Adiós a nuestro Pelayo, un luchador

Nadie se lo quería creer porque era Pelayo. Nuestro Pelayo. Aquel chavalín, canterano del Oviedo, que despuntó en Segunda B y se ganó la simpatía del Tartiere por su entrega. Un luchador, un guerrero. Su luz se apago ayer. Muy pronto. Demasiado. Pelayo fue jugador azul del primer equipo tres temporadas, pero la categoría, la Tercera del fútbol nacional, se le quedaba pequeña. Por eso hizo las maletas en 2012 sin olvidar nunca a su Oviedo, a su gente. Tenía un futuro brillante como jugador y triunfó en el fútbol de plata. Elche, Córdoba, Lugo y Albacete fueron sus equipos. Dejó huella en todos ellos. Era un jugador asentado que impactó a todos por aquella caída en un hotel de Huesca, cuando estaba concentrado con el Albacete. Pelayo esquivó entonces la muerte y para él, ahí, empezó otra vida. Nunca recordó nada de aquel suceso. Estuvo ingresado en el Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa de Zaragoza y luego pasó al Hospital de Parapléjicos de Toledo. Salió adelante. "Ahora considero que tengo otro partido, que es el de vivir lo que me queda, que lo voy a jugar y que espero ganar. Sé que están las opciones también de perder o que se pueda empatar, pero lo que no voy a dejar es de pelear y luchar, que al final es el camino que hay que vivir. Si disfrutas del camino, la meta vendrá sola", dijo tras retirarse del fútbol. "La evolución ha sido grande, porque cuando entré apenas me podía pasar de la cama a la silla. Necesitaba ayuda de los celadores. Pero, por suerte, a día de hoy me desplazo con dos bastones, puedo caminar ayudado por ellos y puedo hacer una vida independiente, porque no necesito de la ayuda de otra persona para pasarme a la silla y para las necesidades de la vida diaria", aseguró en 2018. Nunca se rindió porque el deporte era su forma de ser. Por eso logró volver a caminar, ayudado por unas muletas, y encontró su camino en el tenis adaptado. Estaba ilusionado en esa nueva faceta. Celebraba cada torneo que ganaba con la ilusión de quien metía un gol y no se perdía un partido del Oviedo. Los veteranos azules lo adoraban. Esteban, por ejemplo, habló largo y tendido con él el domingo, cuando los dos coincidieron en un tren de Barcelona a Oviedo. Le vio contento, como muchas otras personas que trataron con él en los últimos días. Nadie da crédito porque el golpe es durísimo. Hasta siempre, Pelayo.

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