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La Nueva España de Siero

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Ricardo Junquera

La donación de Sabino

Vaya por delante que el nombre de Sabino es ficticio; evidentemente ni este lugar ni ningún otro son válidos para transgredir las normas del secreto profesional. Pero sí que nos sirve para identificar en él a todos aquellos padres y madres que a menudo se nos presentan en la notaría con la sana intención de "poner ya los bienes a nombre de los hijos, para que cuando faltemos nosotros ellos no tengan problemas".

Sana intención, sí, pero incorrecta, salvo que se trate de donación de bienes concretos en situaciones concretas, o que los padres tengan patrimonios muy amplios. Y me explico: por una parte la fiscalidad de las donaciones en el Principado de Asturias, al día de hoy, no es la misma que la de las sucesiones hereditarias. Lo que por esta última vía, por la de herencia, posiblemente esté exento, es decir, no haya nada que pagar, por la vía de la donación no está exento, es decir, hay que pagar. Repito que hablo al día de hoy y en nuestra comunidad. Cosa diferente es que uno resida en otra de las múltiples comunidades autónomas que integran nuestra querida España en las que las transmisiones entre padres e hijos por vía de donación están también prácticamente exentas; que eso de que en este país somos todos iguales ya sabemos también casi todos que no es cierto.

Y por otra parte, nuestros queridos y a veces amados hijos son lo mejor de nuestras vidas, claro. Pero de momento, mientras Sabino y Sabina anden por aquí todavía, que sean ellos los que manden y los que tengan los bienes en su poder, que la vida da muchas vueltas. Y las da.

Y ahora os cuento lo del Sabino de la historia. Hace muchos años, casi treinta ya, se presentó Sabino en la notaría; un paisano viudo que venía con una de sus hijas, con la que convivía junto con su marido y los hijos de estos, nietos de Sabino. La casa en la que vivían era de Sabino. Y Sabino venía para poner la casa a nombre de esa hija, que era la que le cuidaba, la que le atendía, la que miraba por él. Como siempre en estas situaciones, nos quedamos solos con el padre o la madre o con ambos si es el caso, para que nos expliquen sin interferencias lo que de verdad quieren hacer. Y Sabino lo tenía claro: la casa para mi hija, la que está ahí fuera, que es la que me cuida. Las demás solo vienen de visita o no vienen. Pues haz testamento, Sabino, le aconsejamos, que para eso están; y mientras vivas tuyo es lo que tienes, y escritura la primera y testamento el último, por si en un acaso quieres cambiarlo algún día. Y Sabino que no, que erre que erre, que lo quería hacer ya y sin reserva de usufructo ni nada por el estilo, que su hija es su hija. Y el notario, ya jubilado, se acercó a él, y le dijo despacito: "Sabino, eso así, no lo hagas". Y Sabino se marchó aquel día cabizbajo y de mal humor. La hija, no os comento.

Pero he aquí que pocos días después volvió Sabino por la notaría. Con su hija. Y esta vez ya no hubo forma; que ustedes ya me han dicho lo que hay y a mí nadie me va a decir lo que tengo que hacer con mis hijas ni con mi casa. Tú mismo, Sabino, le dijimos. Tú mismo. No podemos decirte más y sabes bien lo que estás haciendo. Y firmó.

Y he aquí de nuevo que a los tres días Sabino resucitó y volvió por la notaría. Esta vez bien temprano, nada más que abrimos. Y solo. Y llorando, sí. Su hija le había puesto en la calle. Tal cual.

No sé bien en qué paró aquello; a Sabino le aconsejamos que se pusiera en manos de un profesional para ejercer las acciones legales a que hubiera lugar e intentar paliar el daño en la medida de lo posible, que nosotros ya no podíamos hacer nada, y él estaba advertido de lo que podía pasar.

Creedme que esta historia tenemos que contarla a menudo a muchos otros Sabinos y Sabinas.

Otro día hablaremos de las diferencias fiscales de vivir aquí o en otros sitios de esta nuestra España. Que no todos los Sabinos, o Sabinas, somos iguales.

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