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Jesús Menéndez Peláez

Encarnación humana de la música

Adiós a un compositor único, que representó lo mejor de su especialidad en Asturias

Conocí a Fernando Menéndez Viejo un domingo lluvioso de noviembre de 1958. El lugar no fue otro que el Seminario Metropolitano de Oviedo. La suspensión del paseo preceptivo había sido sustituida por una velada musical en el marco del grandioso salón de actos. Quien subscribe quedó prendado de un largo corpus de tirolesas interpretadas por aquel joven, alto, rubio. Piano y guitarra. “Se llama Fernando Viejo y vive aquí al lado del Seminario”, se oyó decir. En aquella época, bajo la mitra del arzobispo don Francisco Javier Lauzurica y Torralba, como buen vasco amante de la música, esta disciplina consiguió la “edad de oro” de aquel inolvidable Seminario.

Era normativa una clase diaria de lenguaje musical, desde solfeo hasta canto gregoriano, con la gran “Schola Cantorum”, bajo la batuta de don Alfredo de la Roza, que se ocupaba de la polifonía. Quiso el azar que servidor pasase la prueba para ser tiple en el conjunto de aquella gran masa coral. Allí, por segunda vez, veo a Fernando Viejo, en la cuerda de tenores; más adelante aquel tiple se convirtió en tenor segundo, justo al lado de la cuerda de tenores primeros. Fernando tenía una voz especial, que destacaba sobremanera. Las actuaciones de esta “ Schola Cantorum” en la Semana Santa de la catedral de Oviedo o el día 3 de diciembre, onomástica del Arzobispo, fueron memorables: Palestrina, Tomás Luis de Vitoria, Ignacio Prieto, Otaño... o las partituras del Cancionero de Upsala del siglo XVI. En la pedagogía musical del Seminario había un grupo privilegiado que, siempre bajo la supervisión de don Alfredo de la Roza, podía estudiar piano. Fui otro de los agraciados. El profesor era el gran maestro don Luis Ruiz de la Peña. Una vez a la semana llegaba don Luis, y en el piano de cola, que se decía había sido un regalo del gran pianista José Cubiles, nos tomaba la lección que habíamos preparado en las cabinas individualizadas que había en cada pabellón. A la cabeza de aquel grupo de nombres muy sonoros musicalmente (“generación musical de Lauzurica”) estaba, sin lugar a dudas, Fernando Viejo. Una vez ordenado sacerdote, Fernando va destinado como director de la Escolanía de Covadonga, vivero de muchos de los actuales músicos asturianos. Una auténtica renovación. Su estancia en la Escolanía coincidió con la grabación de los dos himnos de Covadonga, el oficial, y el de Otaño. Participan la “Schola Cantorum”, dirigida por el maestro de la Roza, Fernando como director del grupo de escolanos, y Juan Luis Ruiz de la Peña como organista. Tres personalidades irrepetibles. En el himno de Otaño hay una estrofa en la que Fernando hace de solista, “Como la estrella del Alba”; es el resumen más eficiente de las posibilidades de su voz. Siempre le reproché que no la hubiera desarrollado profesionalmente. Fernando había hecho estudios reglados de enseñanza musical superior de piano, órgano y canto.

Fue profesor de música en la entonces Escuela de Magisterio y catedrático de música en el IES Calderón de la Barca de Gijón. Era un verdadero y auténtico profesional de la música. Su destino posterior será la parroquia de San Lorenzo de Gijón. En noviembre de 1995 un grupo de compañeros secularizados, autobautizados como “La Tridentina”, entusiastas del canto gregoriano, asistimos a la misa conventual del monasterio de Valdediós; terminada la liturgia, sin público alguno, a Fernando se le ocurre entonar el “Rorate Coeli”, joya de la liturgia gregoriana del adviento. Rápidamente el prior o abad, Fray Gisbert, nos expulsa, pues, según él, era una profanación. Motivados por aquella afrenta, le ofrecimos a don Bonifacio Sánchez, párroco de San Pedro de Gijón, la posibilidad de hacer una misa con canto gregoriano. Aceptación inmediata. El llamado “domingo gaudete” de 1994 comenzaba así la andadura del Grupo Melisma creado por Fernando Viejo. Era la época del disco de oro de los monjes de Silos. El canto gregoriano ocupaba por aquel entonces las primeras listas de ventas en USA.

Un galardón que duró poco tiempo. Este “canto llano” es muy “duro” y para minorías. Un disco, patrocinado por la iglesia de san Pedro de Gijón, y decenas de reseñas en la prensa son testimonio de aquella agrupación de la que Fernando era el “alma mater”. La fama de Fernando se expandió por todo el Principado. Organista, asesor musical, Director del Coro de la Ópera en Oviedo y compositor; en su última etapa se decide a componer para orquesta. Junto a José Antonio Olivar, renombrado periodista y gran poeta, editan varios discos. Música y poesía en perfecta armonía con la cualificación “de excelencia”. “Qué detalle, Señor, has tenido conmigo”, fue una de las canciones más internacionales de Fernando y Olivar, muy popular en Hispanoamérica hasta ser interpretada en uno de los viajes de Juan Pablo II, aunque atribuida erróneamente a un autor extranjero.

Siempre me llamó la atención cómo asimilaba rápidamente el estilo de una época. Podría contar varios testimonios de esta su gran cualidad. Durante esta larga pandemia, Fernando estaba preparando, según me contaba, varias obras que formarán ya parte de su gran archivo (“escombrera”, le llamaba él). Nuestra relación se intensificó en estos largos meses de confinamiento por su deseo de publicar un poemario de su gran amigo del alma, José Antonio Olivar: el proyecto está terminado. Con la muerte prematura de Fernando, Asturias pierde, en plena actividad como compositor, a uno de sus músicos más renombrados. Sé la estima, el aprecio y la admiración que le profesaban mis colegas de Musicología de la Universidad de Oviedo. Una tesina o un trabajo fin de máster pudiera ser el colofón, bien merecido, para una vida dedicada a la música. Los comentarios en el entreacto de los conciertos de la OSPA, juntamente con el gran maestro Ciccio Menghini, fagocista de la RAI y asturiano de adopción, ya no serán posibles. Le echaré mucho de menos. Una fatal caída nos lo llevó. Mi más sentida condolencia a su esposa, Maripaz. Para quien esto subscribe Fernando M. Viejo es la encarnación humana de la música. Hasta pronto, maestro.

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