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Sariego

Nuevas epístolas a "Bilbo"

José Manuel Sariego

Álbum de daguerrohaikus (10)

El perro eres tú, "Bilbo". La muerte, la de toda la vida: una tipeja con cara de calavera, saya talar y guadaña en ristre. Ambos, la muerte y tú, ocupáis la mayoría de las páginas del álbum familiar: Una marabunta de cuadrículas de papel baritado (en el caso de ella) o plastificado (en el tuyo). El tío Lolo, baritado, asoma.

El perro

Agarradera

frente a las turbulencias,

rasguñas mi piel.

Pereza me da solo pensar cómo reordenar los días cuando tú nos faltes, peludo. Quizás esté mal que lo reconozca, pero sí, más que pena por tu ausencia, me preocupa el hueco del tiempo que ahora rellenas y que no sabré cómo administrar. Deberé ponerme a pensar en ello porque vamos para viejos y a ambos nos aterra la incertidumbre del calendario, que no el final inevitable, más que previsto.

La muerte

Aquí te espero comiendo un huevo frito. Ven, si te atreves.

Os lo tengo dicho y requetedicho: afrontar la muerte significa citarla en el redondel de la plaza a puerta gayola, perderle el miedo lo antes posible, aunque os caguéis por la pata, mirarla con fijeza, torearla sin descanso, sin desmayo, sin entrar a matar. Si se os ocurre probar los ademanes del lance final, intentar la suerte definitiva, estáis perdidos. Disimulad, alargad la faena, prodigad los engaños, dadle capotazos, aferraos a la muleta, arrimaos, no la respetéis, chuleaos en sus morros, ensayad toda la gama de desplantes que contenga vuestro particular repertorio. No os preocupéis del momento cumbre. Cuando sea, sonará.

Si os dicen que caí, que sucumbí, que desparecí de la faz de la tierra y que desde las ventanas de mi casa no se ven más que antenas torcidas o rotas, balcones cerrados, ventanales ciegos y paredes de hormigón reseco, cuarteado, no lo creáis. Asomaos a vuestras propias terrazas, bajad a menudo a las calles de la afable ciudad que os acoge. En lontananza apuntan cachos de cielo azul y blanco y en cada chimenea de los bloques de edificios en derredor observaréis que se acomoda, vivaracha y arrogante, una gaviota.

El tío Lolo

Tu efluvio a vino de garrafa resopla abrazos ciertos.

El aliento le sabía a vino peleón. El aliento del obrero extenuado de la fábrica de contadores de San Sebastián. El sabor, el olor, el significado, la identidad de la derrota pronosticada del mozo recién llegado de un concejo mineral (Riosa) a una urbe de plastilina (Donostia). Todo eso y el abrazo caliente, espirituoso, engañosamente paternal al niño huérfano, al hijo de su hermano difunto. A la vez que abrazaba, el tío Lolo susurraba frases protectoras con lengua trapajosa. Y lloraba como a la chita callando. Y me creía dormido.

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