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Jesús Menéndez Peláez

Maruja Perucho: una segunda madre

Homenaje a las madres de la posguerra

No hace mucho tiempo asistí a una conferencia dictada por un reconocido antropólogo, Adolfo García Martínez, sobre la “Antropología en la posguerra española”. En el desarrollo de la misma, al referirse a Asturias, decía que las verdaderas heroínas de la posguerra en nuestra región habían sido las madres de familia. Al finalizar le felicité y le dije: yo conozco dos de esas heroínas. Una se llamaba Carlota Peláez Rodríguez, de Pende (1972), casada con Jesús Menéndez Fuentes (el xastre de Lavio). Esta mujer sacó adelante una familia con un marido con graves problemas de movilidad, por una enfermedad contraída en su frustrada emigración a Cuba, cuando solo tenía 14 años; por eso aprendió el oficio de sastre; en una sociedad agrícola y ganadera una persona así se la consideraba inútil laboralmente; tuvieron tres hijos, al mayor de los cuales, Gonzalo, a los 10 años se le diagnostica una enfermedad degenerativa con una inmovilidad total, que terminaría con su vida a los 25 años; con el tiempo pude comprobar que en el registro parroquial esta familia estaba clasificada como de “muy pobres”. Aquella mujer inculcó a sus otros dos hijos (Ismael y Jesús) que, con sacrificio y abnegación, se podía salir adelante aceptando los más diversos trabajos, en su niñez y adolescencias, dentro de aquella sociedad rural Así fue.

La otra heroína es María Consuelo García Peláez, (conocida por el apodo de “Maruja Perucho”, natural de Piedeloro (Carreño). Se acaba de morir en plena Semana Santa, como ella quería. Su devenir existencial merece reseñarse, por su ejemplaridad para las nuevas generaciones. En junio de 1950 contrae matrimonio con José Fernández, de Guimarán (conocido también por el apodo de “Pepin de Inés”). Los dos formaron una familia ejemplar en ese segmento cronológico que los historiadores llaman “Niños de la Guerra”. A las generaciones actuales les resulta difícil comprender aquel lejano ayer que marcó para siempre las vidas de Maruja y Pepe, como marcados quedaron Carlota y Jesús.

Maruja Perucho: una segunda madre

Pues bien, en ese contexto Maruja y Pepe, sin más estudios que la asistencia a una escuela rural (Maruja hasta tan solo lo 8 años), crean una familia teniendo como soporte una economía muy modesta, fruto de la laboriosidad de Pepe y los sacrificios de Maruja. Con estos escasos ingresos sacan adelante a sus cuatro hijos: María José, Ana, Inés y José Javier (nuestro “Pepín”). Todos consiguen una titulación universitaria en unos momentos en los que las graduaciones universitarias eran un privilegios de las así llamada familias pudientes. Maruja fue siempre el timón de aquella nave.

Poco a poco aquella familia se fue acrecentando con cuatro hijos políticos: Covadonga, Javier, Cayo y quien esto subscribe. Ella fue para nosotros nuestra segunda madre. De los nuevos matrimonios la providencia les dio ocho nietos: Andrés y Lucía, Henar y María, Carla y Pelayo, Javier y José. Maruja les adoraba, y ellos, en justa correspondencia, la mimaban y estaban orgullosos de su abuela; ellos la hicieron bisabuela: Victor, Javierin, Sara, Alicia, Marcelo, Luisín, Mario, Nicolás y Eloy. Pocas familias pueden ofrecer una sintonía de tanta unidad y de tanto amor fraternal como el núcleo familiar creado por Pepe y Maruja. El epicentro giraba siempre en torno a Maruja.

La vida de Maruja fue una peregrinación existencial llena de sacrificios pero, a la vez, repleta de satisfacciones. Pocas personas, en los tiempos que corren, pueden terminar su vida en su propio hogar, rodeada de tanto cariño y tanto afecto. Se lo tenía bien merecido. Fueron 97 años de peregrinación existencial. Tras esta larga peregrinación nos deja el mejor legado que puede transmitir el ser humano: una vida ejemplar como esposa y madre, como suegra, como abuela y el privilegio de tener más de media docena de bisnietos. Y como epicentro familiar: la unidad. Este es el gran legado de Maruja y Pepe. Esta vasta familia, dispersa laboralmente por varias regiones de España, se mantiene tan unida como lo están las ramas frondosas al tronco del árbol que las generó.

Por eso si nos entristece la despedida, nos consuela haber disfrutado tantos años como madre, como abuela, como suegra y como bisabuela. Atrás quedan momentos de inmensa felicidad: en la Sierra, en Piedeloro, en la calle Nava, en la calle Padilla, en Somió… Nuestra tristeza al despedirla nos llena a la vez de gozo, de acción de gracias, porque coincide con el encuentro con Pepe, el padre, el abuelo, el suegro igualmente ejemplar; con sus hermanos Luis, Marcelo, Ramón, Segundo… Y digo esto porque otra nota que caracterizó a Maruja fue su profunda religiosidad. No fue nunca una beata en el sentido peyorativo de la palabra. Creía y obraba pensando en un más allá. Sus prácticas religiosas (misa y comunión diarias, rezo del rosario, novenas…) eran para ella una fuente de energía para hacer felices a cuantos la rodeaban. Fue una vida ejemplar, una segunda madre.

Carlota y Maruja son testimonio de miles de madres asturianas, verdaderas heroínas, que sacaron adelante a sus familias en una época tan dura como fue aquella. Su testimonio permanecerá para siempre; sus hijos lo sabemos muy bien, pero es necesario que lo transmitamos a sus nietos y bisnietos; como dice el título de la canción de un admirado cantautor, también de Carreño, Pipo Prendes (también se la dedicó a su madre: “No morirá la dulce voz”, un logro musical y literario tan oportuno para superar la despedida de un ser tan querido.

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