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Fernando Losada

La sinrazón de la movilidad en Gijón

Los cambios en el tráfico en varios ejes fundamentales de la ciudad

La suerte debería estar echada. Lo estaba por deseo popular antes de que el Colegio de Arquitectos de Asturias mostrara su rechazo frontal –al igual que había echo anteriormente el Colegio de Ingenieros– a los cambios de movilidad junto al Molinón y en el Muro. Es un clamor que actualmente el tráfico en Gijón está en “pie de guerra”. No se trata ya de valorar el esperpento del “cascayu” y demás ocurrencias de mobiliario, ni de criticar el desastroso aspecto que ofrece el frente marítimo del Muro, otrora imagen atrayente y representativa de nuestra ciudad. Si no de volver al orden circulatorio que los gijoneses teníamos hasta que llegaron las ocurrencias del concejal Martín con la inexplicable permisividad de la alcaldesa González.

Entre los dos han dividido Gijón, creado atascos diarios en la ciudad en calles como las avenidas de Castilla y La Costa, Uría, Menéndez Valdés, San Bernardo y otras céntricas, con elevados signos de contaminación. La irracional “provisionalidad” del “cascayu” se prolonga en el tiempo pese a manifestaciones de protesta, el descontento de más de una veintena de asociaciones vecinales y las quejas para revertirlo de los 16.000 firmantes que constan en el Registro Municipal contra los cierres al tráfico del Muro y la avenida del Molinón (despilfarro incluido).

Recientemente, la propia Secretaría Municipal, en detallado informe, advirtió de la ilegalidad de reconocer al afín Foro de la Movilidad como representante de la ciudadanía. Otro varapalo más. Gijón pide a gritos otro equipo de gobierno municipal porque el interés general está por encima de su propias ideologías, en este caso, con la imposición radicalizada del ideario comunista del edil de Movilidad. No hay logro importante que pueda reseñarse en lo que han sido dos años perdidos.

Seguir manteniendo cerrado al tráfico por mas tiempo el Muro , además de una sinrazón y abuso, sería una dejación de los munícipes. Sin razón es que el señor Martín mande más de lo que le toca. Conviene recordar el respaldo de los votos del edil de Movilidad: cinco mil (en una población de Trescientos mil habitantes). Es un abuso y la dejación es clara por parte de la Alcaldesa.

A los medios de comunicación corresponde reseñar las nefastas consecuencias de sus ocurrencias que tienen que producirse con respeto recíproco con espacios para la crítica, como 16.000 gijoneses hicieron sin cortapisas, demostrando democráticamente y por escrito su malestar por el abuso del cierre al tráfico del Muro. Razón que les dieron los expertos con sus estudios en los que convienen, que debería ser una decisión de técnicos y no de políticos partidistas.

La provisionalidad tiene su tiempo y la actuación en el Muro ya supera “la provisionalidad” para convertirse en cerrazón y empecinamiento. Que es terquedad lo demuestra un ejemplo: la rapidez con la que la Alcaldesa ejecutó el cambio del nombre de la avenida de Juan Carlos I, incluso contra la mayoría de los vecinos y sin que aún se pronunciara la Justicia. Sus palabras entonces fueron: “Tengo que escuchar lo que me han pedido los gijoneses”. Se refería a las firmas presentadas (1.500 escasas) por pare del colectivo republicano. A las 16.000 que piden la apertura del Muro no se les valora igual.

Es evidente el sectarismo, como lo es igualmente, la persecución al coche y el afán recaudatorio con las multas por exceder los 30 kilómetros por hora que llegan por cientos a los hogares gijoneses. Eso sí, tras esquilmar más de 600 plazas de aparcamiento sin ofrecer alternativa alguna.

¿Qué habremos echo mal para merecer este trato, que ya se torna en castigo ?

Nunca los gijoneses habíamos sido ni tan pasotas ni tan resignados ante las injusticias y los abusos. Ahora, más que nunca, se necesita una ciudadanía participativa y critica, que sepa por ejemplo que el voto cautivo (yo votaré a este partido haga lo que haga) es un empobrecimiento de la democracia.

Necesitamos una educación ciudadana y memoria para apartar del poder a quienes anteponen consignas e intereses partidistas antes que el bien común, como están obligados y prometieron hacer.

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