Opinión

La Cornisa Cantábrica, una realidad a construir

Que Asturias encuentre su sitio es lo importante, saber hacia dónde ir y con quién, pero especialmente para qué: el frente del Cantábrico abre una oportunidad desde la que orientarse

El presidente de Galicia, Alfonso Rueda, conversa con Barbón en un momento de la comparecencia tras el encuentro de Vitoria. | Irma Collín

El presidente de Galicia, Alfonso Rueda, conversa con Barbón en un momento de la comparecencia tras el encuentro de Vitoria. | Irma Collín

El caso de la Cornisa es curioso. Estamos ante un espacio con abundantes elementos de homogeneidad: un pasado rural e industrial común, una estructura productiva con pilares semejantes, una geografía idéntica, condiciones climáticas similares y hasta rasgos urbanos, folclóricos e incluso étnicos muy parecidos. Sin embargo, nunca existieron entre las distintas comunidades que la integran elementos de cohesión a la hora de desarrollar su actividad social, política, cultural y económica, ni algún tipo de guiño para defender intereses compartidos. Asturias, Galicia, Cantabria y Euskadi, que ahora plantean una alianza, se han respetado y competido, pero han vivido de espaldas casi siempre. Todo lo que sea poner en valor el Cantábrico es positivo. Llama la atención que no se haya intentado antes. 

"La salida ferroviaria al Este queda archivada, pero la historia, que es implacable, la recuperará. Espero que la naturaleza les dé salud a los señores diputados para que lo vean". Han tenido que pasar 35 años desde aquel 27 de julio de 1988 para que las palabras del entonces presidente regional, Pedro de Silva, adquirieran valor profético. Fue el día en el que, forzado por su minoría parlamentaria, enterró con ese epitafio en la Junta el tren hacia Europa para asumir la variante de Pajares y el desdoblamiento de la autopista del Huerna, como pretendía la oposición. A ambas obras se oponía entonces el PSOE. El volantazo le costó una grave crisis interna, pues sus compañeros socialistas siguieron rechazándolas hasta 1997. El ferrocarril hacia las alas renace al calor de la "cumbre de la crema de fabes con pixín", celebrada por las comunidades del Norte en Vitoria.

Lo más relevante de esta alianza fraguada el lunes, secundando la estela del lendakari, es el cambio de postura del Gobierno de Ajuria Enea: por primera vez vuelve la vista a sus vecinos de rellano. Bienvenida sea la rectificación si redunda en beneficio de objetivos comunes justos, equilibrados y equivalentes, y no orilla las prioridades de Asturias respecto al Corredor Atlántico y su ambición de convertir El Musel en el gran enclave logístico de la Meseta.

La situación en la que han colocado al País Vasco la pujanza del Mediterráneo y el desplazamiento hacia el Este del epicentro de la UE tras el brexit motiva su radical cambio de táctica. Hasta ahora, Euskadi jugaba la partida por libre. Optaba por la bilateralidad y prefería a Bruselas antes que al resto de España. Cuando Francia cercena sus planes de salida rápida hacia París, el lendakari aprecia la importancia de sumar a su travesía a otros socios. Cómo no van a adherirse Asturias, Galicia y Cantabria a la causa si hasta el País Vasco, aunque sea apremiado por las circunstancias, admite ahora la importancia de las actitudes colaborativas. Eso sí, de ingenuos sería cabalgar la ola desde el papanatismo, la impulsividad o el oportunismo, yendo a remolque de otros y sin ideas propias y meditadas con las que enriquecer una coherente ambición colectiva.

Los asistentes a la cita salieron encantados por razones diferentes. El gallego Rueda tendrá que pasar por las urnas en un año y, tras suceder a Feijóo, está cimentando un liderazgo. Al cántabro Revilla le obsesiona no convertirse en isla. Al presidente asturiano le brindan una caja de gran resonancia y la ocasión de jugar en otra liga. Pero dentro de ese vasto territorio hay criterios contrapuestos de cómo se articula y qué significa una macrorregión cantábrica. No olvidemos tampoco la experiencia. Aunque por múltiples razones parece lógico otorgar la voz cantante a Euskadi, la industria asturiana creció en fuerte competencia, cuando no antagonismo, con la suya. De la rivalidad nunca salió favorecida.

Unirse por unirse aporta poco. El Principado ya forma parte de otras dos eurorregiones sin que se note y participa en foros con todas las autonomías excepto Madrid y el Levante. No sería desdeñable acercarse a ambas, hoy por hoy los polos de desarrollo de España, aunque la proximidad al resto tampoco brilla por sus frutos. Un concordato cantábrico de verdad tiene sentido, pero implica un trasfondo que va más allá de señalar lo que se aprecia de un vistazo sobre el mapa –la desconexión del Norte– o de lo que subrayan los tópicos –la unión hace la fuerza, solos no podemos–.

Los ciudadanos quizá perciben la Cornisa como una entidad débil y etérea. Una realidad a construir. Parte de la culpa recae en la falta de infraestructuras vertebradoras. No empezaron a visualizarse hasta época reciente, cuando la vieja ruta Esmeralda de los años 70 cristalizó en la autovía del Cantábrico. Una adecuación del ferrocarril actual también contribuirá a afianzar las costuras. La prioridad, desde Jovellanos, fue el eje Norte-Sur. Con lealtad, eficacia y respeto, no parece incompatible conjugarlo con el impulso al corredor Este-Oeste. Que Asturias encuentre su sitio es lo importante. Saber hacia dónde ir y con quién, pero especialmente para qué. El frente del Cantábrico abre una ventana de oportunidad desde la que orientarse. Nunca es tarde cuando se tiene claro el rumbo.