Blog 
Susu in the sky
RSS - Blog de Susana Moll Sarasola

El autor

Blog Susu in the sky - Susana Moll Sarasola

Susana Moll Sarasola

Soy cantautora y madre de dos hijos.

Sobre este blog de Sociedad

En este espacio me gustaría tratar temas de diversa índole. Me interesan tantas cosas!


Archivo

  • 25
    Agosto
    2019

    Comenta

    Comparte

    Twitea

     
    SOCIEDAD Oviedo

    Mujer viento

    Mujer viento

    Ya sé que la absoluta libertad no existe en vida. Tal vez la liberación tras la muerte sea lo más parecido. Pero desde muy niña ella tenía un aferrado sentimiento de libertad. Aunque sus padres la habían bautizado con el nombre de María Garbiñe, María por el asunto de que en aquel entonces no se podía poner un nombre vasco sin el María delante, muy pronto ese nombre derivó en Garbí. Nombre del viento mediterráneo del suroeste que se conoce también como Siroco.

    De cabello negro y piel tostada Garbí tenía además una mirada abisal y una sonrisa de esas que resultan contagiosas.

    Era muy curiosa y se hacía muchas preguntas sobre el sentido de la vida pero lo más característico en ella era esa necesidad de no sentirse atada a nada ni a nadie, igual que el viento.

    De una forma u otra terminaban queriendo cortarle las alas. No es que fueran malas personas, ni mucho menos, de hecho conoció a gente buena. Sólo es que, a su vez, también estaban aprendiendo lo que era el amor. En realidad nadie lo sabía aunque algunos lo pretendieran.

    Ella lo supo cuando nacieron sus hijos.

    A partir de ese momento todo lo compartió con aquellos dos pequeñajos. Les cantaba y leía cada noche. Escribían y pintaban, y algunas tardes de lluvia salían a saltar charcos. Y así fueron pasando los años.

    Cuando llegó a aquel hotelito en el Montseny ya era de noche.

    Al salir del coche observó emocionada que las estrellas brillaban en todo su esplendor.

    Abrió la puerta de la recepción. Olía a mermelada.

    Pensó que aquella mujer tenía un halo especial.

    Llevaba gafas y un kayal negro un punto azulado que hacía que sus ojos parecieran aún más grandes. El pelo canoso algo liláceo. Seguramente era ella la que cocinaba esa mermelada tan rica.

    Cuando ambas se detuvieron frente a la habitación 22 Garbí sonrió. Una vez más le tocaba un número capicúa.

    La señora dejó una manta sobre la cama y le mostró cómo funcionaba la tele y el aire acondicionado.

    —No creo que vea mucho la tele —dijo sin excesivo entusiasmo.

    La pobre mujer se peleó un rato con el mando que seguramente sólo andaba bajo de batería. 

    La habitación era acogedora. Todos los muebles eran de madera. Además de la cama había un escritorio junto a la ventana. Allí podría concentrarse y escribir. Tenía que acabar su novela.

    Garbí echó un vistazo general y abrió una ventana. El fresco de la noche aireó bien la habitación. Sintió frío y cerró de golpe. Y cuando ya parecía estar todo aclarado, de pronto, aquella señora se quedó mirándola a los ojos.

    —¿Qué sucede? —preguntó sorprendida.

    —Me recuerda a alguien.

    —¡Usted también! —exclamó casi inmediatamente.

    —No quisiera incomodarla —la mujer trató de restarle importancia.

    Bajó la mirada y de paso colocó la bolsa de basura en la papelera.

    —No me incomoda en absoluto —respondió, y resopló para apartarse el flequillo de los ojos—. Yo también he tenido esa misma sensación de familiaridad con usted.

    ¿Y ese olor tan rico?

    —Ah! Sí, me encanta cocinar mermeladas. Yo misma recojo la fruta del bosque. Esta tarde estuve haciendo varias.

    Aquella mujer transmitía buen rollo.

    —No quiero meterme donde no me llaman —dijo la señora ya a punto de irse— espero que descanse bien pero sobre todo no se deje llevar por la corriente. ¿Sabe a lo que me refiero?

    — Lo tendré en cuenta —Garbí le hizo un guiño.

    Era cierto. Tenía que volver a confiar en ella misma o si no la vida se la comería. O lo que era peor aún, no lograría acabar la novela.

    Sus hijos se habían hecho mayores y a penas la necesitaban. Y ahora más que nunca le costaba recuperar su libertad.

    Se dice que el pájaro enjaulado no siempre logra volver a ser libre.

    Aquella mujer lo había percibido. Ella temía ser ese pájaro.

    Garbí se dejó caer sobre la cama como un peso muerto. Por un momento pensó en ellos, en sus hijos, y se quedó profundamente dormida.

     

     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook