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Jesús Menéndez Peláez

Sacerdote de culto al libro antiguo

Con pena, tristeza, consternación y dolor –en perfecta sincronía– sacudieron mi mente y mis sentimientos, cuando, a través del redactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón, Eloy Méndez, conocía la triste noticia de la muerte de Tino Vetusta (Constantino Gómez). Él creó la llamada Librería Vetusta, un verdadero templo dedicado al libro antiguo en la calle de La Merced. En su pequeño recinto asistíamos a unas paraliturgias con sus horas canónicas dentro de una modesta, pero fiel, comunidad de asiduos monjes laicos; el culto matinal no era muy madrugador; hacia la hora de tercia se abría el templo; el culto de sexta y nona no atraía a mucha feligresía. Mayor afluencia de parroquianos acudía a las horas canónicas vespertinas (vísperas y completas). “Tino” presidía aquellos actos y mantenía en todo momento el decoro escénico, desde su atuendo –donde no faltaba la pajarita– hasta el gesto y la palabra, siempre atinados, precisos y mesurados en consonancia con unos anaqueles llenos de libros –cuyos lomos en piel repujada y con letras en pan de oro y con una iconografía referente al libro y la lectura–, transmitían paz, tranquilidad y sosiego. La música clásica de fondo presidía la liturgia. Un verdadero “locus amoenus” para el espíritu. A estas ceremonias asistí con gentes muy diversas: José Luis Novalín, Francisco Quirós, José Luis Pérez de Castro... pero sobre todo las más frecuentes y deleitosas eran con José Antonio Mases, uno de los escritores, desde mi modesta opinión, que mejor trata a nuestra lengua, la lengua de Cervantes, tanto en sus novelas como en sus artículos semanales; en su etapa nonagenaria sigue, –y esperemos que durante muchos años más–, ejerciendo de maestro de cómo se ha de tratar a nuestra lengua; sé que sentirá también mucho la pérdida de este amigo común.

Aquellas inolvidables paraliturgias en honor del libro antiguo se clausuraron cuando “Tino” decide jubilarse. Sin embargo, nuestra relación siguió viva. La nostalgia de su aldea perdida, en el concejo de Belmonte, le atraía cada vez más. Allí, creo, terminó su peregrinación existencial y nos dejó el recuerdo de la Librería Vetusta que forma ya parte de la historia de Gijón; de ese Gijón de quien alguien dijo que era la Atenas del Norte de España (creo que fue el añorado Juan Cueto). En la mitología griega, Atenas era la diosa protectora de la sabiduría; desde tiempos inmemoriales el libro se convirtió en el medio más importante para acrecentar la sabiduría. Desde el papiro al papel, pasando por la arcilla o el pergamino, estos fueron los materiales que el hombre utilizó durante siglos para transmitir su sabiduría; de ahí que Gutemberg haya conseguido quizás uno de los mayores logros en la historia de la humanidad para transmitir los conocimientos; fue una auténtica revolución. Pero la historia del libro impreso está pasando por una crisis debido a la revolución electrónica. Sin duda, un medio más cómodo y más económico que el libro impreso, pero carente de la sensualidad que emana del libro tradicional.

Las gentes de mi generación recordarán el perfume que emanaba de los libros impresos en la Argentina, por ejemplo de la así llamada “Colección Austral”. Acariciar ediciones del siglo XIX, en piel, proporciona al tacto una sensualidad que invita, cuando menos a hojearlo y hacer una excursión por sus páginas. Los grabados –en sus distintas técnicas– fueron siempre un halago a la vista que entusiasmaba a la sociedad aristocrática y burguesa del renacimiento. Una visita a la ciudad de Amberes nos permite contemplar lo que fue una de las prensas más importantes de la Europa renacentista del siglo XVI: el museo de Plantino-Moreto. Las ediciones de Christopher Plantino son consideradas hoy auténticas joyas; él consiguió del rey Felipe II el privilegio de editar, para todo el reino de la España del Siglo XVI, los llamados “libros de nuevo rezado” (misales, breviarios, rituales...), es decir, los libros litúrgicos que eran los más demandados. Lo mismos se podría decir de las prensas de Lyon o Venecia. En España, son bien estimadas las ediciones Joaquín Ibarra o Antonio de Sancha en el siglo XVIII. Todo eso es ya historia. Si de la imprenta pasamos al manuscrito la sensualidad se extrema. El pergamino fue el medio por el cual los medievales nos transmitieron su sabiduría. “Claustrum sine armario, quasi castrum sine armamentario” decía un viejo aforismo monástico, es decir, un convento o monasterio sin una buena biblioteca es como un campamento sin armas. De ahí que el “scriptorium” o biblioteca tanto monacal, episcopal o palatino ocuparan las mejores estancias de la arquitectura residencial medieval. Quienes hayan leído o visto “El nombre de la Rosa” podrán recordarlo.

Disfrutar del libro antiguo es un placer cada vez más escaso. Gijón tuvo esta oportunidad durante muchos años merced a la Librería Vetusta. Pocas ciudades en España tuvieron este privilegio; así me lo comentaban mis colegas universitarios españoles y extranjeros, pues la visita a la Librería Vetusta formaba parte de mi guía turística de Gijón. Pero Tino Vetusta, primero se jubiló, y ahora nos deja para siempre. Amigo Tino, cuando te jubilaste, eché mucho de menos tu templo y tu liturgia. Ahora me consuela saber que una parte de tu espíritu se trasladó a mi modesto templo dedicado también, en buena parte, al libro antiguo que custodia para siempre la biblioteca de la Fundación Valdés-Salas. También me consuela saber que tus amigos seguiremos recordándote hasta que nos llegue la hora de arribar a la otra orilla de la eternidad. Hasta siempre.

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