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De raza y diamante

El recuerdo de Anabel Santiago de la dama de la canción asturiana

Diamantina Rodríguez y Anabel  Santiago, en 2011. | LNE

Diamantina Rodríguez y Anabel Santiago, en 2011. | LNE

“Para el mundo de la tonada, voy a tardar en morrer”. Esta afirmación de Diamantina en una entrevista que ofreció hace años la leí hace escasos días. A propósito de esa expresión me digo: “Qué razón tenías”. No es que Asturias vaya a tardar en olvidarte, es que tu voz ya pertenece a nuestro patrimonio musical imperecedero. Pero en vida también eras patrimonio, Diamantina. Y por suerte te marchaste sabiéndolo.

María Argentina Diamantina (su partida de nacimiento así lo reza) era genuina y directa, sincera y guasona, con el consejo constructivo guardado tras la manga para sus pupilos/as y quien se dejase asesorar por ella. Ella daba mucho y pedía poco. Si acaso una barra de labios color carmín en su último cumpleaños y algunos caramelinos de eucalipto “pa la garganta”. Su mayor regalo era escuchar la música asturiana, cantar y que le cantaran. Los cantantes de tonada nos hemos criado con la costumbre de echar unos cantarinos muy cerquina los unos de los otros, acaso como un ritual, en torno a la barra de un bar, de una mesa o de un llar. Digamos que esa forma de encuentro social y musical forma parte del ADN de los que amamos nuestra raíz, nuestra tonada. Como un lenguaje exclusivo de los que se reconocen iguales en lo esencial.

El primer recuerdo que guardo de ella es disfrutando de su tonada, sonriente y esplendorosa, en el palco de honor del teatro Campoamor, presidiendo el Concurso y Muestra de Folclore “Ciudad de Oviedo” junto a Juanín de Mieres (otra gloria de nuestra canción regional). Yo era una neña y empezaba a destacar en los concursos, muy pendiente de los modelos a seguir, en este caso, ella y su señorío. Un señorío de raza y diamante. Raza por cómo cantaba, diamante por su carisma sobre el escenario. No aceptaba imitaciones la gran madre de la tonada.

Qué iba a imaginar yo, que al poco tiempo la conocería en persona, y me atrevería a decirle que iba a grabar un disco homenaje a su persona, “Anabel Santiago canta a Diamantina Rodríguez” (Malespulgues Records, 2005), de la mano de nuestro gran amigo común Ismael G. Arias, que tanto nos ha querido siempre .

¡Tremendo vértigo que suponía para mí proponerle a una gran maestra como ella el atrevimiento de desempolvar sus grandes éxitos y algunas otras canciones inéditas de su repertorio y convertirlas en álbum!

Pero allí estaba ella, generosa y agradecida, dispuesta a escuchar los arreglos musicales en clave de jazz de sus canciones y espetó: “Están mucho mejor que cuando las grabé yo, pero de aquella yo no tenía medios”.

Ese disco marcaría una parte importantísima de mi carrera musical, por la carga emocional que contenía, y por el recibimiento popular que tuvo. Canciones como “Arboleda bien plantada”, “El currucucú” o “La panderetera” quedarían plasmadas en mi discografía para rendir homenaje al legado vocal e interpretativo de Diamantina.

En este mes de abril se apagaba su vida, pero se encendían otros luceros. Muchas somos las voces que quedamos aquí para recordarla, para honrarla con nuestro recuerdo hecho canción, con el magisterio que aún queda por delante, con la responsabilidad de dar a conocer quién fue, qué defendió y cómo vivió Diamantina Rodríguez. Cuánto nos enseñó en vida y cuánto nos queda por aprender de ella a raíz de su ausencia. Por haber sido refugio, puerto y oasis musical de varias generaciones. Gracias, Diami, por la raza y el diamante.

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