Raquel Sánchez Jiménez, titular de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, la denominación que ahora arropa a los ministerios de Fomento o Infraestructuras de siempre, tiene una sensibilidad peculiar con el Principado. Lo mismo viene a la región a los dos meses de estrenar el cargo para inspeccionar una inversión de 4.000 millones, la Variante, y pasar en tren bajo la cordillera subiéndose al “Aspirino”, la unidad de calibración de las vías, que acude a Ribadesella para anunciar una mejora de siete millones en el puente que la meta de les Piragües convirtió en icono internacional. Bienvenidas sean las visitas, muy de agradecer para formarse una idea cabal de las prioridades. Pero más que anuncios o propaganda, Asturias necesita hechos. Demasiadas infraestructuras empiezan a atorarse.

Aquel 3 de agosto de 1876 en que el médico, economista y clérigo inglés Joseph Townsend entró en Asturias por Pola de Somiedo no encontró una forma más literaria de expresarlo: “Si Shakespeare hubiera pasado por aquí, su imaginación jamás habría prestado atención a los acantilados de Dover”. Vivir atrapados entre valles y montañas, la inmensidad del océano de frente, un murallón en las espaldas, deja huella hasta en el carácter. Era entonces este Principado “la Siberia del Norte”, tal como lo bautizaron desde el siglo XVIII los viajeros románticos, los validos y los ilustrados. Una región pobre, sin mercado y escasa de habitantes. Solo podía crecer y subsistir comunicándose. 

La relevancia que los asturianos otorgan a las infraestructuras, mucho mayor que en ninguna otra parte, no es obsesión ni victimismo, sino atávico instinto de supervivencia. Saben que aislados no pueden progresar, se juegan nada menos que su existencia. Y ya desde antes del escándalo de La Escandalera dan esa batalla con tesón y contundencia para desesperación de los gobernantes de turno, pues no cuesta lo mismo un viaducto aquí, o la bóveda de un túnel, que en la ancha llanura mesetaria.

El ministro de las obras públicas no es cualquiera para Asturias. Bien lo sabe como riosellana la socialista Adriana Lastra. No por casualidad la responsable de Transportes, Raquel Sánchez, estuvo el miércoles en su concejo para anunciar la ampliación de un puente, ni el alcalde de Ribadesella presentó a la número dos del PSOE como “el martillo pilón que machacó para sacar adelante el proyecto”.

Cuando los asturianos vieron las tuneladoras perforar las entrañas del Pajares y por fin concluida de Unquera a Barres la Transcantábrica dieron por resuelto su déficit histórico de conexiones. Pero, como al maratoniano en los últimos kilómetros, aunque lo sustancial del trayecto está cubierto, los remates finales en múltiples frentes se atragantan.

La antigua Feve está abandonado y el Plan de Cercanías se limita a parcheos, a decir de los usuarios, los sindicatos y la oposición. Invertir cinco horas en tren de Oviedo a Santander en estos tiempos resulta inaudito. Ni el popularmente ridiculizado como “tren burra” de Campomanes a Busdongo empleaba tanto. Los vagones van vacíos no por carecer de demanda, sino por ofrecer un pésimo servicio.

Para el peaje del Huerna fue prometida una rebaja que además de serlo en cuantía inferior a la aplicada en otras autonomías, no acaba de concretarse

Para el peaje del Huerna fue prometida una rebaja que además de serlo en cuantía inferior a la aplicada en otras autonomías, no acaba de concretarse. La situación de la autovía al Suroccidente, que iba a concluir en 2010, salta a la vista: una comarca seccionada por los argayos. La misma llama de hartazgo por el desastre que prendió allí empieza a trasladarse al Oriente. Ampliar dos kilómetros de carril en la “Y” parece por los plazos construir el canal de Suez, y lo mismo puede afirmarse de redactar el proyecto para unir esta autopista con la autovía de la Industria, la “I”, en El Robledo, que fía, con suerte, el comienzo para 2025.

La Ronda Norte de Oviedo, los planes de vías ferroviarias de Gijón y Avilés, la autopista del mar, la Zalia, el soterramiento de Langreo… una lista prolija de vaivenes, vueltas y revueltas. Precisamente sobre la línea de Langreo la mayoría del parlamento asturiano aprobará la próxima semana una resolución para que el Ministerio fije “una fecha de inicio”. Ni siquiera de conclusión. Hasta este punto empiezan a llegar algunas cosas. 

Hay que remontarse a Borrell, entre los años 1991 y 1996, para encontrar otro paisano de la actual titular de Transportes al frente del ministerio. No fue el mandato del hoy representante para Asuntos Exteriores de la UE afortunado. El itinerario costero no avanzó un metro. El del interior, solo hasta Pola de Siero. De aquella época datan la variante de Avilés, un reguero de muertes, y los túneles del Padrún, una chapuza. Hubo que someterlos a millonarias reparaciones al poco de estrenarse. La historia está siempre ahí para no repetirla. En particular cuando los precedentes resultan poco halagüeños. La ministra Sánchez tiene ahora en sus manos demostrarlo. Si se anima, tarea por delante queda claro no le falta. Necesitará más periplos por esta tierra y entender de verdad sus realidades para convencer a los asturianos.