con esa característica de comer la carne cruda, bebedor empedernido y conocido por todos, es Manín un ejemplo del clásico "mítico de Gijón". Y como "mítico" que es estamos ante una mezcla entre leyenda y verdad.
Manuel Palacios murió a los ochenta años en 1909, pero su recuerdo en Gijón duró mucho tiempo, por ejemplo Fabriciano González "Fabricio" escribió sobre él en el año 1945. Incluso hasta la década de 1960 duraron en la ciudad expresiones hacia los niños como, "si yes malu llévate Manín de la Carne Cruda" que lo relacionaban con el Coco o con el Hombre del Saco. Cuando falleció, en el Hospital de la Caridad y tras pasar sus últimos años abandonado, callejeando siempre apoyado en su garrote y en lamentables condiciones, desapareció una figura que era a la vez terrorífica y entrañable.
Estamos hablando de quien, de joven, había trabajado como medidor de grano y sal en los almacenes del puerto. Luego fue repartidor, recadista y cerero. De capador de gatos trabajó también Manín de la Carne Cruda, y de tanto tratar con ellos pasó a coger gusto a su sabor, a su carne sin que pasase por la cocina.
Manuel Palacios, Manín de la Carne Cruda, se hizo popular por eso, por comer carne cruda. Algo que no era nada raro en esos años, ni en Gijón ni en el resto de España, lo mismo que beber sangre. Incluso había carnicerías donde muchas mujeres (sobre todo mujeres) compraban sangre de vaca y cerdo. No para hacer embutidos caseros o para freírla, sino para beberla en la creencia de que era buena para el cutis y para la salud en general.
Manín, despreciador de la sartén, la sal, el aceite y la cocción tenía esa afición a comer carne sin condimentar -como tanta gente- pero él hacía gala de ello comiéndola en la misma calle. Alfredo García García, Adeflor, el genial periodista, hizo su necrológica y nos recuerda que Manuel Palacios tenía la vida dividida entre tres cosas. Una sus tertulias en la rebotica de Joaquín Escalera Blanco, otra su tarea en evitar a la chiquillería que le tiraba de todo y, por fin, cumplir dos recetas para llegar a octogenario. Una sólida, la carne, que le daban de la que sobraba en las carnicerías y la de los gatos que él cazaba. Y otra líquida, el anís que trasegaba en abundancia y en el que empleaba todas sus ganancias.
"¡Que injusto fue Gijón con Manín de la Carne Cruda!", reflexionaba Adeflor, "ni siquiera lo hizo concejal. Yo pido para Manín una calle".
Lo cierto es que causó impacto en la villa su muerte. La población de gatos notó su ausencia, los niños buscaron otro "distinto" con el que meterse y los gijoneses durante años siguieron preguntándose cosas como éstas: ¿Qué clase de estómago tenía? ¿Qué portento anatómico guardaba en su interior? ¿Por qué capaba a los gatos antes de matarlos y comérselos crudos? ¿Cómo era posible que nadie supiera dónde vivía antes de residir en el asilo, donde dormía únicamente de cuando en cuando? Una vida llena de misterios y de preguntas.
De Manín y su afición a comer hígados, corazones y demás carne sin cocinar -y hacerlo en la calle, porque era donde vivía- escribieron Adeflor; Fabricio, cronista oficial de Gijón entre 1943 y 1950, y Arturo Arias. También Ataúlfo Friera, Tarfe, que en sus "Mesas revueltas" editado en 1907 dice esto de Manín que moriría dos años más tarde: "Hoy gracias a las hermanitas de los pobres, y a otras casas de beneficencia por el estilo, han desaparecido de nuestras calles tan desventuradas criaturas; excepción hecha de Madruga y Manín de la Carne Cruda no queda ni un solo tipo popular para contarlo".
Los enemigos de Manín eran los gatos, porque los comía. Y los cuervos también porque le disputaban lo que desechaban las carnicerías. Lo bueno era que los cuervos le ayudaban también a identificar el lugar donde se enterraban los caballos muertos en El Bibio, los caballos de los picadores.
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