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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

El árbol más alto del Campo

Una mirada al paisaje urbano ovetense

En memoria de Santitos Muñoz, de nuestra compartida oriundez santurzana y ovetense.

Frente a mí, los árboles franciscos borran Casa del Coño que reemergerá entrado el otoño. Casaprima ha publicado hermoso libro, “El Campo de los Hombres Buenos”. Nuestro gentilicio fue fijado por estratégico roble arborecido. Da Vinci e Ignacio Simón sostuvieron que no hay flores iguales por color, pétalos, ramificaciones… Los árboles más altos, aún caducifolios, parecen perennes pero luces y vientos turban por minutos, mientras, con extraña frecuencia, hay ribetes rosáceos vespertinos y, en mayor habitualidad, tonalidades “Lloviedo”. De vez en cuando, el firmamento limpio permite nubecitas inquietas que Jovellanos contabilizaba en infinito dietario. Paco Sarandeses añadía un jilguero para alcanzar Paraíso.

Lo último para Albert Camus fue árbol de quietud homicida, De Gaulle precisaba sus árboles en instantes históricos y José Saramago, del que yo mismo leí necro en el Europarlamento, pedía cortesía para cada ejemplar. Algo adelantó Casona. Por consecuencia, despedimos al negrillo de El Reconquista, con los escolinos de La Luna/Dolores Medio y el entrañable ebanista César Álvarez, en rodajas versificadas por Ángel González, Bousoño, Gamoneda, García Nieto, Botas, Pedro de Silva... El tiempo en que los abrazos me caracterizaron, o caricaturizaron, ya no es pero sigo bañando miradas en verde urbanita irresistible. Entre los vecinos de enfrente, dominan plátano, palmito canadiense, y cedro, que subyuga mis ensoñaciones, ¡a saber cuál más alto!, según valora Juan Carlos Menéndez, excelente funcionario de Parques y Jardines.

En la Autonomía recién parida busqué himno antes del Asturias Patria Querida. Tuve contacto con Casanova, autor de “Mina de la Camocha”, pero enseguida desistí. El rector López Cuesta se levantó, en el Campoamor, seguido por el Arzobispo Díaz Merchán y el general Santamaría. El himno se dignificó por lo que me disculpé con el compositor, y no sé si Arturo o Jaime Buylla ante Halffter, al que habían hablado.

Dionisio Gamallo Fierros, del que comparto inyección en vena del Campo de San Francisco y la ría del EO, pasaba temporadas en Oviedo tocando oquedades arbóreas que pudiera haber acariciado su madre antes de enamorarse, en las ferias de Vegadeo, de un mozo de Porcillán. También recolectaba yemas troncales que ya no sé si su destino era el leñoso que mi abuela daba en la chimenea diseñada con piedrines de su antigua casa langreana. Excita penas que Jaime Herrero convirtiese “La Trementina” en luz poética.

El Pinar, mixtura carrasco y marítimo, de Salinas, que aluminio y hormigón fulminaron, gemía piñas de tres tipos, alargadas, marrones o verdes, y, la tercera clase, milhojas circulares, idóneas, secas y grisáceas, para encendido de maderos transversales…Mi prima Cris y mi hermano me acompañaban a trepar y arrancar abalorio a la pira de los abuelos y sus incrustaciones bisabuelas. Piñas y sucedáneas están ahora demasiado altas; tampoco las tomaré al caer al césped balesquido. “La flor a coger” del anónimo letrista astur más que piña puede ser la soberbia magnolia frontal a mi ventana; ¡gracias por no podarla! En cualquier caso, el conjunto reafirma a Clarín, Moneo, Maragall…: es el mejor paisaje urbano español, más allá del celebrado palmeral ilicitano.

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