No se asusten, que en el primer párrafo todavía no hablamos de epigenética. Anteayer por la tarde estrenaron la serie «Mi gemela es hija única» con vocación de asentarse en la parrilla vespertina y durar tanto como «Yo soy Bea». Acaba de nacer y ya cumple objetivos: tras dos largas horas sobre las que Telecinco desparramó dos capitulazos como dos catedrales (aprovechando alevosamente que media España estaba encerrada en casa intentando sobrevivir al diluvio), los espectadores quedamos tan hartos como si nos hubieran inyectado en vena y sin anestesia los tropocientos capítulos de «Yo soy Bea, ¿y tú quién eres que tanto te pareces a mí?».

Y ahora, vamos a ver cómo les hablo de epigenética sin que huyan en tropel. Dicen los que saben que la genética no lo explica todo, que la acción ambiental va más allá de lo que se pensaba en un principio, que ésta es tan importante que afecta incluso a la expresión de los genes mismos. La epigenética es una ciencia tan nueva que grandes sabios pioneros en genética como Severo Ochoa murieron sin saber nada de ella. Todos los avances punteros de esta prometedora rama del conocimiento los resume «Mi gemela es hija única» en una sola palabra: «tururú».

La genética del siglo XX nos proporcionó joyas como «Vaya par de gemelas» o «Yo a Londres, tú a California». La epigenética del s.XXI debería inspirar a los guionistas para que inventaran tramas que fueran más allá de dos gemelas que juegan al quítate tú pa´ ponerme yo. Pero no. Siguen empeñados en mostrar vínculos invisibles que anudan la vida de dos chicas con genoma idéntico: los mismos gustos musicales, el mismo peinado, el mismo traje, el mismo bolso y esa tontería de que cuando a una le pasa algo, la otra lo nota. Si esto fue el estreno, prepárense para el resto. Seguro que sólo contendrá genoma basura.

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