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Isabel Menéndez Benavente

Tormenta de ideas

Isabel Menéndez Benavente

Feliz Navidad

Es el día. Esta noche. Esa que llevo esperando tres años. Por fin reuniré a todos mis hijos y a mis nietas en Nochebuena, y será la primera vez con la más pequeña. Tres años que han sido una pesadilla para mí. El maldito covid. Ya, ya sé que para mucha gente es solo una noche y que puedo tenerlos en otros momentos. Pero, ¿saben?, la Nochebuena es especial. Soy creyente y por tanto para mí es un cumpleaños divino.

Era una noche tan tan maravillosa en mi casa. El nacimiento que habíamos traído de la Escolar lo había escogido ella. Aún es moderno y diferente. Es el que tengo yo en mi casa. Con figuras mutiladas, porque ese belén tiene casi 60 años, pero nunca nunca me desprenderé de él. Cada noche le iba dar un beso a un niño Jesús, que es una figura preciosa, original y tierna. Y también recuerdo pedirle con todas mis fuerzas que dejara a mamá quedarse algo más con nosotras, después del diagnóstico. Porque ella era la Navidad. Puedo oler todavía el cordero que hacía y veo a papá colocar copas de champán para que el líquido fuera corriendo en una pirámide perfecta. Puedo vernos a todas, las cuatro hermanas, con las mejillas rojas por la excitación y los nervios… porque, aunque no venía Papá Noel, ni falta que nos hacía, el amor con el que mamá decoraba toda la casa, nos hacía sentirnos tan tan bien, tan felices, tan especiales, que tantas décadas después sigo volviéndome niña en Navidad. Como ella. Como fue ella toda la vida. Todo lo que tocaba era magia, la misma que yo trato siempre de transmitir, aunque sé que no lo he logrado en todos mis hijos, pero quiero conseguirlo en ellas, en mis niñas, las que van a disfrutar del minibelén, pero con lago y todo, y hasta una minihoguera que hemos puesto. Y ya les he dicho la semana pasada que he puesto todas las luces del mundo, porque sé que a ellas les encantará, y el árbol más grande que he encontrado, y la casa llena de recuerdos, de vida, en la que respiras Navidad. Esa en la que los echo tantísimo de menos, pero que, al sentarme en la mesa, y verlos a ellos, a mis niños y a mis nietas, siento que todo se ha cumplido en mi vida, que lo he conseguido, aunque esté tan cansada.

Me faltan mis otras dos hermanas, que por distintas circunstancias ya no vienen, y que, por supuesto entiendo, pero daría algo por volver a tenerlas a todas a mi mesa. Y no, no he madurado. Sigo queriendo que nos juntemos todos, sobrinas, hermanas, hijos, quiero que corran por la casa, que griten y canten villancicos y llorar cuando suene Noche de paz, porque era su villancico. Y cuando todos se vayan, me quedaré, como siempre, en el salón, con la luz apagada, mirando el árbol, sentada en la escalera y lloraré, cómo no, porque sé que esa mesa poco a poco va quedándose vacía, porque ellos tienen su vida, y la mía, pues se va acabando. Y le daré un beso a mi niño Jesús y le pediré que algún día nos vuelva a reunir porque aún necesito vivir más Nochebuenas en las que pueda sentirme tan llena, tan completa, tan niña… ya saben. Mis sueños, esos sueños locos que hacen que pueda seguir viviendo. Feliz Navidad.

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