Opinión

El teatrillo de los Premios

Ya es historia la reciente edición de los Premios Princesa de Asturias, la de las gratas presencias y de las insalvables ausencias. La de Nuccio Ordine no nos cansaremos de lamentarla: tal de cruel fue la imprevisible guadaña con el pensador como previsor el intelectual italiano, que nos legó en herencia las últimas y venturosas palabras de su ideario y su humanístico magisterio. Una joya, sin duda, para las hemerotecas.

Las calendas de la última quincena de octubre van cayendo sinuosas como hojas del otoño del árbol caduco de los días. Pasada la semana grande de Asturias, la de la realeza, volveremos a la realidad, la de sestear durante un mes hasta la fecha de la inauguración de la Variante de Pajares, seguramente el gran acontecimiento de la década. Existe cierto paralelismo entre una celebración y otra, en lo que tienen de situar a la región en contextos más elevados. SI bien en ese empeño la Fundación gana por goleada al Ministerio de Transportes: los Premios ponen a Asturias en el mundo; el AVE solo nos pondrá unas horas antes en Madrid.

Lo cierto es que los galardones que Graciano García se sacó de la chistera son a Asturias como la Semana Santa a Sevilla o Málaga: una mezcla indómita de sentimiento y carácter; de afirmación y reconocimiento; de promoción y autoestima. Pero además y sobre todo un escaparate de intelectualidad planetaria embutido en un magnífico escenario de costa, valles y riscos. Y un teatrillo también, que todo hay que decirlo, como una suerte de Corte de los milagros trasladada por unos días al viejo reino hoy principado. Una Babia cantábrica donde se viste de gala cortesana por obligación y también por postureo.