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de lo nuestro Historias Heterodoxas

Cuando Laviana declaró la guerra a Alemania

En 1917, en plena Gran Guerra, el concejo se declaró cantón federal, dando respaldo a la decisión tomada por China de abrir hostilidades contra esta potencia europea

La visión simbólica de la amistad entre lavianeses y chinos en tiempos de la Primera Guerra Mundial. Alfonso Zapico

Conversar con Paco Trinidad siempre es interesante. Desde hace algún tiempo, solemos llamarnos para tomar un café, comentamos la actualidad y hablamos de lo divino y de lo humano –cada vez más lo segundo–; pero de alguna manera, en cada encuentro acaban colándose las referencias a Clarín, Palacio Valdés y los acontecimientos históricos de Mieres y Laviana.

Los dos concejos han tenido una evolución similar, como todos los de la Montaña Central. Dejaron atrás su pasado agrícola para vivir siglo y medio de minería e industrialización y ahora dormitan a las puertas de un futuro más que incierto. En este tránsito, ambos territorios fueron referentes de la evolución del movimiento obrero y se lo jugaron todo en dos ocasiones: el primer día de la insurrección de 1934, Mieres proclamó la república socialista; pero antes, durante la huelga revolucionaria de 1917, Laviana también se declaró cantón federal.

La última tarde hablamos de esta huelga y Paco recordó que había incluido en su libro "Socialismo en Laviana 1902-2017" una referencia sobre un hecho curioso que se produjo entonces en esta localidad y publicaron al menos dos diarios de otras provincias, aunque fue ignorado por la prensa asturiana.

Una vez confirmados estos datos, la anécdota me parece tan original que no puedo evitar traerla a esta página. Aunque antes debo recordarles alguna cosa sobre el contexto en que se produjo, cuando la vida española estaba marcada por dos acontecimientos: el desarrollo de la Primera Guerra Mundial y la conmoción que supuso la propia huelga revolucionaria.

En cuanto a la Gran Guerra, como seguramente sabrán ustedes, desde su inicio en julio de 1914 el mundo se partió en dos bloques que apoyaban a sendas coaliciones: por un lado, la Triple Alianza formada por las llamadas Potencias Centrales: el Imperio alemán y Austria-Hungría, y por otro la Triple Entente, que unía al Reino Unido, Francia y el Imperio ruso. En aquella locura llegaron a movilizarse más de 70 millones de combatientes, de los cuales 60 millones eran europeos.

España aún se estaba recuperando del desastre de 1898 y había pasado de ser una potencia colonial a un país de segunda, por ello mantenía su neutralidad; sin embargo, en las calles la opinión pública también se encontraba dividida entre germanófilos y aliadófilos. De manera general, los conservadores apoyaban a los Imperios alemán y austro-húngaro, más autoritarios, mientras que la clase obrera, los progresistas y muchos intelectuales estaban del lado del Reino Unido y Francia, que eran más democráticos.

Con este escenario de fondo, en aquel mes de agosto se estaba desarrollando en toda España una huelga que pretendía ser general y revolucionaria, con el objetivo –según Largo Caballero– de transformar completamente la estructura política y económica del país. La habían convocado la UGT y el Partido Socialista Obrero Español y estaba secundada por los reformistas de Melquiades Álvarez, los republicanos radicales de Alejandro Lerroux y hasta el sindicato anarcosindicalista CNT. Lógicamente, resultaba muy difícil coordinar unas posturas tan diferentes y la revuelta no duró mucho porque no se logró un plan de acción común.

No obstante, aunque el llamamiento tuvo poco seguimiento en las zonas rurales, sí se detuvieron las actividades industriales en Vizcaya y Barcelona y el paro afectó a grandes ciudades como Madrid, La Coruña, Valencia y Zaragoza. y –como era de esperar– triunfó en las cuencas mineras de Jaén, Río Tinto, León y Asturias.

Aquí se registraron incidentes violentos por las dos partes –huelguistas y fuerzas del orden–, y estas tuvieron carta blanca para actuar sin miramientos, tanto mientras se desarrolló, como en la represión que le siguió. El ejemplo más trágico fue el "tren de la muerte", que se dedicó a recorrer el trayecto a lo largo de la cuenca del Caudal disparando a todo lo que se movía en los alrededores de la vía con el objetivo de amedrentar a la población. Como consecuencia se registraron varios muertos inocentes, que no tenían nada que ver con la existencia de los piquetes que intentaban interrumpir el tráfico ferroviario.

En el Nalón la huelga tuvo menor seguimiento y no hubo víctimas, pero en Laviana los rebeldes abrieron la cárcel para liberar a los presos comunes e intentaron asaltar el puesto de la Guardia Civil donde fueron convencidos por el único número que se encontraba allí para que desistiesen en su empeño. Se trataba de Juan Fernández Martínez "Juanelo", quien a pesar de que se encontraba enfermo se dirigió desde el balcón a ochenta hombres armados con fusiles y dinamita para que respetasen el cuartel.

Paco Trinidad resalta en su libro el valor de este guardia que "habría de dejar una estela de leyenda en la historia de Laviana" y no tardó en militar en las filas socialistas, presidiendo al año siguiente la Agrupación Socialista de esta villa.

Así las cosas, el 14 de agosto llegó a España una noticia que, aunque tenía poco que ver con las reivindicaciones de la huelga, fue celebrada como algo propio por quienes la secundaban: la lejana China acababa de declarar la guerra a las Potencias Centrales y, por algún motivo que desconocemos, los lavianeses unieron a sus peticiones revolucionarias una felicitación pública al desconocido país asiático. Supongo que lo mejor es que vean cómo lo contó el diario tradicionalista "El Correo español" el martes 21 de agosto de aquel 1917:

"Otro documento hay, vivo y curioso: el ejemplo de la República que proclamaron los reformistas de Pola de Laviana, los cuales, después de adherirse a la asamblea y recabar su autonomía, hicieron ejercicio de ella aboliendo el régimen monárquico, erigiendo el cantón federal y tomando el solemne acuerdo de sumarse a China y declarar la guerra a Alemania".

Y el mismo día, otro periódico conservador, "El Salmantino", lo repetía en un apartado sobre las acciones más llamativas que estaban protagonizando los revolucionarios y que tituló "Detalles bufos": "En Laviana (Asturias) soltaron a los presos de la cárcel, encerraron en esta al juez, de quien se creyó que había abandonado el destino, proclamaron la república y acordaron declarar la guerra a Alemania".

Creo que estos dos breves párrafos justifican que hoy les haya presentado este episodio y son de lo más insólito que les he contado en todos estos años. No sé si es más curiosa la proclamación del cantón federal de Laviana, la declaración de guerra a una potencia soberana o la decisión de apoyar de tú a tú a la nación más poblada del mundo.

Lo cierto es que pocos días más tarde, cuando todo acabó, los protagonistas de esta intentona fueron despedidos de sus trabajos y hubo varios detenidos. Sin embargo, parece que la euforia revolucionaria solo se limitó a unos pocos y no llegó a prender entre la ciudadanía, ya que según "El Noroeste", en Laviana se recibió a los militares con cariño y la juventud obrera pidió permiso para organizar un baile en su honor, aunque no llegó a celebrarse porque la autoridad no concedió la autorización, sin que a nadie le pareciese mal la negativa.

Finalmente, la huelga general de 1917 se cerró, según las cifras que manejan los historiadores, con un balance de entre 52 y 80 víctimas civiles para todo el Estado, además de 156 heridos y unos 2.000 detenidos. Por otra parte, Alemania acabó perdiendo aquella guerra mundial, que finalizó el 11 de noviembre de 1918, pero las condiciones que le impusieron los vencedores fueron tan drásticas que alimentaron al demonio nazi y abrieron el camino a una segunda contienda.

En cuanto a los chinos, ningún soldado de esta nacionalidad llegó a entrar en combate y su declaración fue solo una maniobra política para buscar la protección de Europa y Estados Unidos frente a las amenazas de los japoneses que se preparaban para ocupar algunos de sus territorios. Sin embargo, quienes sí sufrieron las consecuencias de la contienda fueron los trabajadores que viajaron hasta Europa como mano de obra barata. Se calcula que al final de la guerra habían llegado unos 700.000 efectivos, la mayoría jóvenes que buscaban mejorar sus condiciones de vida.

En Francia los orientales fueron tratados como otros emigrantes. Sin embargo, los que quedaron bajo control inglés vivieron en un régimen muy parecido a la esclavitud.

Según el historiador de Hong-Kong Xu Guogi fueron recluidos en campos de trabajo y tratados como si fuesen prisioneros, cavaban trincheras durante diez horas diarias durante seis días a la semana por un miserable sueldo diario de entre uno y tres francos y sufrían comportamientos racistas lo que produjo frecuentes revueltas.

Incluso después de la guerra unos 80.000 chinos se quedaron en Francia y Bélgica reconstruyendo edificios, enterrando los esqueletos que sembraban los campos de batalla y limpiando las minas sembradas por las tierras de cultivo.

La andadura del cantón federal de Laviana fue muy breve, pero es una prueba, tanto del ansia que tenían aquellos obreros por darle un vuelco al orden establecido, como de su ingenuidad.

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