La figura de la semana | Juan José Fernández Miranda Jefe de Salud Mental en el área sanitaria de Gijón, premiado en el Hospital de Cabueñes

El psiquiatra de las camisas de colores

Gijonés orgulloso y un referente sanitario en adicciones, tiene su casa llena de discos y libros y confía en ser como Keith Richards de mayor

El psiquiatra de las camisas de colores

El psiquiatra de las camisas de colores / Mortiner

Sin demasiado apego por la bata blanca, a Juan José Fernández Miranda se le suele ver por el Hospital de Cabueñes con camisas de colores, por lo general holgadas, y siempre sin corbata. El psiquiatra, jefe del área de gestión clínica de Salud Mental de Gijón, es un poco como se viste: desenfadado y vivaracho. El médico, nacido en Gijón en 1962, lleva décadas siendo uno de los principales referentes de la región en el mundo de las adicciones, un trabajo que le ha llevado a publicar todo tipo de estudios. Uno de los últimos, y con una autoría compartida con los también expertos Francisco Pascual-Pastor, Silvia Díaz-Fernández, Daniela Navarro y Jorge Manzanares, se alzó este jueves con el principal galardón en la categoría médica de los Premios a la Investigación de Cabueñes. En él, se recoge lo que Fernández Miranda lleva años contando: que las adicciones y otros problemas de salud mental no pueden abordarse por separado –porque un porcentaje alto de afectados presentan ambas patologías– y que la prescripción de benzodiacepinas, que presenta unas tasas desmedidas, provoca el peligro de generar nuevos adictos.

El psiquiatra es un gijonés orgulloso de ser gijonés; no se le ocurre qué ciudad podría ser mejor para vivir. Y tiene un currículum amplio. Estudió Medicina y el doctorado en la Universidad de Oviedo, con unas notas excelentes, y se formó como psiquiatra, primero, y como psicólogo, después. Tiene un máster, además, en ciencias forenses y derecho sanitario.

Pero no es solo un hombre de ciencias. Una neuróloga jubilada de Cabueñes, Miriam Solar, siempre dijo que los neurólogos eran un poco poetas, gente de letras, y se ve que los psiquiatras, los otros grandes expertos en la mente humana, tienen tendencias similares. Fernández Miranda es un apasionado de la cultura y su casa está llena de discos y libros. Las estanterías son variadas –le interesa la filosofía y la historia–, pero ceden un espacio especial para la poesía, un dato que a Solar no le sorprendería. El psiquiatra es un firme defensor de Machado. Sus discos son de blues, de jazz, de rock. En su juventud, de hecho, tocó la guitarra, aunque suele reconocer que sin demasiado atino, y aún hoy bromea con que de mayor quiere ser Keith Richards, el de los Rolling.

El experto confirmó su interés por el mundo de las adicciones en pleno drama por la heroína en la década de los 80 e integró el equipo que abrió Proyecto Hombre en Gijón hace ahora 35 años. Es médico especialista del Sespa desde 1991, y su trayectoria se divide entre Avilés y Gijón, a donde regresó en 2006 tras años como responsable del programa de adicciones del área III. La jefatura de Salud Mental la ostenta desde finales de 2021. Antes, integró el equipo de programas de trastornos graves del área, y de ahí que aún hoy sea un gran defensor del modelo impulsado desde el Centro de Tratamiento Integral (CTI) de Montevil, que acaba de cumplir 20 años como un complejo de referencia para la atención de estas patologías. Buena parte de sus estudios, por eso, repasan los éxitos de este centro, que ha logrado dar con un modelo de gestión que, entre una visión comunitaria y una atención individual, ha conseguido reducir notoriamente las tasas de tentativas de suicidio de las personas con trastornos graves de salud mental.

El CTI, también, ha registrado en este tiempo un aumento general en las adherencias al tratamiento, que históricamente había sido uno de los problemas más habituales en este tipo de recursos, gracias a la puesta en marcha de proyectos como la prescripción de antipsicóticos inyectables. Aportan dos grandes ventajas: los tiempos entre tratamientos se alargan y, al no depender de la toma de pastillas en casa, los pacientes están mejor medicados. El gijonés, además, forma parte del grupo de Neurociencias del Instituto de Investigaciones Sanitarias del Principado de Asturias (ISPA) y colabora con varias ONG’s implicadas en la lucha contra la exclusión social.

Fernández Miranda, explican quienes lo conocen, es discreto en lo profesional y extrovertido en lo personal. Mantiene a su cuadrilla de amigos de la infancia y se monta en un avión en cuanto tiene la oportunidad para darse una escapada. Un viaje a la hemeroteca permite encontrarle en un verano de 2001 –ya llevaba ese ‘look’ a medio camino entre la barba y la perilla que sigue luciendo hoy en día– posando ante la cámara con otros amigos psiquiatras en un bar de Cimadevilla y bebiendo "leche de pantera". Quienes lo conocen dicen, también, que, de tan bueno, quizás el psiquiatra pueda parecer a veces ingenuo, pero que será siempre el primero en alzar la voz si alguien pronuncia en su presencia un comentario que le parezca injusto o hiriente.

Un cliché médico que sí cumple el psiquiatra es que escribe fatal. Redacta bien las subordinadas y sabe lo que es un epíteto, pero la letra no se le entiende. Se ha visto, de hecho, en la tesitura de tener que pedirle ayuda a compañeros para descifrar sus propios textos, como si fuesen manuscritos en sánscrito. Hasta le han regalado cuadernillos Rubio que, por ahora, no parecen haber dado lugar a mejoras.

Sus despachos, como su caligrafía, pueden ser la pesadilla de cualquier minimalista. No es la primera vez que un colega le ordena la mesa por la angustia que el desorden de papeles parece generarle a todo el mundo menos a él. Porque Fernández Miranda, en el fondo, sabe dónde están las cosas importantes. También lo supo cuando veía con tristeza a asturianos manifestándose en contra de la apertura de las unidades de tratamiento por adicciones que tantas vidas salvaron. Y lo sabe ahora, cuando, aunque parezca que la salud mental empieza a liberarse de su estigma, un diagnóstico de esquizofrenia sigue sin tener la misma connotación social que una diabetes. Pese a que ambas sean, en esencia, lo mismo: enfermedades crónicas y tratables.