Opinión

Después del caos

Aquellos que hemos pasado por la catarsis que supone haber sido un paciente oncológico somos conscientes de la metamorfosis que supone confrontar la propia mortalidad.

No obstante, quienes hemos superamos la prueba sabemos que no todo es oscuridad. Ese mismo caos que nos sumió en el miedo y nos empujó al abismo trajo también el regalo de hacernos más conscientes de la propia fragilidad.

Mientras uno realiza una travesía que no ha elegido, se opera un cambio que afecta a los cimientos de la personalidad. La lucha y la resistencia dejan secuelas que van mucho más allá de las cicatrices físicas.

Con la vida renovada surge la oportunidad de reconstruirte y de entre las ruinas de la enfermedad emerge la posibilidad no solo de reparar el cuerpo, sino también el alma. Comienzas a reevaluar de manera radical tus prioridades y valores. Examinas tus creencias, en especial las más limitantes y tras el escrutinio la trivialidad de las normas sociales y las expectativas externas se desvanecen.

La gratitud y un aprecio renovado por las pequeñas cosas es otro de los  presentes que trae la experiencia de enfrentarse a la posibilidad de perder la vida, y la importancia de vivir y disfrutar de eso que sucede a cada momento cobra una intensidad y un valor abrumadores. Desde el cálido resplandor del sol en la mañana hasta el suave susurro de la brisa, cada instante se convierte en un regalo precioso. Te invade la urgencia de vivir auténticamente y perseguir la felicidad genuina. No hay tiempo que perder.

Se desarrolla la empatía, que se convierte en una moneda de cambio invaluable. Quienes hemos atravesado el túnel de la enfermedad comprendemos la importancia de la conexión humana y la compasión. Las relaciones superficiales dan paso a conexiones más profundas y significativas y es que la vulnerabilidad compartida crea lazos irrompibles entre las personas que han experimentado lo efímero de la propia existencia.

La fragua del sufrimiento es una fuerza motriz para la búsqueda del significado de la vida. Podría afirmar sin temor a equivocarme que muchos aprendemos a vivir con gratitud, propósito y pasión.

En última instancia, la lección que surge es que, a menudo, es en los momentos más difíciles donde encontramos la verdadera esencia de la vida y descubrimos el auténtico propósito de nuestra existencia.

Quiero elevar una plegaria para todos aquellos que se quedaron en el camino y dar las gracias a quienes nos guardan desde el otro lado.