Opinión

Maricuela, miliciana de la libertad

La veterana socialista recibe hoy el premio Juan Ángel Rubio de la Sociedad Cultural Gijonesa

El Premio Juan Ángel Rubio, que concede anualmente la Sociedad Cultural Gijonesa, y que honra la memoria de uno de nuestros principales presidentes, ha recaído este año en la incombustible Ángeles Flórez Peón, "Maricuela". Una socialista centenaria, nacida en Blimea en 1918, que ha militado de forma incansable desde que se afiliara a las Juventudes Socialistas en 1936.

Cuando alguien llega a tan avanzada edad, es un tópico decir que es historia viva. Pero en el caso de Maricuela, cuyo sobrenombre procede de un personaje de la obra de teatro ¡Arriba los pobres del mundo!, la frase cobra pleno y absoluto sentido.

Se dice de Maricuela que es la última miliciana socialista. Su militancia comenzó en el año fatídico de 1936, animada por la terrible muerte de su hermano en 1934, asesinado en Carbayín durante la represión de la Huelga Revolucionaria de Octubre. Se uniría entonces a las Juventudes Socialistas Unificadas, participando en la guerra contra los golpistas como miliciana y como enfermera de campaña. Fue detenida en 1937, siendo sentenciada a nueve años de cárcel, no pudiendo salir en libertad vigilada hasta 1941.

En los años cuarenta se casó con otro histórico del PSOE y miembro de UGT, Graciano Rozada Vallina, continuando ambos con su actividad y viéndose obligados a exiliarse.

El compromiso de Maricuela continuó durante el exilio y no ha cejado hasta hoy. Retornada a España y afincada en Gijón desde 2004, son habituales sus apariciones en medios y sus intervenciones en redes sociales.

En una época donde la ideología neoliberal ha socavado el sentido de lo colectivo, precipitándonos a una cultura que promueve el individualismo extremo; en una época donde fuerzas reaccionarias están inundando la esfera pública, intentando apropiarse de los símbolos colectivos desde una perspectiva excluyente y poniendo en cuestión valores fundamentales de la sociedad democrática; en un tiempo donde aún estamos digiriendo los efectos de una grave erosión del estado social que nos dejó la crisis de 2008 y donde la política se ha convertido en sinónimo de descrédito, el ejemplo vivo de Maricuela se ha tornado imprescindible.

Y es que Maricuela nos recuerda día a día que los derechos que hoy disfrutamos son el resultado de las luchas y conquistas de las generaciones precedentes, pero son también un logro para la mayoría social que siempre está en peligro de ser recortado o degradado cuando perdemos la capacidad de organizarnos. Su ejemplo nos hace recordar que la política no es un juego de grandes personajes ni limitarnos a votar cada cuatro años para dejar los asuntos públicos en manos de profesionales. Y es que Maricuela hizo política, en el sentido más noble de la expresión, en una época en que militares golpistas apoyados por el III Reich se alzaron en armas contra el gobierno de España, sumiendo a nuestro país en una larga noche de cuatro décadas y desatando una represión genocida. Hizo política cuando militar en un partido para defender la igualdad entre hombres y mujeres, la igualdad ante la ley o la subordinación de la riqueza al bien común implicaba enfrentarse a la cárcel, al exilio o a la muerte.

Ha hecho política durante toda su larga vida, porque ello significa ejercer la ciudadanía: participar activamente en la búsqueda del bien común desde nuestro barrio, desde nuestro puesto de trabajo, desde cualquier espacio de la sociedad; defender nuestros intereses entendiendo que éstos no son algo exclusivo del individuo aislado, sino un lazo que liga a la mayoría de la sociedad contra una minoría favorecida que se resiste siempre a perder sus privilegios.

El Premio Juan Ángel Rubio honra la memoria de una figura que guarda importantes similitudes con Maricuela: nuestro presidente fue otro militante comprometido con la causa de la democracia y la justicia social. Ambos creían firmemente en la defensa de los intereses de los más que tienen menos, frente a los menos que tienen más, y a ello consagraron su vida.

Hoy, de nuevo, los apóstoles del odio pretenden subvertir el sistema democrático tratando, incluso mediante el acoso, el insulto y la coacción, de deslegitimar a aquellas opciones políticas que han sido capaces de formar una mayoría de gobierno. El ejemplo vivo de Maricuela y el recuerdo de gentes como Juan Ángel Rubio son el antídoto frente a todos esos mensajeros del miedo que buscan destruir la convivencia.