21 de diciembre de 2008
21.12.2008

Economía conductual y mejora de la toma de decisiones (El «Nudge», de Thaler y Sunstein)

n La «teoría del codazo», una forma de modificar el comportamiento de la gente «empujándola suavemente», «refrescando la memoria»

21.12.2008 | 01:00
Economía conductual y mejora de la toma de decisiones (El «Nudge», de Thaler y Sunstein)

Recientemente, se ha publicado un libro que promete ayudarnos a mejorar nuestra toma de decisiones con muy bajos costes. El libro se titula «Nudge» y su subtítulo nos aclara que el objetivo es mejorar la toma de decisiones relacionadas con la salud, la riqueza y la felicidad. Aunque será, sin duda, un superventas y se traducirá a muchos idiomas, no se trata de un libro de autoyuda, ya que muestra que se puede ayudar a la gente «empujándola suavemente», «refrescándole la memoria», dándole un «codazo», que es, en definitiva, lo que significa su título («Nudge») traducido al español. A continuación, señalaré, en primer lugar, de qué va el libro, ilustrándolo con un ejemplo de gran interés cual es el relacionado con el aumento de la donación de órganos. Finalmente, una vez que esté claro de qué va el libro, entraré en las cuestiones filosóficas y políticas relacionadas con el mismo.


1.-El objetivo. Al decir de Thaler y Sunstein, el «nudge», ese «refrescarnos la memoria» y «empujarnos suavemente», puede ayudarnos siempre y cuando no seamos «homo economicus», un tipejo que los economistas se han inventado para simplificar la realidad y que, más veces de lo debido y cuando se cuenta mal, se termina confundiendo con la misma. Los «homo economicus» «pueden pensar como Albert Einstein, almacenar tanta información como la Big Blue de IBM y tener la fuerza de voluntad de Mahatma Gandhi». Frente a dicho tipejo, la gente normal pertenece a la especie «sapiens», y ello significa, paradójicamente, que se equivoca mucho. Por lo tanto, si usted se cree un «homo economicus», olvídese de este artículo y, si quiere hacer tiempo mientras sus acompañantes «sapiens» se empecinan en seguir leyéndolo, entreténgase jugando con las ilustraciones adjuntas y tomando una decisión respecto a cuál de las dos mesas deberá comprar si prefiere una que sea más bien larga y estrecha.


2.-Cómo aumentar la donación de órganos. El caso de la mejora en la donación de órganos es muy interesante, pues está bien estudiado y, además, genera poca polémica ideológica: hay acuerdo general en que es un objetivo loable en el que se debe avanzar todo lo que se pueda. Simplificando al máximo, las opciones que están disponibles son la regla del permiso explícito (uno es donante sólo si ha hecho explícito su deseo de donar, por ejemplo, firmando un determinado documento) y la del permiso implícito, que, ajustándolo a su filosofía, los autores definen así: «?es diferente del permiso explícito porque cambia la regla por defecto. Bajo esta política, se supone que todos los ciudadanos consienten en ser donantes, pero que cuentan con la posibilidad de registrar su deseo de no donar y que pueden hacerlo fácilmente». Thaler y Sunstein insisten en lo de fácilmente, esto es, en que la gente cuente realmente con la libertad de elegir no ser donante y, consecuentemente, y valga la redundancia, la puedan ejercer libremente. Como se puede observar, «el permiso implícito es, en un sentido, lo opuesto del permiso explícito, pero ambos coinciden en un aspecto clave: bajo ambos regímenes, los que no optan por la elección por defecto tienen que hacerlo constar para salirse de la misma».


Veamos ahora qué pasa cuando la opción por defecto es el permiso explícito o, alternativamente, el permiso implícito. El experimento realizado por Johnson y Goldstein (2003) consistía en tomar la decisión sobre si se deseaba ser donante a un coste muy bajo (un clic en todos los casos), y lo que se observó es que la opción por defecto era determinante. Así, a la gente participante en el experimento se le planteó que iba a cambiar de zona de residencia e iba a ir hacia un estado en el que la opción por defecto era no ser donante (caso del permiso explícito) o ser donante (caso del permiso implícito). En el primer caso, el porcentaje de donantes se situó en el 42%, y en el segundo, en el 82%. Esto es, 40 puntos porcentuales de diferencia por el mero hecho de plantear la pregunta de forma diferente. Dicho de otra manera, el «empujón suave», el «refrescar la memoria», el «nudge», es decir, el fijar como opción por defecto el supuesto de que se es donante si no se dice lo contrario se convierte en una cuestión de vida para muchas personas condenadas a la muerte, que podrían beneficiarse del hecho de que se tome bien dicha decisión. Los resultados correspondientes al caso neutral (no había opción por defecto y, consecuentemente, era inevitable elegir una de las dos alternativas señaladas) mostraron que la gente se decantaba en un 79% por ser donante. Ello sugiere que la opción por defecto (en este caso, el permiso explícito) puede llevarnos a decidir en contra de lo que pensamos realmente y en perjuicio de los que más lo necesitan. Llegados a este punto, la pregunta que debemos hacernos es: ¿debemos contar con «empujones suaves», con ese «refrescarnos la memoria» que tantas vidas puede salvar?


3.-La filosofía. La respuesta de Thaler y Sunstein a la pregunta que se acaba de plantear es que precisamos que nos «empujen suavemente», que haya «nudge». Y es que, tal como ellos lo definen, el «nudge» no reduce nuestra libertad: «un "nudge" es, en nuestra utilización del término, cualquier aspecto de la arquitectura de la toma de decisiones que modifica el comportamiento de la gente de una manera previsible, pero sin prohibir ninguna alternativa y sin cambiar de forma significativa los incentivos económicos. Para que una intervención se considere "nudge" debe ser posible evitarla de una forma fácil y barata. Los "nudges" no son órdenes». El caso de la donación de órganos antes expuesto cumple todas estas condiciones (se toma la decisión con un clic, con lo que es fácil y barato ser libre para donar o no donar) en un contexto en el que el punto de partida (el sesgo del statu quo señalado en 1988 por Samuelson y Zeckhauser) importa. Y es que, a diferencia de los «homo economicus», la gente normal se deja llevar por la inercia.


Una objeción que se puede plantear es que los posibles buenos efectos del «nudge» no deben hacernos olvidar que puede llevar, como efecto colateral negativo, a la pérdida de libertad. Este punto es importante, y la respuesta de nuestros autores apunta en dos direcciones: primera, cuando se razona en estos términos se acepta una hipótesis falsa cual es que «casi todo el mundo toma, casi siempre, decisiones que le benefician o, como mínimo, que le benefician más que las decisiones que tomaría otro ente». A su juicio, esta afirmación tan general no se cumple en muchas ocasiones, concretamente cuando falta experiencia, se dispone de poca información y es escasa la retroalimentación. La segunda dirección nos lleva a los errores que existen sobre este punto: por una parte, «que es posible evitar influir sobre las decisiones de la gente». Frente a ello, señalan que «en muchas ocasiones, algún agente o alguna organización debe tomar decisiones que influirán en el comportamiento de otra gente. En estos casos no hay forma de evitar el hecho de empujar suavemente en alguna dirección, y realícense o no de forma intencional, estos "nudges" influyen en lo que la gente decide». Por otra parte, el segundo error es que «el paternalismo (implícito en este "refrescar la memoria") es siempre una coacción» y, consecuentemente, reduce la libertad. Su respuesta es que «en la medida en que no hay coacción, pensamos que algún tipo de paternalismo debería ser aceptable incluso para los mayores partidarios de la libertad de elegir».


4.-La política. La pregunta que podemos hacernos ahora respecto al «nudge» es si es de izquierdas o de derechas. La respuesta de Thaler y Sunstein es que se puede «empujar suavemente», «refrescar la memoria» de la gente desde la izquierda y desde la derecha. Y es que, a su juicio, el «nudge», este «paternalismo libertario» es una «tercera vía real» que pueden asumir ambas partes, con lo que se puede incluir dentro de la oferta de la izquierda y la derecha.


Posdata para el «homo economicus». Si usted es un «homo economicus» y ha respondido a la pregunta que le hacía, habrá observado que las dos mesas tienen exactamente la misma longitud y la misma anchura. Si se ha equivocado, no se preocupe: aunque usted se creía muy listo, no es tan tonto como el «homo economicus» (el Nobel Sen lo ha calificado así), sino que pertenece a la especie «sapiens», y, consecuentemente, se equivoca, con lo que puede beneficiarse de los consejos de la economía conductual que se muestran en «Nudge». Refresque, pues, su memoria y, ánimo, deje que le «empujen suavemente». En resumen, léase el libro o, en su defecto, si su inglés no está muy fresco, mientras lo traducen, vaya avanzando por la «economía conductual» leyendo lo que los Nobel Akerlof y Kahneman nos señalan en, respectivamente, los números 25 y 28 de una revista que es asturiana y de economía (www.revistaasturianadeeconomia.org).

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