Las últimas estadísticas componen un retrato poco favorecido de la Universidad. La institución es la quinta del país con la tasa de ocupación más baja. Otras comunidades próximas y en circunstancias sociales y demográficas parecidas, como Galicia, tienen completas todas las plazas de grados que ofertan. También es la segunda en porcentaje de abandono de los estudios –lo que denota que una parte importante del alumnado asturiano no acaba por encontrarle provecho– y la penúltima a la hora de atraer a estudiantes extranjeros no erasmus sino para cursar íntegra la carrera. Pero a la vez dispondrá por fin este año del mayor presupuesto de su historia. Un hito para marcar un punto de inflexión hacia el despegue. Asturias sin una universidad de excelencia no será competitiva, ni tendrá palanca para el cambio.

La transformación de las estructuras docentes hacia un modelo de exigencia y calidad continúa siendo un asunto ajeno al debate público asturiano, por más que la enseñanza constituya uno de los factores decisivos –si no el primordial– para reimpulsar el Principado. Sin ciudadanos instruidos, y con las capacidades necesarias para competir por el mundo y en su mundo, haciéndose cargo de su destino, la región lo pasará mal. Disponer de una universidad de gran nivel, que arrastre a otros sectores y se convierta en un emblema de los avances, agranda las posibilidades de un futuro de éxito. Los países que prosperaron en las últimas décadas y revolucionaron sus economías, disparando el crecimiento, comparten interés en la educación como valor diferencial.

Los alumnos asturianos que superan los estudios superiores salen bien formados. Muchos triunfan en el resto de España y en el extranjero pugnando con licenciados de élite. Empresas e institutos de investigación nacionales y foráneos se los disputan y aprecian su entrega y talante resolutivo. Pero la Universidad de Oviedo cada vez atrae a menos jóvenes. Y un porcentaje significativo de los que sí logra captar renuncia prematuramente una vez empezada la carrera. El decrecimiento poblacional únicamente no explica esta mengua. Detrás también existe un desajuste de los títulos disponibles, poco atractivos en el panorama actual, inflexibles o inadecuados a los requerimientos del mercado. Por tercer año consecutivo, Asturias quedará por debajo de los cinco mil nacimientos, según las proyecciones de natalidad. No empujan por detrás nuevas generaciones para relanzar la matrícula. Para mantener el tamaño de las facultades que hoy conocemos harán falta propuestas singulares y una estrategia para lanzarse a atraer estudiantes.

La institución cuenta con el mayor presupuesto de su historia, una ocasión para impulsarla hacia el ideal soñado de prestigio

Existe una tendencia a torturarse con las estadísticas negativas, muy de aquí por la afilada ironía y el inflamado sentido crítico de los asturianos. En ocasiones desemboca en la indiferencia y la parálisis. De los recuerdos del esplendor pasado no se vive en el presente. La realidad no puede ocultarse y, cuando llega torcida, o se discute y se discute con rumbo a ninguna parte o se debate y se decide para revertir los malos datos cuanto antes. No cabe duda sobre qué actitud alberga mayores posibilidades de producir resultados óptimos.

Las cuentas de la Universidad de Oviedo alcanzan este 2023 la cota de los 242 millones, un presupuesto excepcional en su historia. Un 10,5% más que el ejercicio anterior. El Principado no escatimó esta vez su apoyo. El contrato programa firmado garantiza además estabilidad y recursos como mínimo para los próximos seis años. Nadie perdonaría desaprovechar este impulso para hacer volar la institución hacia el ideal soñado de prestigio. 

Demasiadas veces en esta región, y en este país, el remiendo acabó siendo el único recurso. De la falta de criterio sobre las disfunciones y de la improvisación para minimizarlas sobran ejemplos. Existen carreras con una extraordinaria demanda: medicina, informática, ingeniería de datos, matemáticas, física, formación del profesorado, cuyo acceso sigue restringiéndose. La reorganización de los campus ovetenses saturados tampoco acaba de concretarse. El plan para atajar el colapso judicial uniéndolo al traslado de algunas sedes de Llamaquique era urgente cuando se lanzó, en septiembre. Pasan los meses y nada.

Basta de parchear. Es la hora de responsabilizarse y hacer lo que haya que hacer, en vez de decir lo que hay que hacer sin luego ponerlo en práctica. Lo primero remedia problemas. Lo segundo los traslada. Los asturianos asumen un gran esfuerzo para sostener su universidad, que no se corresponde con la escasa atención que le prestan y el desconocimiento sobre su utilidad más allá de lo obvio, como divulgadora del conocimiento. La Universidad, por su parte, tampoco puede repeler la evaluación con rigor y autocrítica de su rendimiento, ni sucumbir arrastrada por la inercia o enmudecer ante las preocupaciones regionales. Asturias la necesita moderna, en vanguardia, adaptada a su tiempo, generadora de ilusión, que agite internamente la atonía, que se convierta externamente en referencia incuestionable.