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Una de romanos

La Semana Santa y el primer año de la pandemia

La parrilla televisiva de la Semana Santa ha vuelto a regalarnos clásicos de estas fechas. Visionar una de romanos puede resultar insulso para unos y algo superado para otros; para mí supone el gustazo del revolcón en imágenes y momentos que se han ganado un cachito de mi ser. ¿Cómo pasar una tarde sin el agarrón del látigo atizador de Mesala?, ¿cómo negarse a una noche con un hombre clamando un Dios para esclavos que haga que su hijo nazca libre? ¿y cómo escapar a una mañana sin Nerón Ustinov y su certeza infundada de acabar con los cristianos?.

Qué le voy a hacer. Me entretienen, me evaden y me hacen soñar. Y tanto que me hacen soñar que el pasado viernes fui, durante un largo rato, el Marco Aurelio sabedor de la cercanía de la parca a la que pide dos años más de vid. O uno solo: el emperador filósofo desea acabar su tarea por el bien de Roma, del mundo y del futuro.

Por mi parte espero que “el barquero silencioso” se demore largo tiempo, pero se ha quedado revoloteando por mi cabeza la idea de disponer de un año, solo un año, para cambiar el rumbo de las cosas.

En una tierra y en unos momentos en los que la mezquindad campa entre nosotros, se me hace muy cuesta arriba vislumbrar otra cosa que no sea la mierda que los malhechores de la maquinaria del Estado nos hacen arrastrar diariamente. Mediocres ataviados con el traje de la manipulación nos llenan la mente de mentiras, instrumento perfecto de la pos-verdad para doblegar conciencias y ahogar esperanzas con cientos de angustias, llenar el cuerpo de miedos y el alma de miserias. En muy poco tiempo habrán logrado desgastar nuestro calzado dejando miles de pies desnudos sobre un suelo de excrecencias; la España despoblada que cede protagonismo a la desolada.

Nos hemos acostumbrado a las monsergas de esos mindundis, de medio pelo intelectual, pero muchas poses artificiosas, exhaladores de maldad, de corrupciones y corruptelas bajo todas sus forma posibles, ya sea robar o enriquecerse, y reconocemos en ellos a esos Cómodos que, una vez alcanzado el poder, van degenerando en paranoias incontrolables conduciendo al Imperio, llevando al país, a una de sus mayores crisis.

Ardua labor la de todos aquellos que deseamos hoy poner fin a tal cantidad de adjetivos negativos comenzados por “M” y valiente decisión mudarlos en gritos esperanzados y positivos. Me conformaría con un poco de madurez.

Un año ha de bastar. Caer en el desánimo y en el abandono sería imperdonable. Como dice mi amigo Judá Ben-Hur: “Todavía estoy sediento”.

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