«Ramiro, hijo del príncipe Vermudo», fue elegido para el trono a la muerte de Alfonso II, según la «Crónica de Alfonso III». El príncipe Vermudo tiene que ser el Vermudo I que renunció al trono en 791, tras ser derrotado por los musulmanes en Burbia y al recordar que había sido diácono. No sabemos cuando nació Ramiro, pero muy probablemente tenía más de 50 años en 842. Estaba entonces viudo, pues la citada crónica cuenta que cuando se produjo el fallecimiento de Alfonso II no estaba presente, pues se había trasladado a la provincia de Vardulia, «para tomar esposa». Vardulia era entonces el norte del territorio que luego se llamó Castilla, y la esposa en cuestión sería Paterna, que aparece como reina en el ara de Santa María del Naranco, fechada el 23 de junio de 848. Ramiro I reinó del 843 al 850.

La «Crónica Albeldense» nada dice de la ascendencia de Ramiro, ni de su elección como rey. En su versión, Ramiro se hizo con el trono tras derrotar a Nepociano, «junto al puente del Narcea». Y Nepociano, según coinciden las listas de los reyes conservadas en varios códices, sucedió a Alfonso II y precedió a Ramiro I. Lo que no aclaran esas listas reales es el tiempo que duró el reinado de Nepociano.

En el relato de la «Crónica de Alfonso III», a la muerte de Alfonso II, Nepociano, conde de palacio, se aprovechó de la ausencia de Ramiro para hacerse con el reino de forma ilegítima. El de conde de palacio era un cargo que no había existido en la corte visigoda y sí en la carolingia, en la que constituía el máximo responsable de la administración cortesana. Ramiro se encontraba en la provincia de Vardulia para tomar esposa y al tener noticia de la muerte de Alfonso II buscó refugio en Galicia, concretamente en la ciudad de Lugo, donde reunió un ejército para regresar a Asturias a recuperar o lograr el trono. La «Sebastianense» matiza que Ramiro, desde Lugo, en Galicia, se «hizo con el ejército de toda la provincia» y marchó hacia Asturias, donde le salió al encuentro Nepociano, apoyado por astures y vascones.

Las alianzas étnicas que se producen en este conflicto sucesorio tienen su explicación. Los astures defendían, sin duda, la legitimidad de Nepociano como heredero de Alfonso II, y los vascones, probablemente, a un miembro de su pueblo, pues Nepociano debía pertenecer a la familia de Munia, la princesa vascona madre de Alfonso II.

El apoyo de los gallegos a Ramiro se explica por alianzas y lazos matrimoniales. Sánchez-Albornoz supuso que la primera esposa de Ramiro era gallega basándose en la existencia documentada de un personaje llamado Gatón, que fue conde del Bierzo durante el reinado de Ordoño I. Este Gatón era o bien hijo de Ramiro I y hermano de Ordoño I, o cuñado de éste, y poseía numerosos bienes en Galicia, sobre todo en Triacastela (Lugo). En cualquiera de los dos casos, Ramiro había establecido fuertes alianzas en Galicia antes ya de la muerte de Alfonso II; de ahí que se dirigiera a Lugo para reunir fuerzas con las que asaltar el trono astur. No sabemos si había conseguido también la alianza con los castellanos, fin que perseguía su matrimonio con Paterna, perteneciente a la nobleza de esa zona. Un pariente de ésta, Rodrigo, aparece en la documentación como el primer conde de Castilla.

Ramiro debió de tardar bastante tiempo en sellar alianzas y pactos para reunir su ejército gallego. Una vez logrado, marchó sobre Oviedo. De su expedición supo Nepociano, que salió a su encuentro con una tropa integrada por astures y vascones. Debía ser la primavera de 843, o mejor, 844, y el choque, del que ignoramos los detalles, se produjo junto a «un puente sobre el río que se llama Narcea». Ese puente del río Narcea hay que localizarlo en las proximidades de Cornellana, importante nudo de comunicaciones desde época romana. Allí confluían la vía que desde Lugo de Llanera («Lucus Asturum») conducía a Lugo de Galicia («Lucus Augusti») y la que venía de tierras de León por el puerto de La Mesa. En la margen derecha del Narcea, frente a Cornellana, hay un lugar llamado Casas del Puente, donde hay vestigios de un viejo puente que, al parecer, cayó de viejo en 1580. Según la «Rotense», una vez entablado el combate Nepociano fue abandonado por los suyos, tras lo cual se dio a la fuga. La «Sebastianense» no llega a mencionar si hubo encuentro armado, pues dice que sin tardanza fue abandonado por los suyos. La «Albeldense» dice a las claras que Ramiro «venció a Nepociano junto al puente del Narcea».

Perdida la batalla, Nepociano emprendió la huida, siendo apresado por los condes Escipión y Sonna cuando marchaba hacia el oriente, a la región de Primorias (la zona de Cangas de Onís). Capturado, se le aplicó la ley II, 1, 8 del «Liber Iudicum», establecida por Chindasvinto, que castigaba con la ceguera a quienes delinquían contra el príncipe.

Poco después de esta batalla se produjo la llegada ante la costa de Gijón de una flota de normandos. La «Rotense» dice que los normandos eran un pueblo desconocido hasta entonces para ellos, paganos e infinitamente crueles. Los normandos no llegaron a desembarcar en Gijón, pero sí lo hicieron en el lugar llamado Faro Brigancio, que hay que identificar con La Coruña. Ramiro había movilizado un gran ejército y les plantó batalla. Según la «Crónica de Alfonso III», los normandos sufrieron muchas bajas y perdieron varias naves, quemadas por el ejército de Ramiro. El resto de la flota continuó viaje hacia Sevilla, ciudad en la que causaron grandes destrozos, de los que da cuenta el historiador árabe Ibn Hayyan, en su «Almuqtabis». Era el final del verano de de 844.

Tras derrotar a Nepociano, Ramiro hubo de hacer frente a lo que las crónicas califican de nuevas rebeliones, seguramente seguidores del rey destronado o parientes en diverso grado de Alfonso II, abriendo un período que no dudan en calificar de «guerras civiles». El cronista autor de la «Rotense» escribe: «Dos magnates, un prócer y el otro conde de palacio, se levantaron en su soberbia contra el rey. Pero cuando el rey conoció sus designios, a uno de ellos, cuyo nombre era Aldroito, ordenó que le sacaran los ojos, y al otro, de nombre Piniolo, lo mató por la espada con sus siete hijos». La «Albeldense"» que califica a Ramiro de «vara de justicia», cuenta que «acabó con los bandoleros arrancándoles los ojos. Terminó con los magos por medio del fuego, y con admirable celeridad desbarató y exterminó a los rebeldes». No cabe duda, ante estos hechos, que Ramiro era un hombre de recio carácter, buen temple y mano dura.

Aparte de estos episodios de luchas internas, añaden las crónicas cristianas que hizo dos veces la guerra contra los sarracenos, saliendo victorioso, sin dar más detalles. Por el contrario, Ibn al-Athir y otros historiadores árabes cuentan que en septiembre de 845, un ejército musulmán penetró en Galicia, llegando a la ciudad de León, a la que pusieron sitio. Abandonada en la noche por sus habitantes, fue saqueada y destruida, aunque no lograron abatir sus murallas, «pues tenían diecisiete codos de ancho». Según las crónicas cristianas, León no fue repoblado hasta el reinado de Ordoño I, planteando esta noticia la cuestión, no resuelta, de si hubo un previo intento de repoblación por parte de Ramiro, o si la ciudad estaba ocupada por gentes del entorno que se hallaban fuera de control cristiano y musulmán.

Pero, sobre todo, Ramiro I pasó a la historia como un rey «constructor», por los excepcionales monumentos que mandó levantar en el Naranco. Dice la «Rotense»: «Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo». La «Sebastianense» da nombre a una de las construcciones, una iglesia en memoria de Santa María, a la que califica de «admirable belleza y hermosura perfecta», y añade, que «si alguien quisiera ver un edificio similar a ése, no lo hallará en España». Murió en su palacio del Naranco el 1 de febrero de 850 y sus restos fueron enterrados en Oviedo, en el panteón real de la iglesia de Santa María construida por su antecesor Alfonso II.